Si va a seguir haciendo proselitismo, al menos que sea capaz de ver con sus propios ojos el estado del País

No todo son malas noticias en esta era del refrito, del reboot y del remake. Hace un par de meses se confirmó que la secuela de la clásica comedia de los ochenta, “Coming to America” –o “El Príncipe en Nueva York” como se le conoció en Canal 5–, estaba en preproducción. Digo, ya sé que esta noticia no subsana nuestro crecimiento económico del 0.01 porcentual, pero pues… algo es algo ¿no?

Lo anterior fue confirmado –lo de la secuela, no lo del PIB– por el icónico actor y comediante Eddie Murphy, quien encabeza por supuesto el elenco para esta segunda parte que ya demoró 30 años.

Si usted recuerda la cinta original, ésta narra la peripecia del príncipe Akeem, heredero al trono de Zamunda, un ficticio país africano gobernado por su padre, el rey Jaffe Joffer.

Akeem llega a la mayoría de edad, debe contraer nupcias con la consorte que le han escogido sus padres y comenzar a ocuparse en sus responsabilidades de futuro rey.

Pero Akeem no está satisfecho con esa vida de privilegios y menos con la idea de un matrimonio arreglado. Así que, para vivir un poco y conocer el mundo real (y con la ilusión de enamorarse, por supuesto) escapa a Nueva York a vivir su divertida aventura, pues tiene que ocultar su regia ascendencia para cerciorarse de que la gente (y sobre todo, su posible consorte) se interese genuinamente en él y no en su dinero o posición.

El rey Joffer (el siempre imponente James Earl Jones) es todo lo contrario a su hijo Akeem. Su rostro de piedra refleja una total ausencia de sentido del humor, asume sus reales deberes con toda gravedad y no admite que se quebranten las normas, el protocolo o las tradiciones. La historia, como podrá observar, es totalmente arquetípica, lo que no es de ninguna manera algo objetable.

El rey, sin embargo, es presa de su propia rigidez y de sus atavismos. Es incapaz de ver más allá de lo que le enseñaron o exige el real código de conducta. A su manera, el rey es un personaje completamente disfuncional.

Está tan inmerso en su burbuja que ya ni siquiera le parece excesivo el séquito de doncellas que a su paso va arrojando pétalos de rosa para que su majestad siempre camine sobre una alfombra de flores.

Y eso es precisamente lo que ocurre con nuestros gobernantes, que de tanto privilegio pierden contacto con la realidad. Y cómo no, si hay un comité de la corte dedicado en exclusiva a suavizarle al monarca la dureza de los hechos, maquillándole el paisaje a su paso.

La reciente visita del presidente Andrés Manuel López Obrador a Coahuila me dio constancia de lo anterior. Deje le cuento:

Amigos avecindados en el hermano principado de Ramos Arizpe sufren desde hace años un grave deterioro en su entorno, debido al comercio informal que se ha apostado en las inmediaciones, la actividad y los desechos de un supermercado aledaño, los vándalos que ya le agarraron como que cariño al sector y los transeúntes cuya conducta también deja mucho que desear.

En suma, que los residentes de este punto tienen un problema permanente de basura, grafiti, vagancia y algunos inconvenientes de tráfico y movilidad. Por supuesto, su queja con la autoridad es permanente, pero ésta es sorda a sus reclamos.

Pero, dado que el tlatoani macuspano en su pasada gira habría de hacer una breve escala no muy lejos de allí, en chinga la autoridad local –en coordinación y apoyo a las distintas dependencias federales– se encargaron de hermosear este sector. Limpiaron basura (como nunca), retiraron el ambulantaje, podaron árboles (que ya eran un riesgo para el tendido eléctrico) y hasta pintaron (sin pedir permiso) algunas bardas particulares.

Esta costumbre de ir “tuneando” o hermosear el entorno por donde va pasando el Jefe del Ejecutivo, y que equivale a los pétalos de rosa que se arrojan a los pies de un monarca, es un hábito heredado del viejo presidencialismo (tampoco es como que lo inventó la 4T), pero sí es una verdadera lástima que un Gobierno que se dice a sí mismo reformador perpetúe esos viejos modelos de hacer política, en los que se le oculta al führer los estragos de la guerra (no vaya a ser que nos regañe a todos).

Si va a seguir haciendo proselitismo, al menos que sea capaz de ver con sus propios ojos el estado del País y que reprenda en consecuencia a quien tenga que reprender.

Porque si se va a refugiar en la misma burbuja en que se instalaron todos sus predecesores, siempre mirando a México a través de unos lentes de color rosa, bien poca diferencia nos va a hacer el haberle dado una patada al viejo régimen en la pasada elección, si la 4T no hace sino repetirse en las mismas formas arcaicas.

Todo lo anterior no deja de ser un trato normal en términos presidenciales, pero AMLO ofreció un gobierno de reconstrucción y ésta no es posible si no es capaz de ver y percibir por sí mismo al País tal y como es.

Así que, señores achichincles, ayudantes, mininos y micifuces de la 4T, ayudarle al Presidente significa colaborar para que se materialice su proyecto, no esos pueblerinos remozamientos exprés que ejecutan a su paso, que sólo reviven el presidencialismo más rancio y son igual de útiles que arrojarle pétalos de rosas por donde el rey camina.

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