Hace algunas semanas lo dejamos por escrito en este espacio: el debate en torno a la posibilidad de despenalizar el aborto constituye una de las discusiones más complejas porque, entre otras cosas, no es posible zanjarla con los argumentos de una sola disciplina.

Tampoco sirven a dicho propósito los elementos con los cuales se defiende la posición pro-vida, o la pro-elección, fundamentalmente porque dichas posiciones suelen abanderarse desde el dogmatismo o desde la negación de todo argumento en contra.
En los últimos meses, en Coahuila se analizó (al seno del Poder Legislativo) una iniciativa mediante la cual se pretendía eliminar del Código Penal el delito de aborto consentido, actualmente penado con un mínimo de un año de prisión. La iniciativa no prosperó y fue rechazada en la semana.

En términos genéricos, como sucede en cualquier otro caso en el cual se discute la posibilidad de cambiar un paradigma fuertemente arraigado en la sociedad, lo ocurrido implica sólo una cosa: las circunstancias políticas no fueron propicias para tomar la decisión.

Quienes son partidarios de mantener el aborto como una conducta 
delictiva celebran hoy su “victoria” y consideran la decisión un triunfo a favor de la vida, pues su argumento central es “la existencia de vida” desde el momento mismo de la concepción.
No es éste realmente, vale la pena precisarlo, el punto controvertido, pues la vida no “surge” en el momento de la concepción. La razón para ello es muy simple: la concepción no se registra entre dos células muertas cuya unión las anima, sino entre dos “entes” vivos: el espermatozoide y el óvulo.

El debate real es el relativo a si, en el momento de unirse ambos gametos automáticamente estamos en la presencia de una nueva persona, de un ser humano con derechos cuya protección debe ser garantizada por el Estado. Hay buenos argumentos para afirmar y para negar esta idea.

Quienes alinean en la acera opuesta, es decir, quienes defienden el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo, rumian su “derrota” en este episodio pues no se alcanzó la posibilidad de incorporar a Coahuila a la lista de demarcaciones en donde la idea prevaleciente es aquella según la cual un embrión no es un ser humano en tanto no se le desarrolle el tubo neural.

¿Cuáles son las razones por las cuales, al menos por ahora, “triunfó” la idea de considerar como delincuente a una mujer, si decide interrumpir su embarazo? Las declaraciones realizadas desde el Congreso del Estado no arrojan mucha luz al respecto, pero puede arriesgarse algunas hipótesis.

En primer lugar, seguramente pesó el hecho de encontrarnos en pleno proceso electoral para la renovación del Poder Ejecutivo Federal y en la antesala de la renovación de los 38 ayuntamientos de la entidad. Las fuerzas políticas impulsoras de la iniciativa seguramente midieron el ánimo social y encontraron riesgoso, para sus propósitos electorales, aprobar la despenalización del aborto.

En particular, la elección presidencial se percibe sumamente competida y cualquier elemento puede servir para otorgar ventajas a unos u otros, con la consiguiente pérdida/ganancia de votos. Seguramente nadie quiere correr ese tipo de riesgo en medio de un proceso reñido.

En segundo lugar, sin duda pesa la influencia del clero católico sobre una comunidad mayoritariamente suscrita a dicha doctrina religiosa. Y no es tanto el problema a nivel de masas pues, como pudimos atestiguar todos, nunca se registraron manifestaciones tumultuarias para demandar a nuestros representantes populares cerrarle el paso a la legalización del aborto.

La ruta de influencia es otra y se da a través de los poderosos grupos de interés asociados al catolicismo, cuyas cabezas (más o menos invisibles) pueden intercambian, sin problemas, favores y apoyos políticos a cambio de mantener el estatu quo.

Insisto: estoy planteando sólo hipótesis de las posibles causas reales del repliegue de quienes, pese a contar con los votos necesarios para hacer prosperar la iniciativa, decidieron dar un paso al costado. Y no juzgo tales hechos como plausibles o condenables: simplemente los apunto como una descripción de la forma en la cual funciona la realidad.

Al final, la realidad es sólo una: las mujeres coahuilenses para quienes el aborto siga siendo un opción necesaria, más allá de la condena moral o de los riesgos para su salud e integridad, deberán considerar las dos opciones con las cuales cuentan: correr el riesgo de un aborto clandestino o viajar a la Ciudad de México para practicárselo en condiciones seguras.

Porque, a despecho de quienes pretenden imponer su código moral a toda la sociedad, la interrupción del embarazo seguirá siendo una realidad entre nosotros y, ni la condena moral, ni la amenaza de cárcel van a disuadir a quienes, por cualquier razón, no desean convertirse en madres.

La discusión seguirá viva y, más tarde o más temprano, será retomada. La siguiente vez podría triunfar el ala opuesta.
¡Feliz fin de semana!

@sibaja3
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