Un error recurrente de la clase política, son sus afirmaciones absolutas en torno a determinados sucesos internacionales. Les da por condenar o elogiar tal o cual hecho con sobrada pasión. Pero suelen errar el tiro porque no son consecuentes. Un mismo hecho les merece diferente calificación, dependiendo quién sea su autor; si sucede en su propia casa, en la de un gobierno afín, o en la de algún adversario ideológico. En estos tiempos de redes sociales, la incongruencia se hace evidente. Siempre hay un tweet.

Chile tiene un gobierno electo democráticamente. Así ha sido desde el plebiscito de 1988 que puso punto final a la dictadura de Augusto Pinochet. Desde entonces han gobernado socialistas, democristianos, centristas y en dos ocasiones, la derecha encabezada por Sebastián Piñera. Su índice de desigualdad es similar al de México y Bolivia, pero ha sido más exitoso que estos en la reducción de la pobreza.

Durante catorce años, Evo Morales gobernó Bolivia. Tras años de protesta ciudadana, desde la lucha indígena, logró imponerse a la nomenclatura de su país. Reformó la Constitución para conservar el poder y siempre cuidó la ruta constitucional. Salvo en la última etapa, cuando perdió un referéndum que consultaba su reelección. Aun así, se postuló. Los partidos opositores aceptaron el reto y la OEA fue árbitro externo, puesto que el interno estaba controlado. Entregó resultados económicos comparables a los de Chile. 

Redujo la pobreza a la mitad, logró crecimiento económico con desigualdad media, similar a las de México y Chile.

En Venezuela el índice Gini es muy positivo. Hay poca desigualdad porque la mayoría de la población es pobre. Maduro conserva el poder sin ganar en las urnas. Disolvió al legislativo electo democráticamente. El desastre político y económico de Venezuela, no pasa ningún estándar. Así de sencillo.

Frente a esto, la política exterior “doble cara” del gobierno mexicano. Es la de siempre, la del PRI de los años sesenta y setenta. Aplica criterios diferentes, según se trate de un gobierno amigo, cómplice o adversario. En los tres países mencionados, se multiplican las protestas ciudadanas, que piden la remoción de la clase gobernante. En Bolivia y Venezuela, México defiende a Evo y a Maduro. En el caso de Chile, calla.

Se concede asilo a Evo Morales, lo cual es correcto. Lo equiparan a los refugiados españoles, chilenos o argentinos que huían de dictaduras en los años 30 y 70 del siglo pasado. Pero poco o nada se hace o dice acerca de los refugiados cubanos o venezolanos que llegan a carretadas a nuestra frontera sur, huyendo de los dictadores de izquierda. A esos refugiados pobres y desvalidos se aplica todo el peso de la ley. Mientras a Evo se da todo el privilegio del Estado. En el colmo de la doble cara, se obedece a Trump, su aliado superior y lanzan a toda la fuerza pública contra los migrantes.

El gobierno desconoce. Con todo acierto, a la autoproclamada presidenta de Bolivia, quien sin el quórum necesario, se declaró presidenta del Senado y, a falta de Presidente de la República y de la Cámara de Diputados, asumió la titularidad del ejecutivo boliviano. El razonamiento es correcto, pero la presidenta espuria de Bolivia hizo exactamente lo mismo que Morena al designar presidenta de la CNDH a Rosario Piedra. Autonomía aparte, que es fundamental, la señora Piedra no cumple el requisito que prescribe la Constitución. Más aún, si aplicáramos el rigor constitucional, con la misma lógica de la 4T, México debería reconocer a Juan Guaidó como presidente encargado de Venezuela.

Finalmente la novela indígena. Las autoridades se desgarran las vestiduras por Evo el indígena, pero el Instituto Nacional de Pueblos Indígenas de México, no tienen el presupuesto indispensable para operar. De evento en evento, se la pasan prometiendo sin aterrizar nada porque el presidente, que tanto los quiere, no les da para el gasto. Si las autoridades fueran solidarias con la causa indígena, no estarían imponiéndoles un tren que habrá de trastornar comunidades enteras y dañará su medio ambiente.

Así es nuestra política exterior. Las formas y modos del nacionalismo revolucionario están de regreso: “Candil de la calle, obscuridad de su casa”. Los mismos que se codeaban con Castro mientras condenaban a Pinochet, pero eran empleados y agentes secretos de los gobiernos de Estados Unidos, el dato es público, se encuentra en archivos recientemente desclasificados. ¿Dónde está la congruencia?


@chuyramirezr
Jesús Ramírez Rangel
Rebasando por la Derecha