En esta semana, en una de mis clases de universidad comentaba la adicción de poseer y no compartir. Entonces, use la palabra “avaricia”. Observé en muchos de mis alumnos una cara con interrogante y traté de que descubrieran el significado partiendo de sus experiencias y vivencias previas. Les pregunté si recordaban las caricaturas Patoaventuras de Disney a McPato. Y seguía viendo un ambiente de duda. Y otra vez insistí para que encontraran en su memoria el significado: “¿Se acuerdan del tío de los sobrinos del Pato Donald?” Y no veía respuesta. Cambié de referencia y pregunté: “¿Quién recuerda a Scrooge?” Obtuve algunas manos levantadas pero la mayoría no sabía quién era Scrooge. Pregunté a las personas que reconocieron el nombre de Scrooge y me respondieron: “Era una persona mala” o “Era un amargado que no le gustaba la Navidad” o “Era alguien que trataba muy mal a su empleado.” Y les dije: “Scrooge era una persona avara. ¿Por qué?” Y ahora sí obtuve una respuesta: “Es una persona que guarda todo y no comparte”. Y ahora, les pregunté si me pueden decir una palabra antónima u opuesta. Y nuevamente silencio.

¿Hasta dónde nuestros hijos comprenden el mundo que están viviendo? ¿Cuántos papás nos hemos sentado con nuestros hijos en Navidad y explicamos más allá que Scrooge es una persona mala? ¿Cuántos de nosotros comentamos que Scrooge es una persona avara y que lo contrario es una persona generosa? Muchos crecen con un analfabetismo de la realidad sin tener un conocimiento profundo del significado de la vida. El lenguaje, según Vogtsky psicólogo cognitivo ruso, es el instrumento perfecto para crear el conocimiento y dar orden al pensamiento del ser humano. Sin lenguaje hay poco sentido de uno mismo y carencia del conocimiento del otro. Al carecer los conceptos de avaricia, generosidad, altruismo, filantropía o codicia solamente podrán entender su realidad usando conceptos como egoísta o una persona que no quiere compartir y limitarán su comprensión del mundo a un pobre vocabulario. Hace algunas semanas le decía a una alumna que no fuera tan abnegada porque puede ser peligroso y perder su propia identidad. Y me preguntó: “Maestro, ¿qué es una persona abnegada?” Y le explique que es una persona que renuncia sus propios intereses por satisfacer los deseos de los demás. Y me decía: “No quiero parecer egoísta a los demás.” Y le respondí que no era lo misma una persona egoísta que una persona abnegada.

La carencia de un vocabulario rico limita al ser humano a vivir un mundo muy restringido y muchas veces dando un significado totalmente desconectado de la realidad. En los últimos años, la psicología moderna ha impulsado el desarrollo de la Inteligencia Emocional que enfatiza la identificación de las emociones. Es importante reconocer y dar nombre a cada una de las emociones que el niño y adolescente experimenta. Deben diferenciar entre las emociones de tristeza, enojo, frustración, alegría, miedo, sorpresa, etc. Es importante identificar que estoy feliz, pero cuál es la condición de mi felicidad: ¿Por ser clemente, virtuoso, magnánimo o fructífero? Puedo identificar que en este momento estoy triste, pero cuál es la condición: ¿Soy un ermitaño, apocado, ecuánime o discreto? ¿De qué sirve identificar una emoción si no puedo definir con claridad el estado que produce ese sentimiento? La emoción siempre será una reacción de un estado o experiencia. Podremos dar a nuestros hijos un mayor significado de ellos mismos y del mundo si además de la palabra egoísta pudieran utilizar: avaro, ambicioso, austero, sobrio, prudente, frugal o ponderado. Ante un lenguaje exacto cada una de las situaciones serán definidas con mayor exactitud y sus emociones se reconocerán con precisión para ser reguladas. 

@DrJesusAmaya

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