Trump detesta a Obama; Cristina Fernández no tolera a Macri; el finado Hugo Chávez despreció al rey Juan Carlos; Correa, el ecuatoriano, no comprende porque los políticos de su país no concuerdan con su idea de ser presidente vitalicio; Putin arremete contra casi todos sus símiles europeos; Maduro, el venezolano, no tan maduro como su apellido, está enfadado con su derrota y con Leonardo Capriles, líder de la oposición; Bashar al-Assad no cede el poder a otras fuerzas políticas y asesina a los suyos; López Obrador desprecia a sus ex compinches del PRD y Netanyahu no quiere a ningún mandatario que no piense como él, es decir, no quiere a nadie, y, …, o etcétera, o ad nauseam: la lista podría continuar hasta la última palabra del artículo. No lo haré. Termino la lista y cito a J. M. Coetzee. En “La edad de hierro”, el Nobel escribe: “La televisión. ¿Por qué la veo? El desfile de políticos todas las noches. Los matones de la última fila de pupitres de la clase, chavales torpes y huesudos, ya crecidos y ascendidos para gobernar la tierra: una horda de langostas negras infestando el país…”.

A diferencia de lo que le sucede al personaje de Coetzee, yo no veo televisión, pero vivo, como todos los desesperanzados del mundo, atento a las langostas negras que infectan y acaban con el mundo y con el ser humano. Como grupo, como seres humanos, hemos fracasado: no hemos creado una vacuna para disminuir las epidemias y endemias generadas por la especie políticos; además, la ingeniería genética no ha explicado cómo funcionan los genes de los políticos ni ha dilucidado si nacen o se hacen (lo mismo sucede con los maratonistas, con las bailarinas).

En países, como el nuestro, en Latinoamérica y en África, donde la democracia tiene una dosis pequeña de verdad y una inmensa dosis de maquillaje, buena parte de los políticos crecen y se hacen a la sombra de compinches. El medio circundante los aúpa, los cobija, los lanza. En Europa, antes, una de las cunas de la civilización, ahora albergue de cismas fascistas, la democracia es más sólida, pero los resultados no son halagüeños. Ahí nacieron y ejercieron, o ejercen, Berlusconi en Italia, Aznar y Rajoy en España, Blair en Inglaterra, Le Pen en Francia y Victor Orban en Hungría, por nombrar algunos personajes.

En los índices de confianza de algunos países, diseñados para escrutar la función de diversas profesiones, los políticos suelen ocupar el primer puesto de deshonor. Las razones son obvias: desempleo, impunidad, corrupción, robos sin límites, deshonestidad, falta de ética y de preparación. Tan obvias son las razones previas como la falta de entendimiento de los políticos. En ellos existe una relación inversamente proporcional entre errar y entender, entre no cumplir y enterarse, y una relación directamente proporcional entre ser político y no comprender nada y permitirse todo.

En todas las profesiones existe animadversión entre pares. Es lógico. Superar al colega es natural. Pero creo que ninguna compite con las lacras y sinrazones de los políticos; el afán de destruir al símil, aunque eso implique dañar principios básicos, como proteger a la población, sucede con frecuencia. Sería fantástico saber cuántos programas en México se han abandonado al iniciar un nuevo sexenio. ¿Quién dijo, “México, país de sexenios”? En muchas naciones, los votantes, los ciudadanos, poco importan. Importa el ideario del nuevo régimen. Desandar lo construido, clausurar espacios, retirar apoyos, aunque el tiempo haya probado su utilidad es frecuente. Nunca, o casi nunca, he visto que un médico modifique tratamientos útiles con tal de ganar pacientes.

Comparto la idea de Bertrand Russell: “Los científicos se esfuerzan por hacer posible lo imposible. 
Los políticos por hacer lo posible imposible”. Los políticos, salvo por contadas excepciones, como Alemania, los países escandinavos, Australia, el Uruguay de José Mujica, siguen a Russell: hacen lo posible imposible: dilapidan, destruyen, odian, olvidan. Sin estudios, sin moral y sin cobijo, ¿cómo confrontar y no ser parte de la corrupción y la impunidad?

Los políticos se detestan entre ellos y se destruyen. La ciudadanía los detesta pero poco o nada modifica sus quehaceres. Ese es el reto: Modificarlos.

Notas insomnes. Los políticos, ¿nacen o se hacen?