En una galaxia lejana, separada muchos años luz de la Tierra, había un planeta en donde existía un lugar muy semejante al que habitamos los mexicanos. Era conocido como “el país de nunca jamás” y, curiosamente, también se practicaba un deporte muy similar al futbol. 

Desafortunadamente para el país de nunca jamás las cosas no se manejaban tan bien como se hace en el balompié nacional. Allá la cosa era un desastre, el único común denominador que los mantenía unidos eran los intereses económicos. El espectáculo, los estatutos y reglamentos, la ética y hasta el público, los tenían sin cuidado. 

Un buen día, como cualquiera, trascendió que existía un equipo (radicado en el sureste del país de nunca jamás) a cuyos integrantes no les habían pagado el sueldo durante tres meses. ¿Y saben qué? Los dejaron morir solos. La Comisión del Jugador de aquella lejana nación hizo oídos sordos. Los directivos, como que la virgen les hablaba. Los otros equipos ni se enteraron. Sus compañeros de profesión no fueron capaces de levantar la voz; bueno, ni en redes sociales se tomaron la molestia de enviarles un mensaje de optimismo y de solidaridad. 

Me dejo de llamar Eduardo, si algo similar hubiese ocurrido en el futbol mexicano, si la gran familia balompédica no hubiera procedido en forma totalmente diferente. Pienso que hasta la prensa hubiera reaccionado con muestras de respaldo e indignación. 

En el futbol del país de nunca jamás poderoso caballero era don dinero, se registraban jugadores fuera de tiempo y forma, se cambiaban de fecha y hora los partidos de acuerdo a la conveniencia de la mano que mecía la cuna, se quitaban castigos, se violaban los reportes arbitrales, se imponían futbolistas en la Selección, se jugaban partidos moleros en su vecino país del norte, se hacía como que trabajaban con las fuerzas básicas para, a la mera hora, darle preferencia a los extranjeros sobre los nacionales al hacer la “repartición de los panes”, tocando de primera intención en hábiles triangulaciones que semejaban “Los Papeles de Panamá”, promotores, directivos y técnicos. Del arbitraje, luego hablamos. 

Era tal el caos reinante que como ocurrió en Sodoma y Gomorra la superioridad espiritual ordenó la destrucción del país de nunca jamás, pero como los directivos del futbol (indebidamente voltearon) quedaron convertidos en estatuas de sal. 

Digo, les platico esta leyenda para que “cuando vean las barbas de su vecino cortar... pongan las suyas a remojar”. 

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