Aquí donde usted me ve, todo guapo y en vías de convertirme en el sucesor de El Hombre Más Interesante del Mundo, soy escrupuloso hasta la obsesión cuando de evitar el desperdicio se trata.

Conmigo no hay fecha de caducidad que valga y hasta ahora he sobrevivido (casi) sin efectos secundarios.

Soy además bueno para lavar la cucharita desechable, el vasito, el “tuppercito” y es que pocas cosas me pueden tanto como el decretar basura aquello que hemos utilizado sólo una vez (lo que por supuesto no aplica para  otros seres humanos).

Incluso separo mi basura, aunque la autoridad local no tenga una política clara al respecto para el manejo y aprovechamiento de los residuos domésticos y sean todos recolectados de forma indiscriminada y vayan a parar al mismo destino, pero alguna diferencia debe constituir desde que hay gente que vive de la recolección y venta de estos materiales.

Así que no me venga la autoridad con que las bolsas de supermercado eran el gran reto a enfrentar en materia de ecología y medio ambiente para la tercera década del siglo 21. Si de hecho las condenadas bolsas son nuestras principales aliadas en la manipulación y transporte de los desperdicios.

Las bolsas plásticas son horrendas, ofensivas a la vista, contaminan la tierra, el aire, el agua y tardan mucho en degradarse, pero no son ni por asomo nuestro problema ambiental prioritario, sino un aspecto colateral y secundario de una cultura de consumismo que no será rectificada sin una auténtica revolución de nuestros hábitos a nivel global.

Pero por supuesto, la visión torpe, corta, obtusa y pobre de la autoridad siempre deriva en soluciones simplistas: “Si algo es indeseable, proscribirlo debe ser la solución ¡Ya está!”. Y nunca espere -nunca, en serio-que nuestros legisladores le inviertan más de dos neuronas a cualquier asunto.

Muy bien, ya están prohibidas las condenadas bolsas. ¿Pero qué hay de todo lo que esas horrorosas bolsas suelen llevar dentro? Botellas, recipientes, contenedores, papel, cartón, vidrio, metal; restos orgánicos “compostables” y de los otros, miembros mutilados por los cobradores de la mafia, borradores de guiones de Star Wars, pañales, sus sueños rotos de la infancia, qué sé yo.

Como ya dijimos, no hay políticas para aprovechar lo aprovechable, reutilizar lo reutilizable y confinar lo que es altamente tóxico, como tampoco hay políticas sustentables para abatir la generación y consumo indiscriminado de todos estos materiales porque ello sería meterse con empresas transnacionales poderosísimas, con departamentos jurídicos capaces de embargar a un país entero y con su sacrosanto derecho a explotar los recursos naturales del planeta hasta que no quede mota de verdor sobre la faz de la Tierra.

Nuevamente, es pertinente increpar a la autoridad con un: “¡Las bolsas qué!”, ya que, de todos los ángulos posibles que había para encarar el problema de los residuos domésticos, se optó precisamente por el más pendejo de todos.

Tampoco nos creamos del todo que desde el poder se peca de cándidos o de inocentes, cuando lo último que en realidad les interesa es resolver algún problema, sino generarnos otro, uno que les permita seguir oprimiéndonos. Y es que ahora tienen un nuevo pretexto para seguir acotando nuestra conducta, nuestras libertades, a través de una nueva amenaza de multa económica que, como de costumbre, se ejercerá de manera discrecional.

Es muy fácil poner límites, reglamentar, ponerse duro, claro, cuando de los ciudadanos se trata, pero no así con las grandes corporaciones que son las que generan en primera instancia toda la basura que atiborra los rellenos sanitarios. Allí, la autoridad se vuelve sumisa y entreguista.

Los verdaderos agentes contaminantes, o al menos aquellos que así han sido identificados, permanecen intocables.

Las botellas desechables de “pet” (tereftalto de polietileno), por ejemplo, esas podrían, quizás no proscribirse, porque es muy peligroso prohibir algo, pero sí desalentar su uso simplemente habilitando bebederos en todos los espacios públicos, privados y gubernamentales.

O el uso indiscriminado del auto, que también es un contaminante de clase A y uno de los principales enemigos de nuestra calidad de vida, podría reducirse con transporte público decente y una planeación urbana que considerase al peatón y otras formas de desplazamiento. Pero allí sí, el que peca de inocente soy yo, porque no sólo habría que volver a construir las ciudades casi desde cero, sino que el control de la movilidad en nuestras urbes es uno de los agentes que mejor consolidan el poder de nuestros gobiernos, pero esa es materia para un completo tratado aparte.

Como podrá darse cuenta, este 2020 la voluntad de ayudar -ya no digamos “salvar” ni de chiste- al planeta es nula. Lo que sí hay, como cada año, son muchas ganas de pegarle a la lactancia.

Yo sólo le deseo sinceramente que la próxima vez que vaya a hacer algunas compras casuales, y descubra con horror que no le darán bolsitas, le crezcan brazos nuevos como a la diosa Kali, para que pueda cargar los dos six de cerveza, los sabritones, la bolsa de hielo, la golosina de la bendición, los vasos desechables (que esos no están prohibidos), las llaves del coche y de la casa y todavía le quede un brazo libre para mandarle una mentada de madre, con el consabido y vistoso ademán, a nuestro querido y siempre previsor gobierno.

 

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