Un empleado pide a un visitante que escanee un código que permite realizar un control de salud en la entrada del Hospital Zhongnan en Wuhan, China, el 30 de diciembre de 2020. (Gilles Sabrie/The New York Times).
La experiencia de China ha subrayado el consejo que muchos expertos han sugerido pero que pocos países han seguido: cuanto más rápido se controle la pandemia, más rápido podrá recuperarse la economía

Steven Lee Myers, Keith Bradsher, Sui-Lee Wee y Chris Buckley
Coral Yang, Amber Wang, Claire Fu y Elsie Chen colaboraron con la investigación


La orden llegó la noche del 12 de enero, días después de que se produjera un nuevo brote del coronavirus en Hebei, una provincia colindante con Pekín. El plan del gobierno chino era audaz y contundente: había que levantar ciudades enteras de viviendas prefabricadas para poner a la gente en cuarentena, un proyecto que comenzaría la mañana siguiente.

Parte del trabajo recayó en Wei Ye, propietario de una empresa constructora, que construiría e instalaría mil 300 estructuras en tierras de cultivo requisadas.

Todo —el contrato, los planos, los pedidos de materiales— se convino “en unas cuantas horas”, dijo Wei, y añadió que él y sus empleados trabajaron exhaustivamente para cumplir con el plazo estrecho de la construcción.

“Hay presión, sin duda”, dijo, pero se sintió “muy honrado” de hacer su parte.

En el año transcurrido desde que el coronavirus comenzó a propagarse por el mundo, China ha hecho lo que muchos otros países no quisieron o no pudieron hacer. Con medidas de coerción y persuasión a partes iguales, ha movilizado su vasto aparato del Partido Comunista para llegar al sector privado y a la población en general, en lo que el líder del país, Xi Jinping, ha llamado una “guerra del pueblo” contra la pandemia, y ha ganado.

China ahora está cosechando beneficios duraderos que pocos esperaban cuando el virus apareció por primera vez en la ciudad central china de Wuhan y los dirigentes parecían más agitados que en cualquier momento desde la represión de la plaza de Tiananmén en 1989.

El éxito ha situado a China en una buena posición económica y diplomática para hacer frente a Estados Unidos y a otros países preocupados por su ascenso aparentemente inexorable. También ha envalentonado a Xi, que ha ofrecido la experiencia de China como modelo a seguir.

Aunque los funcionarios de Wuhan inicialmente vacilaron y se ofuscaron por miedo a las represalias políticas, las autoridades ahora entran en acción ante cualquier señal de nuevas infecciones, aunque a veces con un afán excesivo. En Hebei, el pasado mes de enero, las autoridades desplegaron su estrategia bien afinada de realizar pruebas a millones de personas y aislar a comunidades enteras, todo ello con el objetivo de reducir a cero los casos, que oficialmente son solo docenas al día en una población de mil 400 millones de personas.

El gobierno ha invertido dinero en proyectos de infraestructura, su manual de estrategias desde hace años, al tiempo que ha ampliado los préstamos y las desgravaciones fiscales para apoyar a las empresas y evitar los despidos relacionados con la pandemia. China, que sufrió una fuerte desaceleración a principios del año pasado, es la única economía importante que ha vuelto a tener un crecimiento estable.

En lo que respecta al desarrollo de vacunas, el gobierno ofreció terrenos, préstamos y subsidios para que las nuevas fábricas las produjeran, además de acelerar las aprobaciones. Dos vacunas chinas se están produciendo en masa, y hay más en camino. Aunque las vacunas han mostrado índices de eficacia inferiores a los de sus rivales occidentales, 24 países ya las han solicitado, pues las empresas farmacéuticas, a instancias de Pekín, se han comprometido a suministrarlas más rápidamente.
Los éxitos de Pekín en cada una de las dimensiones de la pandemia —la medicina, la diplomacia y la economía— han reforzado su convicción de que una capacidad autoritaria para movilizar rápidamente a la gente y los recursos le dio a China una ventaja decisiva que le hizo falta a otras grandes potencias como Estados Unidos. Se trata de un enfoque que hace hincapié en un impulso implacable para obtener resultados y que se apoya en un público aquiescente.

