¿Se irá a acabar el mundo, Armando? Te lo pregunto por los sucesos desastrados que en este año han sucedido: lo del coronavirus, la crisis económica, etcétera. Si a eso se añadiera en noviembre la reelección de Trump tendríamos que pensar en mudarnos a otro planeta, aunque podría pasarnos lo que a aquel sabio profesor americano que a mediados de 1941, cansado de la agitada vida en Nueva York, decidió buscar algún sitio remoto, alejado del mundanal ruido, en donde poder estar en paz y con tranquilidad. Después de concienzudos estudios se fue a vivir en una pequeña isla del Pacífico llamada Guadalcanal. No tan lejos, pero también apartado del barullo citadino, está el Potrero de Ábrego, lugar que es para mí un trasunto de lo que dicen que es el paraíso. Ahí se han conservado refranes muy antiguos. Uno de ellos sentencia: “Año de nones, año de dones. Año de pares, año de pesares”. Eso quiere decir que los años marcados con número non suelen ser venturosos, en tanto que los que llevan cifra par tienden a traer consigo duelos y quebrantos. Desde luego esa cábala numérica admite incontables excepciones. Hitler, por ejemplo, nació en año non, 1889, aunque también en año non –1945– se largó. Empate. La Madre Teresa de Calcuta nació en año par, 1910, cuando apareció el cometa Halley, anunciador de catástrofes, y murió en 1997, que se suponía año bonancible. Empate también. Claro, hay que decir que la Iglesia Católica no festeja a los santos el día de su nacimiento, sino el de su muerte, que es cuando nacen a la eternidad. Otro refrán, sobrino, oí en el Potrero: “Año de tunas, año de fortunas. Año de nopales, año de males”. Este año las nopaleras están cargadas de pencas nuevas, y en cambio las tunas escasean. Pensarás que soy un crédulo, y tendrás razón. Creo en muchas cosas por el sólo hecho de ser absurdas. Encuentro, sin embargo, una gran dosis de verdad en estos saberes campesinos forjados con la experiencia de muchos, muchos años. Te pregunté, sobrino, si se irá a acabar el mundo porque el pasado viernes en la madrugada sucedió en Ábrego algo que nunca había sucedido, y que vino a acontecer en este calamitoso 20-20. Lo que pasó es que tembló la tierra. Por favor no me digas: “¡No manches!”, como dicen los muchachos –y muchachas– de hoy sin darse cuenta de que están usando un eufemismo para evitar decir: “¡No mames!”, expresión plebea. Así como lo oyes: tembló en el Potrero de Ábrego. No se recuerda ningún antecedente que explique ese inaudito terremoto de 4 y medio grados en la escala de Mercalli, que aun sin el medio son bastantes grados. Eran las 5 de la mañana cuando se oyó “un tronido” y se sacudió la tierra. De los trasteros cayeron los trastes con quebrazón de vasos, tazas, platos. En la casa grande se vino abajo el retrato del abuelo Ignacio, y el vidrio cóncavo que cubría su imagen se hizo mil pedazos, más o menos. En los gallineros hubo revuelo de gallinas, como si hubiera llegado el coyote, y rebuznó el burro llamado de las 7 porque a esa exacta hora lanza su primer rebuzno del día. Don Abundio cuenta que doña Rosa, su mujer, dijo asustada: “¡Mano Poderosa! ¿Quién le estará moviendo al mundo?”. Ella se enoja cuando su marido relata eso. “¡Viejo hablador!”, dice. Don Abundio forma una cruz con los dedos índice y pulgar de la mano derecha, se la lleva a los labios y jura con solemnidad: “¡Por ésta!”. No, Armando; no se va a acabar el mundo. Nosotros nos vamos a acabar, él no. En todas partes hay niñas y niños. Y mientras haya en el mundo niños y niñas el mundo no se acabará. Por ésta… FIN

Catón

Columna: De política y cosas peores