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Agentes dieron el 'tiro de gracia' a la niña y cubrieron la sangre con un dibujo hecho por la menor; testigos afirman que policías ingresaron a una vivienda en Atzalan, los mataron y robaron dinero

Doña Genoveva, esposa del hombre que presuntamente fue asesinado por policías estatales durante la madrugada de este jueves, aseguró que elementos de la Fuerza Civil llegaron a su casa y se metieron sin ninguna explicación, sólo para provocarle la muerte a su marido y a su nieta de 11 años.

Extraoficialmente se dio a conocer que todo se trató de un operativo fallido y que los policías asesinaron a las personas mencionadas sin ninguna razón.

Esta versión fue confirmada por doña Genoveva, quien narró: “Mataron a mi esposo y a mi nieta, no me pudieron hacer anda porque me tiré al piso y a mi esposo le pusieron varios balazos, esa fue la Fuerza Civil”. Aseguró que después la sacaron de su domicilio y saquearon su casa.

El funeral

Gente de todos los pueblos vecinos a Tepetztitla, que conocían a Berllarmino Cardeña Cortés, han venido a darle el último adiós a él y a su nieta, María Magdalena, de 11 años.

Sin embargo, escurridizos y con la cara tapada para esconder las lágrimas, un sinnúmero de niños se cuelan entre gente grande para despedir a María Magdalena.

Los pobladores rechazan que hubiera sido un operativo exitoso, “se trató de un asesinato, me mataron a mi marido y a mi niñita, ¿ella que culpa?”, reclama Genoveva Hernández, de 64 años, esposa del finado y abuela de María Magdalena.

Ante féretro de la menor, se forma un desfile de niños, amiguitos, compañeros de escuela, primos y primas.

En 2019, el informe Anual de La Red por los Derechos de las Niñas y Niños en México ubicó a Veracruz entre los estados más letales para menores de edad en razón de género, pues del 2015 a mediados del 2019 se reportan 33 niñas asesinadas en la entidad, aunque reportes de prensa exponen que tan solo en 2019, 35 menores veracruzanos resultaron asesinados.

Alguien abre el féretro de la niña y expone su rostro, que muestra la marca de un disparo en la frente.

Juanito, quien se sentaba delante de ella en el mismo salón de la primaria Juan Escutia, lleva una flor que humedece en agua bendita.

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El ceño del pequeñito se descompone y brota la angustia.

Toma la flor y rocía un poco de agua sobre el vidrio del ataúd que lo separa de su compañera de clase. Se marcha en silencio para dejar pasar a los demás.

La esquina en donde se levanta el negocio, construido de tablas de madera y láminas de cartón, es uno de los sitios más populares en este poblado de menos de mil habitantes, porque así como se vendían artículos de primera necesidad, también se comerciaban golosinas, galletas y refrescos, lo que garantizaba que siempre había parvulitos cerca.

Genoveba estaba enseñando a su nieta a manejar el negocio, y le había dejado en su responsabilidad la cuenta de las recargas, su ganancia la ponía en una lata de cocoa a la que abrió dos agujeros para colar billetes y monedas. “Jesús”, le escribió en letras de cartulina azul.

“Ese botecito era sagrado para ella, lo cuidaba mucho, siempre lo tenía alzado, escondido para que nadie se lo tocara".

Pero el día que fue el operativo, la policía se metió a revisar las casas y, acusan los deudos, a robar todo lo de valor, entre ese botín se fueron las ganancias guardadas en el botecito de las recargas, el cual la abuela encontró destapado, tirado en el suelo, vacío, junto a la sangre de la víctima, ya cuando se habían llevado los cadáveres a la morgue.

En la casa donde se dieron los hechos, se mira la cama de la pequeña: imágenes de la virgen. Santos mezclados con fotos de sus seres amados. Juguetes. Tareas de la escuela. La ropita que delata su edad. Zapatitos. Un mundo infantil distante de la palabra “mujer”.

Esa noche, la muerte encontró a la pequeña pese que se escondió y se tapó bien tapada con sus cobijas. El disparo mortal en medio de las cejas es la gran vergüenza para la abuela. “Hasta le dieron el tiro de gracia”, recrimina mientras pareciera lamentar que la belleza de su rostro de niña haya quedado opacado por el rigor mortis y el camino de la bala.

Valentín, un tío de la niña, le dijo que luego de la agresión quitaron de la pared un dibujo hecho en una cartulina y la pusieron en el suelo para tapar una mancha de sangre.

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Abuelo era respetado en la comunidad

Bellarmino era muy respetado en la comunidad,  fue exagente municipal, tesorero del patronato de la Iglesia y era gestor de Sembrando Vida, su muerte y la de su nieta han generado indignación.

Aseguran que él se defendía, pues escuchó que intentaban entrar por la fuerza a su casa, en varias ocasiones preguntó quién era, pero cuando buscaron entrar, abrió fuego, después fue abatido.

María Magdalena, a su corta edad, ya tenía responsabilidades en la tienda de sus abuelos, ahorraba dinero de las ganancias que obtenía. Como ella, otros niños fueron amenazados esa noche.

Los pobladores acusan a los elementos de la policía de saquear no sólo la vivienda de Bellarmino, sino algunas más, en donde incluso se llevaron los apoyos entregados por el programa Sembrando Vida.

Genoveva Hernández Baltazar, la viuda y abuela de las víctimas, exige justicia.

Dijo que ya no puede confiar en la policía, pues acusó que además de dispararles, los policías revolvieron toda la casa y se llevaron el dinero que su esposo había recibido de los programas del Bienestar, de los cuales era promotor en la comunidad.

“Los policías son unos corruptos que andan disfrazados de los elementos de la policía, que dicen que quieren ayudar y en vez que ayudan, perjudican… mi esposo era un hombre de bien…”, replicó el sábado pasado afuera de la Fiscalía en Jalacingo.

Luego de un primer comunicado donde autoridades hablaron de un enfrentamiento, hasta ahora la Secretaría de Seguridad Pública y la Fiscalía General guardan silencio ante lo ocurrido la madrugada del jueves en Atzalan.

Con información Sinembargo y Vanguardia Veracruz