El Partido Comunista, según esta visión, debe controlar no solo el gobierno y las empresas estatales, sino también los negocios privados y las vidas personales, dando prioridad al bien colectivo por encima de los intereses individuales.

“Fueron capaces de reunir todos los recursos del Estado unipartidista”, comentó Carl Minzner, profesor de Derecho y Política China en la Universidad de Fordham. “Esto incluye, por supuesto, tanto las herramientas coercitivas —restricciones de movilidad severas y obligatorias para millones de personas— como las herramientas burocráticas altamente efectivas que quizás son exclusivas de China”.

De este modo, las autoridades comunistas chinas reprimieron la expresión, vigilaron y purgaron las opiniones disidentes y sofocaron cualquier noción de libertad o movilidad individual, acciones repugnantes e inaceptables en cualquier sociedad democrática.

Entre los dirigentes del Partido Comunista es palpable un sentimiento de vindicación. En los últimos días de 2020, los siete miembros del Comité Permanente del Politburó, el máximo organismo político del país, se reunieron en Pekín para realizar el equivalente a una evaluación anual de desempeño, en la que, en teoría, pueden emitir críticas sobre ellos mismos y sus colegas.

Lejos de insinuar cualquier defecto —la creciente desconfianza que el mundo le demuestra a China, por ejemplo—, exaltaron el liderazgo del partido.

“El mundo actual está experimentando una gran transformación como no se había visto en un siglo pero el tiempo y el impulso están de nuestro lado”, dijo Xi a los funcionarios en otra reunión en enero.

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Un partido movilizado

En las últimas semanas, a medida que seguían apareciendo nuevos casos, el Consejo de Estado, el gabinete del gobierno, emitió una directiva contundente. “No puede haber ni una pizca de negligencia sobre el riesgo de resurgimiento”, dijo.

Las directivas reflejaron la naturaleza microgestionada del sistema político chino, en el que los máximos dirigentes tienen palancas para llegar desde los pasillos del poder central hasta todas las calles e incluso los edificios de departamentos.

El Consejo de Estado ordenó a las provincias y ciudades que establecieran centros de mando las 24 horas del día y que los funcionarios a cargo fueran responsables de su desempeño. Pidió que se abrieran suficientes centros de cuarentena no solo para alojar a las personas en las doce horas siguientes a una prueba positiva, sino también para aislar estrictamente a cientos de contactos cercanos por cada caso positivo.

Las ciudades con hasta cinco millones de habitantes deberían crear la capacidad de administrar una prueba nucleica a cada residente en un plazo de dos días. Las ciudades con más de cinco millones podrían tardar entre tres y cinco días.

La clave de esta movilización radica en la capacidad del partido para aprovechar su vasta red de funcionarios, que está entretejida en cada departamento y agencia de cada región.

El gobierno puede redistribuir fácilmente a los “voluntarios” en nuevas zonas de contagio, eso incluye a los más de 4 mil trabajadores médicos que fueron enviados a Hebei tras el nuevo brote de enero. “Los miembros del Partido Comunista van a la primera línea del pueblo”, dijo Bai Yan, un estudiante universitario de 20 años que tiene la ambición de unirse al partido.

Zhou Xiaosen, miembro del partido en un pueblo de las afueras de Shijiazhuang, una ciudad de once millones de habitantes que fue una de las sometidas a confinamiento, dijo que los diputados podían ayudar a controlar las infracciones pero también a asistir a los necesitados. “Si necesitan salir a comprar medicinas o verduras, lo haremos por ellos”, dijo.

El gobierno apela a los intereses materiales, así como al sentido del patriotismo, el deber y la abnegación.

El Grupo de la 14ª Oficina de Ferrocarriles de China, un contratista de propiedad estatal que está ayudando a construir el centro de cuarentena cerca de Shijiazhuang, redactó una promesa pública de que sus trabajadores no escatimarían esfuerzos. “No regateen el sueldo, no se preocupen por las condiciones, no se queden cortos, aunque sea un asunto de vida o muerte”, declaró el grupo en una carta, firmada con las huellas rojas de los pulgares de los empleados.

