Fue una niña solitaria. Su mamá la tuvo sola: era lo que hoy llamamos madre soltera, que entonces se conocía con otro nombre. A los chiquillos del barrio nuestras mamás nos prohibían jugar con aquella niña. Para explicarnos la prohibición nos decían que estaba aireadita y se nos podía pegar. Ese adjetivo, que pretendía ser caritativo, lo cargaba quien tenía la mente débil. Se suponía que la madre que llevaba al hijo en el vientre había abierto las piernas, ya por culpable imprudencia, ya por imperiosa demanda de su esposo, y el aire le había entrado “por allá” y había llegado al cerebro de la pobre criatura. Aquella niña no fue nunca a la escuela. Su mamá la enseñó a leer y a escribir en su casa y la hizo aprender el catecismo de Ripalda para que pudiera hacer la primera comunión que, según se murmuró, le dio el padre a regañadientes, por caridad, de puro bueno que era. Luego fue una muchacha solitaria. Las demás del barrio se contaban unas a otras, riendo, que cuando le llegó por primera vez “la visita” se espantó al ver la sangre y le dijo a su mamá que se le había reventado el corazón. Alguna inventó eso, desde luego, porque no se sabía nada de ella ni de su madre, así de apartadas vivían de la gente. Tenía dos vestidos que su mamá le había hecho según la moda antigua, con profusión de holanes y de cintas; las mangas abullonadas; el cuello hasta la barbilla y la falda casi hasta los pies. También eso hacía reír a las chicas del vecindario cuando ella iba a la tienda de la esquina. “Ahora trae el amarillo” –decían a su paso, burlonas. O: “Ahora trae el azul”. Se referían a sus dos vestidos. Ella bajaba la cabeza, humilde, y no respondía a las burlas, porque así se lo había indicado su mamá. Tampoco dijo nada a nadie cuando un día la señora amaneció muerta. No se supo quién arregló lo de los funerales ni cómo pudo seguir ella viviendo en aquella casa, que era de alquiler, o de dónde sacaba para la comida. Se decía que cada mes le llegaba un giro telegráfico enviado no se sabía por quién. Después fue una mujer solitaria. Con nadie se metía y ella no se metía con nadie. No era de iglesia. Iba a misa los domingos, pero nada más. No rezaba el rosario por las tardes y no hacía los primeros viernes, que tan de moda estaban. Lo peor de todo es que no se le podía inventar ningún pecado, pues no la visitaban hombres –tampoco nadie visitó nunca a su mamá–, ni salía de su casa más que para ir a la iglesia, como ya se dijo, o a la tienda. Ahora ella misma se hacía sus vestidos con patrones que venían en la revista Corte y Confección. También se contaba que leía otra revista, “Confidencias”, en la cual venían mensajes de mujeres que buscaban marido (y de maridos que buscaban mujeres, añadían con equívoca sonrisa los señores). Pero aquello del Confidencias era un decir. Todo lo que de ella se decía eran decires. Fue por último una anciana solitaria. No era una viejecita hermosa como la de “El Seminarista de los Ojos Negros”, aquel poema que hacía llorar a las mujeres de su edad cuando lo declamaban en las tertulias de las casas. Su gesto era hosco; callada siempre, nadie nunca la vio sonreír. “La soledad le salió a la cara” –comentaban las vecinas. Un día ya no se le vio. Alguien llamó a la policía; vinieron los gendarmes y forzaron la puerta. Estaba en su cama, muerta, igual que un día había estado su mamá. La enterró el municipio en la fosa común del cementerio. Nadie del barrio fue a su entierro. Y nadie supo nunca cómo se llamaba, ni siquiera yo que este día, a falta de otro tema, escribí acerca de su soledad… FIN.