“No se muevan, por favor. Y no se rían”. Así les decía yo a los novios cuando los retrataba. “No se muevan, por favor. Y no se rían”. Una vez se me salió decirles a unos: “Tiempo tendrán después de reírse y moverse todo lo que quieran”. Pero me di cuenta de que eso podía prestarse a malas interpretaciones, y nunca lo volví a decir. He sido fotógrafo por más de 60 años. Fotógrafo de estudio, señor, no callejero, si me permite usted que lo presuma. Hay unos que van a las personas para retratarlas. 

Yo no soy de ésos: las personas vienen a mí para que las retrate. De mi padre aprendí el oficio. Era la época en que a los niños que se morían los retrataban en su cuna vestidos de angelitos. A ellos no había que decirles que no se movieran y no se rieran. Perdóneme esa broma de mal gusto. La decíamos los fotógrafos entre nosotros. Con mi padre iba también a retratar a los hombres que fusilaban en la Revolución. 

Después de muertos los ponían encima de una mesa, con un pañuelo atado a la cabeza para que la quijada no se les cayera y unas monedas tapándoles los ojos, que les habían quedado abiertos en la muerte. Tampoco ellos se movían ni se reían ya. Y mire lo que son las cosas: no tomé la fotografía de mi padre cuando lo mataron para robarlo en un camino, ni retraté tampoco a mi hijo, el primero que mi señora y yo tuvimos, cuando se nos murió a los seis meses de nacido. Pasaron años antes de que pudiéramos encargar a Vero, nuestra hija, la única que tenemos. 

Se llama Verónica en honor de la santa de ese nombre, que es la patrona de los fotógrafos, la que enjugó con un lienzo el sudor y la sangre  que corrían por la frente y las mejillas de Nuestro Señor cuando iba camino del Calvario. En ese lienzo quedó impreso su divino rostro. Haga usted de cuenta una fotografía. Yo le enseñé el oficio a Vero mi hija. Lo aprendió muy bien, pero a los clientes no les gustaba que los retratara una mujer. 

Qué lástima, porque era mucho mejor que yo, sobre todo para el revelado. ¿Que cuántas fotografías he tomado a lo largo de mi vida? Muchísimas, señor. Quimiles, como decíamos de niños. He tomado fotos de alcaldes y gobernadores; de sacerdotes y obispos; de los señorones y señoronas de por aquí; de los alumnos y alumnas de la escuela cuando salen de la primaria o secundaria. Todas las fotos de los conscriptos y los pasaporteados las he tomado yo. 

Y sin embargo le voy a decir algo que le parecerá raro, o chistoso: nadie jamás me ha tomado una fotografía a mí. Ni en la casa ni en ningún lado hay un retrato mío. ¿Pasa usted a creerlo? No recuerdo que mi papá, con todo y ser fotógrafo, me haya tomado el retrato de primera comunión que a todos los niños y niñas del pueblo les tomaba.

 Foto de bodas no tenemos mi mujer y yo, porque su padre no me la quiso dar y tuve que robármela. Y luego nunca se ha ofrecido que alguien me retrate. Soy un fotógrafo al que nadie ha fotografiado, ¿qué le parece? Nadie se ha dado cuenta de eso. 

Quizá cuando me muera alguien buscará un retrato mío y no lo encontrará, porque no existe. Un día, hace ya mucho tiempo, yo mismo me tomé una foto, pero no me gustó y la rompí, y destruí el negativo. Nadie, ni la Verónica que tengo en casa, mi hija, se ha acordado nunca de enjugarme el rostro, y entonces ninguna imagen hay de mí. 

Los rostros se olvidan pronto, señor; por eso retratamos los de aquellos que viven con nosotros, para no olvidarlos. Parece que a mí nadie me quiere recordar, porque nadie jamás me ha retratado. Y ahora, señor, siéntese en el banquito y quédese quieto. No se mueva, por favor, y no se ría. Una… Dos… Tres…Listo. Mañana a esta hora puede pasar por su retrato… FIN.