Hay quienes creen que al principio todo era polvo y que al final todos terminaremos siendo nada más que polvo. Pero, ¿qué es el polvo? El polvo es inmortal, hecho de partículas de materia a la que el viento ha movido y desplazado por milenios. El polvo es la base de todo.

En la Biblia, el libro del Génesis dice: “Entonces el señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente”. En ese mismo libro se puede encontrar aquello de 
“Polvo eres y al polvo volverás”. Pero yo tengo un problema serio con el literalismo bíblico. En lo personal, quisiera entender que muchos de sus pasajes no pueden ser entendidos o interpretados de forma literal. La Biblia es un libro lleno de alegorías y metáforas y éstas exigen un entendimiento más poético.

Por eso, quizás y sólo quizás, hemos caído de las estrellas para reunirnos una vez que bailamos en el mismo horizonte, mirando hacia abajo en el mundo. Y hemos caído como todos los demás, cerca y lejos, nos hemos reunido, pero hemos sido separados por el tiempo y el espacio. Tal vez ésa es también la forma en que adquirimos la vida y es nuestro destino después de la muerte. 
“Polvo eres y al polvo volverás”.

Yo me quedo con la teoría de Carl Sagan cuando dijo, en aquella memorable serie “Cosmos”, que literalmente estamos hechos de materia estelar: “Somos polvo de estrellas”, y explicaba que el carbono, el nitrógeno y átomos de oxígeno en nuestro cuerpo, así como los átomos de todos los otros elementos pesados tendrían como fuente un largo camino que ha durado más de 4.5 millones de años.

Pero si la religión y ciencia no han podido responder sobre nuestro origen, mucho menos tienen una buena respuesta sobre cuándo la vida se acaba. La pregunta de si hay vida después de la muerte siempre desemboca en discusión inacabada. Para los hombres de fe, hay vida después de la muerte. Para los escépticos, después de la muerte sólo está la nada y después de eso, ya nada importa.

Pero para la gente de fe existe la resurrección y consideran el cuerpo como un templo del Espíritu Santo y un miembro del cuerpo de Cristo. Por eso es que recomiendan, con insistencia, que al morir los cuerpos de los difuntos sean sepultados en cementerios u otros lugares sagrados.

Y eso es a lo que apelaron en la Iglesia católica hace algunos años, al anunciar nuevas reglas en donde prohíben que las cenizas de los difuntos católicos se puedan esparcir, dividir o mantener en casa. Tampoco se pueden crear joyas a partir de ellas.

Dicen que “así, se evita la posibilidad de olvido, falta de respeto y malos tratos que pueden sobrevenir sobre todo una vez pasada la primera generación, así como prácticas inconvenientes o supersticiosas”, y fueron más allá al decir que “la cremación del cadáver no toca el alma y no impide a la omnipotencia divina resucitar el cuerpo”.

Aun así reconocen que la cremación no es, y cito, “contraria a ninguna verdad natural o sobrenatural”. Yo quisiera creer que se trata tan sólo de un procedimiento administrativo y que lo que pretende es poner orden en las exóticas pretensiones de algunos, de que sus cenizas sirvan de abono para sembrar un árbol o que sean regadas en el mar Mediterráneo y, para los que no nos alcanza, siempre estará el lago de la ciudad deportiva.

Pero conociendo la buena fe con que actúa la jerarquía católica, jamás se me ocurriría que se trata de una regresión, quizás un intento de seguir siendo ellos los que controlan el acceso al “reino de los cielos”. Un reino que, aunque nadie conoce, ha servido por milenios para controlar la voluntad humana imponiendo lo que muchos llaman el “Temor de Dios”.

Por lo pronto, yo le dije a Sandra, mi esposa, que a mí no me vayan a cremar porque me puede doler. Ella me respondió con su lógica acostumbrada que no me podía doler porque ya iba a estar muerto. A esto yo le contesté: ¿Y tú cómo sabes que no va a doler? No hay nadie que nos puede decir que sí o que no, así que prefiero lo primero.

Pero lo que sí sabemos es que existe sólo una verdad: ya sea por cremación, por el paso de tiempo, queramos o no, terminaremos siendo polvo. Unos vuelan alto quizás hasta el cielo. Otros vuelan tan bajo que descienden hasta los mismos infiernos. Pero con el tiempo, a todo el polvo se lo lleva el viento.

@marcosduranf