Largas filas de hombre y mujeres se van acercando a recibir una cruz de ceniza en su frente. Al inclinar la cabeza escuchan la frase tradicional: “Acuérdate que eres polvo y en polvo te convertirás”. El miércoles pasado esa frase fue diferente: “Arrepiéntete y cree en el Evangelio”.

 La primera frase parece muy anticuada en el siglo XXI. El siglo de los milagros tecnológicos que no solo ha multiplicado casi “ad infinitum” la información y su manejo, al grado que la enfermedad parece un enemigo en retirada y la muerte un fantasma de caricatura. 

El hombre biónico y los trasplantes orgánicos parece que no tienen límites. Y cada quien aspira a que los nuevos descubrimientos científicos “curalo-todo” no lleguen con retraso.

Por ello llamar ‘polvo’ al hombre parece humillarlo y destituirlo del poder que ha adquirido. Ese polvo no se lleva con la dignidad y el orgullo humano. Y la ceniza es inconcebible para un cuerpo sano, inteligente, energético, vibrante y apasionado. Sin embargo hoy los difuntos son convertidos en polvo de cenizas depositadas en humildes urnas. 

¿Eso es el ser humano? ¿Solamente polvo y cenizas, porque así termina? O ¿esa frase indica solamente el final del cuerpo pero no la existencia histórica y trascendente del hombre?
El hombre no nace del polvo y la ceniza inerte. 

Nace y renace de la vitalidad del amor. Es una semilla que hará su propia historia personal de polvo y paja, de méritos y vergüenzas, de dignidad sencilla o arrogancia hueca, de sabiduría aprendida con esfuerzo y experiencia o vanidad efímera y cutánea. Su historia es una mezcla compleja de luz y polvo, de estrellas celestiales que se reflejan en el fango (Victor Hugo), de lodos que se transforman en esculturas que trascienden la fragilidad y el miedo. Sin embargo, en su historia siempre habrá un componente que vivirá en él: el polvo de la mortalidad.

“Ser polvo” no es una desgracia, es una luz que nos ilumina el caminar. Nos descubre las sendas equivocadas de  la superioridad miope, de la arrogancia, de los prejuicios racistas y las tendencias aduladoras del poder y del dinero. 

“Ser polvo” no solo nos baja del podio artificial que nuestro falso orgullo nos fabrica, sino que nos anuncia la fragilidad de nuestras hojas de verano, la futura debilidad de nuestro cuerpo, la saturación del disco duro de la memoria, la agilidad mental para lo inmediato, aunque no llega a corroer la Fe, la verdad y la consistencia de los valores.

Los cristianos de todo el mundo iniciamos de nuevo una peregrinación para reconocer nuestro ‘polvo’, y desempolvar nuestras instituciones empolvadas de materialismo y codicia. Es una peregrinación que no se limita a eliminar el polvo de la corrupción, sino que pretende la resurrección del polvo en frutos de justicia, fraternidad, paz, amor y perdón.

En el contexto de un mundo empeñado en convertir la vida en polvo, resurge el Cristianismo milenario en su empeño de convertir el polvo en vida trascendente para todos.