La red también funciona en parte gracias al miedo. Más de 5 mil funcionarios locales del partido y del gobierno han sido destituidos en el último año por no haber podido contener el coronavirus durante su mandato. Hay pocos incentivos para la moderación.

Los residentes de la ciudad de Tonghua, en el noreste de China, se quejaron recientemente después de que los funcionarios impusieron un bloqueo de improviso sin que hubiera suficientes preparativos para suministrar alimentos y otras necesidades. Cuando un aldeano cerca de Shijiazhuang intentó escapar de la cuarentena para comprar un paquete de cigarrillos, un riguroso jefe del partido ordenó que lo ataran a un árbol.

“Muchas medidas parecían exageradas pero, en lo que a ellos respecta, era necesario ir más allá”, dijo Chen Min, escritor y exeditor de un periódico chino que estuvo en Wuhan durante el periodo de confinamiento. “Si no lo hicieran, no darían resultados”.

El enfado se ha desvanecido por la inacción y la duplicidad del gobierno al principio de la crisis, consecuencia de un sistema que oculta las malas noticias y las críticas. El éxito de China ha ahogado en gran medida la disidencia de quienes cuestionan el control central del partido. Las autoridades también han remodelado el discurso público haciendo advertencias e incluso encarcelando a los activistas que han cuestionado su versión triunfante de los acontecimientos.
Las medidas en Hebei funcionaron rápidamente. A principios de febrero, la provincia registró su primer día en un mes sin una nueva infección por coronavirus.

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Una economía reactivada

En muchos países se ha debatido sobre el equilibrio entre la protección de la salud pública y el mantenimiento de la economía. En China, hay poco debate. Se han hecho ambas cosas.

Incluso en Wuhan el año pasado, donde las autoridades cerraron prácticamente todo durante 76 días, permitieron que las principales industrias siguieran funcionando, incluidas las plantas de acero y las fábricas de semiconductores. Han reproducido esa estrategia cuando se han producido brotes más pequeños, haciendo esfuerzos extraordinarios para ayudar a las empresas de maneras grandes y pequeñas.

La experiencia de China ha subrayado el consejo que muchos expertos han sugerido pero que pocos países han seguido: cuanto más rápido se controle la pandemia, más rápido podrá recuperarse la economía.

Aunque el dolor económico fue grave al principio de la crisis, la mayoría de las empresas cerraron solo un par de semanas, si es que lo hicieron. Se cancelaron pocos contratos. Se despidió a pocos trabajadores, en parte porque el gobierno desaconsejó enérgicamente a las empresas que lo hicieran, y ofreció préstamos y reducciones fiscales como ayuda.

“Coordinamos los avances en el control de la pandemia y el desarrollo económico y social, priorizando el restablecimiento de la vida y la producción”, dijo Xi el año pasado.

Zhejiang Huayuan Automotive Parts Co. perdió solo diecisiete días de producción. Con la ayuda de las autoridades regionales, la empresa contrató autobuses para traer de vuelta a los trabajadores, que se habían dispersado con motivo de las vacaciones del Año Nuevo Lunar y no podían regresar fácilmente, pues gran parte del país estaba bloqueado al principio. Los pases del gobierno permitieron a los autobuses atravesar los puestos de control que restringían los viajes.

A los trabajadores solo se les permitía ir y venir entre la fábrica y los dormitorios, y les revisaban la temperatura con frecuencia. BYD, un cliente importante, empezó a fabricar cubrebocas y envió suministros a Huayuan.

Pronto, la empresa tuvo más pedidos de los que podía atender.
Como en China en general, Huayuan se recuperó rápidamente. En abril, había encargado casi 10 millones de dólares en nuevos equipos para poner en marcha una segunda línea de producción altamente automatizada. Tiene previsto añadir 47 técnicos a su plantilla de 340 trabajadores.

Antes de la pandemia, las multinacionales estaban considerando mover sus operaciones afuera de China, en parte impulsadas por la guerra comercial del gobierno de Trump contra Pekín. El virus aumentó los temores sobre la dependencia de las cadenas de suministro chinas.

Sin embargo, la pandemia no hizo más que reforzar el dominio de China, mientras el resto del mundo luchaba por mantenerse abierto a los negocios.

