Shiho Fukada es una fotoperiodista que ha realizado el documental “Refugiados de café” en Japón. En él muestra cómo muchos japoneses viven en condiciones extremas dentro de los cibercafés, debido a que no tienen otra opción de trabajo que les permita sobrevivir enfrentando una renta que con su sueldo no podrían solventar.

Así, presenta, entre otros, a un guardia de seguridad llamado Fumiya, de 26 años, que labora en un cibercafé que se mantiene abierto las 24 horas. Se sienta en uno de los minúsculos cubículos del lugar, frente a una pantalla y ahí pasa sus ratos de descanso, entre turno y turno de trabajo acompañado de refrescos y cigarros.

Como él, hay otros que viven dentro del negocio, haciendo trabajo de medio tiempo, pues en los que consiguieron de tiempo completo los explotan. Está el caso de Tadayuki Sakai, quien desertó de una empresa luego tener que laborar más de 120 ó 200 horas extras al mes. Cuando sus superiores y compañeros presionaron a Sakai por su debilidad, ya que debía tomar siesta durante el día en el propio lugar para poder soportar la carga, decidió retirarse de la compañía de tarjetas de crédito.

La información, tomada de la página de Internet “Japón and more”, asienta cómo esta problemática ha empujado al suicidio a centenas de personas de todas las edades. Recuerdo que hace algunos años se presentó en ese país una alta tasa de suicidios por las malas calificaciones obtenidas por niños y adolescentes.

“El país”, apunta el reportaje, “tiene una de las tasas más altas de suicidio en el mundo, en parte motivados debido a problemas en el trabajo”. Hay una palabra que los describe, karöshi, y que significa “muerte por exceso de trabajo”.
Muchos países, y entre ellos Corea, China y México, enfrentan los problemas que llevaron a Japón, luego de la Segunda Guerra Mundial, a buscar la productividad aumentando las horas de trabajo en oficinas e industrias. Todo ello acompañado de un ambiente de consumismo que se agudiza en las economías emergentes.

La del suicidio, problemática que en Saltillo está en primer lugar de demanda de atención social, tiene muchas implicaciones que hoy por hoy están siendo analizadas por distintos organismos. Ir al seno del hogar de quienes lo han cometido; explorar en las condiciones sociales que se están viviendo en nuestra ciudad y estudiar las económicas de manera profunda y seria es la tarea para tratar, primero, de entenderlo, y segundo, intentar buscar posibilidades de esperanza para aquellos que en esta ciudad ya no la encuentran.

¿Cuáles han sido los cambios que han agobiado a tantas personas en Saltillo? ¿Cuántos de ellos eran originarios de la ciudad? ¿Cuántos de fuera y cuándo fue su llegada? ¿A qué se dedicaban? Estas y otras preguntas más pudieran hacerse en investigaciones que continúen las realizadas hace algunos años en nuestra ciudad, que requieren ser de nuevo actualizadas a los tiempos que corren.

Es la esperanza de una vida feliz lo que una ciudad debiera poder ofrecer cualquier población. Que eso no lo esté ofreciendo la nuestra es triste y muy preocupante. Algunas flores del árbol, apenas iniciando su vida, caen. Otros son ramas maduras. Cada una importante en una sociedad que podemos imaginar como un bosque del que todos formamos parte.

Si una de ellas está enferma, hay que cuidarla, hay que protegerla. Su resistencia y su vida alegran el conjunto en el que estamos todos, en esta comunidad que tendríamos que ser felices de habitar.

La pregunta sigue en el aire: ¿qué mueve a un joven o a una muchacha con toda la vida por delante a tomar la decisión de enterrar para siempre sus sueños?