El fracaso de la administración Trump está reflejado en su ignominiosa, casi furtiva salida de la Casa Blanca.

Con seguridad soñó alguna vez que su despedida estaría bañada en la gloria y la estruendosa ovación de sus millones de bienquerientes, con sus enemigos “moralmente derrotados” y a sus pies postrados pero sobre todo, a cuatro años del día de hoy, luego de un segundo periodo de la más exquisita estultocracia.

En cambio, lo que vimos fue prácticamente un escape por la puerta de servicio, la versión siglo 21 de la frustrada fuga de Luis XVI y María Antonieta (aunque se dice que el depuesto monarca francés enfrentó con mayor decoro y dignidad su suerte y posterior sentencia).

El juicio de la gestión de Trump en lo económico se lo dejo -obvio- a los economistas (de cualquier manera la fortaleza financiera y el poder adquisitivo de los Estados Unidos no radica en su capacidad productiva, sino en el saqueo a otras naciones por vía de la intimidación política-bélica-comercial y hasta cultural).

Pero como estadista y líder, Trump deja un pueblo profundamente escindido en dos segmentos que si bien, ya sostenían una histórica animosidad, hoy está recrudecida hasta extremos violentos. Su empeño fue señalar y resaltar todos los días una diferencia entre “ellos” y “nosotros”, a pesar de que se trata del mismo pueblo.

Pero en vez de hacer llamados a la unidad, prefirió echar diésel en los rescoldos para que se avivasen los enconos y, en medio del caos, reinar como un monarca Guasón. Ese divisionismo exacerbado es lo que lo infló en primer lugar, cual globo de aire caliente, sin duda, pero al mismo tiempo es lo que termina por provocar su estrepitosa caída.

Echó mano de una narrativa -que le llaman ahora- por demás simple y reduccionista, muy fácil de seguir hasta para el más iletrado de sus seguidores: Nosotros, el pueblo estadounidense, trabajador, bueno y verdaderamente informado, el de los valores realmente americanos; contra los otros, los progres, privilegiados, los que quieren traer el comunismo, los que buscan engañar y desinformar, enemigos de la patria y nuestro Dios blanco.

¿Le suena a alguien? Reducir toda la complejidad y diversidad de opiniones de un país en sólo dos bandos, “conmigo” y “en mi contra” es la estrategia favorita de la demagogia, del populismo y constituye el cimiento para las dictaduras. Para fortuna de los gringos, sus instituciones son fuertes y el Presidente no puede arrogarse el control total del poder parlamentario, el judicial, el colegio electoral, el FBI, la CIA, la NBC y la NFL.

Era lo menos que podían tener, instituciones sólidas, luego de dos siglos de presumirse los paladines de la democracia y el paradigma del mundo libre. Era natural que nuestro presidente en México sintiera empatía (aunque desconozca el significado de esta palabra) por Mr. Trump, misma que dio pie a una relación de la más rendida sumisión.

Ni el vergonzoso muro, ni el desprecio de Trump hacia la comunidad mexicana en EU le mereció a AMLO el más tímido posicionamiento. En cambio, defendió su derecho a insultar. Para largar dislates, desatinos, descargar la víscera, fomentar odio, buscar culpables y lloriquear, Trump privilegió la red social Twitter.

AMLO, conocedor de su nicho, en vez de usar la red del pajarito implementó su insustancial conferencia matinal. Así no tenga nada qué decir, nada que informar, nada que reportar y esté empeñado en desestimar las inquietudes legítimas, él está diariamente perorando, puntual y madrugador, con más saliva que sinapsis. Básicamente la gestión de Trump se redujo a estar mamando desde Twitter, tirándole a la prensa que no lo adulaba, a sus opositores y adversarios, alimentando un discurso que es más paja que sustancia.

Nuestro Peje por su parte, una vez que concluye la mañanera, parece que termina su jornada al frente de esta Nación que, como cualquiera, exige atención 24/7.

En serio que me sorprende mucho cómo siendo países tan distintos, étnica, cultural e idiosincráticamente, la estrategia política y el discurso de ambos gobernantes resultó tan asombrosamente semejante: Ante cualquier reproche, el desdén; ante cualquier cuestionamiento, la descalificación del interlocutor; ante el inminente surgimiento de un escándalo, transferir la responsabilidad a otros: a los adversarios, a los que precedieron, a la “mala” prensa, a quién se deje.

Y cada vez que la verdad los pone frente a las cuerdas, cada vez que la contundencia de la evidencia los desnuda en su falacia, han de correr a su “safe place”, a su lugar seguro, al nutrido respaldo del que indudablemente, uno y otro, goza al día de hoy. Porque es innegable que la mitad de los Estados Unidos está llorando la salida del Presidente Trump, su amado líder político pero sobre todo moral.

Mientras que AMLO, aun le apuesta a que en las próximas elecciones, una apabullante votación en favor de su divisa política refrende su poderío, su hegemonía total, su reinado autócrata. AMLO es un caudillo hecho presidente; Trump, un presidente avenido a caudillo.

La militancia más recalcitrante de ambos está dispuesta a lo que sea, incluso a derramar sangre, como ya hizo la versión gringa de Morena en el Capitolio de los EU.

Pero nada es para siempre, con cada afinidad con su ex homólogo gringo, AMLO abona las condiciones para que su salida, cuando esta ocurra, sea igual de ríspida y oprobiosa, no exenta de violencia y con un juicio esperándole en puerta. Una salida deshonrosa y por la puerta de servicio.