El año pasado, China superó inesperadamente a Estados Unidos como destino de inversión extranjera directa por primera vez, según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo. En todo el mundo, las inversiones se desplomaron un 42 por ciento, mientras que en China crecieron un cuatro por ciento.

“A pesar del costo humano y las interrupciones, en términos económicos, la pandemia fue una bendición para China”, dijo Zhu Ning, vicedecano del Instituto Avanzado de Finanzas de Shanghái.

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Una herramienta diplomática

El pasado mes de febrero, mientras el coronavirus hacía estragos en Wuhan, uno de los mayores fabricantes de vacunas del país, Sinovac Biotech, no estaba en condiciones de desarrollar una nueva vacuna para detenerlo.

La empresa carecía de un laboratorio de alta seguridad para realizar las arriesgadas investigaciones necesarias. No tenía una fábrica que pudiera producir las vacunas ni los fondos para construir una.

Por eso, el director ejecutivo de la empresa, Yin Weidong, pidió ayuda al gobierno. El 27 de febrero, se reunió con Cai Qi, miembro del Politburó chino, y con Chen Jining, alcalde de Pekín y científico medioambiental.

Después de eso, Sinovac tuvo todo lo que necesitaba.

Los funcionarios dieron a sus investigadores acceso a uno de los laboratorios más seguros del país. Proporcionaron 780 mil dólares y asignaron a científicos del gobierno para que ayudaran.

También despejaron el camino para la construcción de una fábrica en un distrito de Pekín. La ciudad donó el terreno. El Banco de Pekín, del que el municipio es uno de los principales accionistas, ofreció un préstamo de 9.2 millones de dólares a bajo interés.

Cuando Sinovac necesitó tanques de fermentación que suelen tardar dieciocho meses en importarse del extranjero, el gobierno ordenó a otro fabricante que trabajara 24 horas al día para fabricarlos en su lugar.

Fue el tipo de enfoque a escala gubernamental que Xi esbozó en una reunión del Comité Permanente del Politburó dos días después del cierre de Wuhan. Instó al país a “acelerar el desarrollo de fármacos y vacunas terapéuticas”, y Pekín realizó un amplio despliegue de recursos.

CanSino Biologics, una empresa privada, se asoció con el Ejército Popular de Liberación, trabajando con poco descanso para producir las primeras dosis de prueba en marzo. Sinopharm, una empresa farmacéutica estatal, consiguió el financiamiento del gobierno en tres días y medio para construir una fábrica.

Yin, de Sinovac, llamó al proyecto “Operación Coronavirus”, en línea con la retórica bélica de la lucha del país contra el brote. “Solo en condiciones tan exhaustivas se pudo poner en marcha nuestro taller”, declaró a The Beijing News, un periódico controlado por el Estado.

Menos de tres meses después de la reunión de Yin del 27 de febrero, Sinovac había creado una vacuna que podía probarse en humanos y había construido una fábrica gigantesca. Está produciendo 400 mil vacunas al día y espera producir hasta mil millones este año.

El curso acelerado para vacunar a una nación acabó abriendo una oportunidad diferente.

Con el coronavirus prácticamente erradicado en el país, China podría vender más vacunas en el extranjero. “Se convertirán en un bien público mundial”, prometió Xi en la Asamblea Mundial de la Salud el pasado mes de mayo.

Aunque a los funcionarios les molesta esa premisa, la “diplomacia de las vacunas” se ha convertido en una herramienta para calmar parte de la ira causada por los errores de China, lo cual ha ayudado a apuntalar su posición mundial en un momento en que ha estado bajo la presión de Estados Unidos y otros países.

“Aquí es donde China puede aparecer como un verdadero salvador, como un amigo necesitado”, dijo Ray Yip, exdirector de la Fundación Bill y Melinda Gates en China.

La eficacia de China en su país no se ha traducido en un triunfo fácil en el extranjero. Las vacunas chinas tienen índices de eficacia más bajos. Funcionarios de Brasil y Turquía se han quejado de los retrasos. Aun así, muchos países que las han solicitado también han reconocido que no podían permitirse esperar meses hasta que lleguen las vacunas fabricadas en Estados Unidos o Europa. c.2021 The New York Times Company