Una tarde Roxana le dijo a Ana Rosa: “Estoy embarazada”. Se lo dijo como si le dijera: “Estoy resfriada”. Pero Ana Rosa la conocía bien y notó en sus palabras un asomo de angustia. Eran amigas, muy amigas. La gente decía que parecían hermanas. Y sin embargo eran tan distintas que ellas mismas se sorprendían de su amistad. Ana Rosa decía: “No sé por qué te quiero tanto, si eres tan mala”. Y Roxana le contestaba, riendo: “No sé por qué te quiero tanto, si eres tan buena”. Decía Ana Rosa: “Te vas a ir al infierno. Ahí arderás por toda la eternidad”. Y respondía Roxana: “A ti te va a ir peor: te irás al Cielo, y ahí te aburrirás eternamente”. “Eres bárbara”. “Y tú eres tonta”. Proponía Roxana: “Vamos al cine. Dan una película francesa”. “No —rechazaba Ana Rosa—. Está prohibida”. “Precisamente —razonaba con desenfado la otra—. Si está prohibida  ha de estar buenísima”. “¡Cómo eres!” —la reprendía Ana Rosa”. Y Roxana: “Soy como tú quisieras ser”. “¡Estás loca!” —se enojaba Ana Rosa. “Y tú estás demasiado cuerda”. Cosa rara: esas discusiones las acercaban más. Ana Rosa admiraba secretamente la libertad de su amiga, y Roxana lamentaba en su interior haber perdido la inocencia que Ana Rosa conservaba. Cuando Roxana le dijo lo del embarazo ella se preocupó. “¿Qué vas a hacer?”. “Quién sabe. Ni siquiera sé bien a bien quién es el padre”. “¿Ya les dijiste a tus papás?”. “Todavía no. Pero tendré que hacerlo pronto. Se me está empezando a notar”. Entonces le vino a Ana Rosa un pensamiento que la hizo enrojecer: ya no podría juntarse con Roxana. Una muchacha decente no debía tener amistad con otra que hubiera dado el mal paso. No se le dijo, claro. El solo pensar aquello la avergonzó. Pero desde ese día ya no salió con ella, ni le contestó el teléfono. Por otras amigas se enteró de que los padres de Roxana la habían enviado a otra ciudad, con una tía. Ahí tuvo a su bebé, un niño. Luego oyó decir que estaba trabajando de recepcionista en una empresa americana. Después no supo ya de ella. Procuraba no pensar en la que fue su amiga, pues el recuerdo de su amistad se le había vuelto remordimiento. A veces consideraba que había hecho bien en alejarse de ella; luego se arrepentía: aquello era lo peor que en su vida había hecho, ella, que nunca hacía nada malo. La vida se le pasó sin hacer nada, ni bueno ni malo. Envejeció antes de ser vieja. No se casó. Con sonrisa triste decía a sus hermanos: “Ni siquiera me quedé a vestir santos, pues ya no hay santos qué vestir”. Se quejaba de que en las iglesias no hubiera ahora imágenes; les reprochaba a los curas ser demasiado modernos. Extrañaba la misa en latín; le parecía mal que el sacerdote la oficiara de cara a la gente. “Él ve a las mujeres —criticaba—, y las mujeres lo ven a él”. Al paso de los años quedó sola. Sola en la casa; sola en la vida. Alguien le dijo que Roxana tenía nietos, que los llevaba todos los días al colegio y jugaba con ellos en el parque. En la junta de la congregación una de sus compañeras, soltera como ella y también nostálgica de los latines, le contó que la había visto en Cancún, de vacaciones con su hijo, con la mujer de su hijo y con sus nietos. “Y se veía feliz —comentó molesta—. ¡Qué suerte tienen las que no se confiesan!”. Ana Rosa sintió un amago de envidia. Se le vino a la mente la definición que de la envidia da el catecismo: tristeza del bien ajeno. Se entristeció. Cuando volvió a su casa la sintió más sola que nunca; se sintió más sola que nunca. Esa noche no pudo dormir. Pensaba: “¿Cómo es posible que del mal resulte un bien?”. Miró el reloj: a esa hora Roxana estaría llevando a sus nietos a la escuela. Entonces hizo lo que nunca hacía: lloró… FIN.