“Se ríen de él, hermano; se ríen de él. Y ni siquiera se da cuenta. Sonríe, sonríe siempre, con esa sonrisa suya de ángel tonto. Piensa que se están riendo con él, pero no: se están riendo de él. ¿Puedes pasar a creerlo? Burlarse así de un padre, de un sacerdote de Cristo, que además es un anciano que ya no tiene claras ni la vista ni la mente. El otro día hubo risión porque al rezar el Credo en vez de decir: ‘Dios Padre todopoderoso’, dijo: ‘Dios Padre todopedoroso’. Se llenó toda la iglesia con las risas, te lo juro. Nunca se había visto en este pueblo nada semejante, hermano. Aquí siempre ha habido religión. De cualquiera te podías reír, hasta del alcalde, pero del señor cura no. Y menos de un viejo. El más burlón de todos es ‘El 45’. Es el que se ríe más de él y como la gente le tiene miedo, también se ríe cuando se ríe él. A lo mejor no sabes quién es ese tal ‘45’. Ya llevas mucho tiempo fueras. Es un maloso que desde hace años tiene asustado al pueblo. Es muy bueno con el machete, el desgraciado. Le dicen así, ‘El 45’, porque una vez, hace años, mató a cuatro hombres en cinco minutos. El pleito fue en la plaza, una noche de feria. Según esto, el agarre empezó faltando cinco minutos para las 12 de la noche, y cuando mató al último hombre el reloj de la iglesia empezó a sonar las doce campanadas de la medianoche. Cuatro cristianos en cinco minutos. ¿Puedes pasar a creerlo? Con eso se hizo dueño de Los Altos. A donde va le abren paso. Nosotros tuvimos la mala suerte de que se agregó en este pueblo porque aquí tiene una vieja que lo jala mucho. Alguna habilidad ha de tener la méndiga, que mantiene pegado a sus faldas a ese cabrón. Él es el que más se ríe del padrecito, hermano. Por él todos los demás se ríen también”… Domingo por la mañana. Sol muy sol; cielo del más azul azul. Sale la gente de la misa de 11. Y sale “El 45” con su mujer. Y con su machete, que no deja nunca ni para ir a la iglesia. Escupe de lado como siempre lo hace para mostrar superioridad o reto. Todos se apartan. Él no los ve siquiera. La mujer sonríe, desdeñosa, y deja ver los dientes de oro. Sólo un hombre no se mueve. Con la mano en la empuñadura del machete dice en voz alta y clara cuando “El 45” pasa frente a él: “Hombre que escupe de lado, o padrote o desmolado”. El matón se detiene. No puede ocultar un gesto de sorpresa. A la mujer se le han desaparecido los dientes de oro y la sonrisa de desdén. La gente se detiene a ver aquello. “El 45” lleva la mano a su machete y le dice roncamente a quien le habló: “Amigo: a mí ningún buey me brama y menos en mi ranchito”. Y el otro: “Pos a l’ora de freír frijoles, manteca es lo que hace falta”. Y es que en sus desafíos los rancheros de esos pueblos usan refranes para decir lo que la ira o la urgencia del momento les impide decir con sus propias palabras. Se alzan en alto los machetes como víboras. La lucha es breve. Furioso “El 45”, y pesado; frío y ligero el otro, en la primera acometida el matón cae al suelo deteniéndose con ambas manos las tripas que se le salen del abultado vientre. “A ver si ahora te burlas del padrecito, desgraciado –se agacha el hombre para decirle eso al caído–. De mi hermano mayor nadie se ríe, cabrón”. “El 45” da dos boqueadas y termina. El otro limpia en la camisa del difunto la sangre que escurre del machete. Luego se dirige al corro que ha visto todo aquello. “Yo soy ‘El 11’, señores, pa’ servirles. Un cristiano en un minuto. No es la primera vez y si alguien se vuelve a reír del señor cura, tampoco será la última”. Se va con pasos lentos a casa de su hermana. Ella sabe ya lo sucedido. Lo abraza y le dice: “Hiciste una buena obra, hermanito. Dios te lo pagará”… FIN.