A tus años, sobrino, la vida se vive. A los míos se reflexiona sobre ella. En este tiempo de forzado encierro he meditado acerca de mí mismo, de lo que he hecho y dejado de hacer. ¡Qué incómodo ejercicio! Razón tenía aquel que dijo en dístico ramplón, pero certero: “Si quieres ser feliz como tú dices, no analices, amigo; no analices”. El pensar no se lleva bien con el vivir, Armando. Cuando te pones a hacer el examen de tu pasada vida irrumpe en el salón una difícil sinodal, que es tu conciencia. Exigente señora es esa, créeme, y no la puedes engañar con sutilezas para justificar tus culpas o defenderte de sus acusaciones. Tu tío Felipe, o sea yo, ha acabado por no saber si los renglones en el cuaderno de su vivir han sido torcidos o derechos. De las dos castas habrá, supongo en buena ley. A lo mejor han sido rectos algunos que en su momento creí chuecos, y turbios otros que creí muy claros. Te pondré un ejemplo para ilustrar con hechos lo que en teoría te digo. Vas a pensar que mi relato es inventado. No lo es. En todo caso lo inventó la vida, la más fértil creadora de relatos. Ningún novelista como ella para hacer novelas. En el bachillerato tuve un cercano amigo que un día me sorprendió al decirme que había sentido de repente la vocación religiosa, razón por la cual iba a entrar al seminario. Traté de disuadirlo del intento -fui abogado del diablo-, pero su decisión prevaleció sobre mis argumentaciones, y con el tiempo se ordenó sacerdote. Otro amigo tenía yo por esa época. Un día me sorprendió al decirme que era gay. En ese caso no argumenté nada. Pensé, y sigo pensando, que en la cuestión del sexo cada quién es libre de usar su cada qué como prefiera, con la sola condición de no dañarse ni dañar. Sucedió al paso del tiempo que cierto día mi amigo el cura volvió a sorprenderme. Había embarazado a una muchacha, me contó, y no sabía qué hacer. Días antes mi amigo gay me había dicho que estaba preocupado: en el banco del cual era subgerente empezaban a murmurarse cosas sobre su sexualidad, pues se acercaba a los 40 y no se había casado. En aquellos años, Armando, los homosexuales no eran bien mirados, y los bancos y su personal debían tener carta de absoluta respetabilidad. Mi amigo sintió que su trabajo peligraba, y que seguramente lo perdería si su preferencia sexual era descubierta. No sabía qué hacer. Ahí me tienes, sobrino, con dos amigos que no sabían qué hacer. Yo sí lo supe, pues para entonces había aprendido ya algo de ciencia de la vida, ciencia que tiene mucho arte. Fue entonces cuando le hice al alcahuete, Armando. Y a mucha honra: la alcahuetería es necesaria en toda república bien concertada. No lo digo yo: lo dijo Cervantes en su inmortal novela. Los reuní a los tres –el cura, el gay y la muchacha- y les di a conocer mi plan, que consistía en escribir derecho en renglones torcidos. El gay y la muchacha se casarían lo antes posible, de modo que él pudiera asumir creíblemente la paternidad de la criatura por nacer. Sería el de ellos un matrimonio blanco, vale decir sin relación sexual. Se casaron, en efecto –mi amigo el cura los casó en la iglesia-, con lo cual tanto el gay como la chica se libraron de todo inconveniente. Por su parte el curita quedó libre de polvo y paja, lo mereciera o no. Tutti contenti, como dicen. Al paso del tiempo el sacerdote solía visitar a los casados, cosa que a nadie llamaba la atención, pues el marido y su señora formaban un matrimonio cristiano, bendecido después con otros hijos. Y aquí paz y después gloria, Armando. La paz se debió a mí. La gloria no la reclamo… FIN.