El actual período de campañas electorales, ya lo decíamos en la columna anterior, debe ser un espacio de reflexión profunda para los mexicanos. Más allá de las lealtades o filiaciones de cada quien y los proyectos personales de los candidatos, lo que vamos a elegir es el tipo de país al que aspiramos.

Estoy convencido de que cada país debe seguir su propio camino y modelo de desarrollo. Sin embargo, dado el evidente progreso de sus sociedades, en el mundo hay ejemplos útiles del tipo de país al que podemos aspirar, y también otros menos afortunados que por el contrario, ejemplifican lo que no queremos ser.

Para algunos, los ejemplos más valiosos se encuentran en las naciones escandinavas, con un Estado grande y elevados niveles de bienestar social, para otros serán las grandes potencias económicas anglosajonas, con sus amplias libertades económicas y Estados menos intervencionistas.
También están los ejemplos de algunos países mediterráneos donde la combinación de un Estado proactivo y afianzadas libertades individuales se ha traducido en una elevada calidad de vida para su población. Incluso en Latinoamérica hay países donde décadas de políticas liberales consistentes han elevado notablemente el nivel de vida.

Ninguno de estos modelos de país es perfecto ni se puede adaptar estrictamente al nuestro, sin embargo, todos ellos comparten al menos tres características básicas: libertad económica para sus ciudadanos, un sólido Estado de Derecho, y una apuesta por la inversión y el progreso científico y tecnológico para ayudarlos a resolver sus problemas y necesidades.

Este es el tipo de país que todos queremos, el que desde hace décadas hemos estado construyendo y donde hoy tenemos bases sólidas para poder aspirar a más. Un país abierto al mundo, innovador, que apuesta por el conocimiento, y donde cada individuo tenga la libertad y las capacidades de concretar sus aspiraciones.

Cuando visitamos uno de estos países desarrollados es como viajar al futuro, es ver a dónde puede llegar México. Pero de igual forma, cuando vamos a un país menos desarrollado, es como un viaje al pasado, a como estábamos, y a donde si volvemos estaríamos defraudando el optimismo de nuestros jóvenes y comprometiendo su futuro.

En esa circunstancia están países donde el Estado de Derecho y las libertades han pasado a un segundo plano porque han puesto a liderazgos personales por encima de sus instituciones, confiando su futuro como nación a la capacidad del gobernante en turno, donde se han subordinado las libertades individuales a los intereses personales o de grupo.

Ahí la apuesta no tiene que ver con la racionalidad económica, el contexto mundial o las necesidades del individuo y la sociedad modernos; bajo diferentes matices siempre se apela al nacionalismo, a un supuesto pasado glorioso, al rechazo a quien piensa diferente y al aislamiento, volviéndose así incapaces de proveer bienestar para sus habitantes.

El experimento siempre parece atractivo al principio, pero cuando lo contradictorio e insostenible de sus políticas termina por estancar a la economía y enfrentar a la sociedad han venido, en el mejor de los casos, las crisis económicas y sociales, y en el peor, las nuevas Constituciones, las reelecciones indefinidas, la búsqueda de culpables y la ruina del país.

Con diferentes matices y grados estos son los dos grandes proyectos nacionales que actualmente conviven en el mundo, por lo que en esencia las elecciones no son más que el momento y la oportunidad de un pueblo para reafirmar o cambiar el proyecto y tipo de país al que aspira.

Por eso es tan importante que todos los mexicanos hagamos una evaluación desapasionada y bien informada sobre los gobernantes que pronto vamos a elegir. Es esencial que analicemos la congruencia de lo que ofrecen con los objetivos que tenemos como nación y como individuos.

Si aspiramos a ser un país desarrollado y con mayor bienestar social, tenemos que identificar muy bien las opciones que apuesten por la transformación de la educación, la capacitación laboral, por la inversión en infraestructura, por un estado de derecho firme, la integración con el mundo y el respeto de nuestras libertades individuales.

No merecemos menos. México no merece menos.