Ya he comentado antes que fui aficionado al futbol hasta la secundaria.

Como por arte de magia, el primer día de bachillerato me olvidé por completo de todas las pasiones relativas a la cancha, muy seguramente porque descubrí en ese momento que la vida me ofrecía otros misterios mucho más fascinantes para desentrañar, dichos misterios, casi todos, olían bonito, usaban maquillaje y enormes copetes esculpidos con Aqua Net, responsables directos del hoyo en la capa de ozono que hoy padecemos (no obstante, valió la pena, ¡estúpidos y sensuales años 80!).

Fui por un tiempo espectador villamelón, de ocasión  (de esos que sólo ven algunas finales y juegos mundialistas en los que la comida y la bebida están garantizadas), pero mi interés se degradó aún más con el correr de los años. Hoy no me mueve sintonizar un partido ni aunque el Tri se esté jugando el destino de la Tierra contra la Selección de Klingons del planeta Qo’noS. “¡Ay, no, qué flojera! Ahí me avisan ‘porfa’ si se van a penales y eso, sólo para estar pendiente de los memes”.

Mi muy ocasional curiosidad por el resultado de algún encuentro de cierta relevancia, como el celebrado el domingo, obedece a la expectativa que genera y la consecuente desilusión que embargará por necesidad a la afición perdedora, porque… ¿A quién no le gusta ver llorar a un hombre adulto? No está científicamente comprobado, pero al parecer las lágrimas de aficionado futbolero prolongan la vida de quien esto escribe.

Finalmente, luego de 23 años sin coronarse, el Cruz Azul abandonó su condición de chiste para alzarse con la copa de la Liga Mx. Y, tomando en cuenta que son dos torneos por año, serían unos 46 campeonatos los que acumuló ‘La Máquina’ en calidad de perro de carnicería.

La verdad es que peores maldiciones hay en el mundo de los deportes: La del ‘Bambino’, Babe Ruth, pesó 86 años sobre los Medias Rojas de Boston y ni qué decir de nuestros identitarios Saraperos.

Pero el triunfo del ‘Trusa Azul’ resulta especialmente relevante para una generación completa de mexicanos. Un segmento particular de aficionados en su quinta década, acariciando ya el sexto piso, está profundamente encariñado con la escuadra azul y hay una buena razón para ello, pese a que su amor ha sido puesto a prueba reiteradamente por campañas deplorables y otras -las peores-, las de ‘ya meritos’.

Son esas las que duelen y le valieron al club su ingreso al diccionario urbano en forma de un hermoso verbo que ya habrá de reconocer la RAE (por falta de apoyo o constancia del equipo no ha quedado); el verbo “cruzazulear”, que significa arruinar una oportunidad valiosa en el último momento:

“Este cabrón casi conquista a la muchacha, pero la cruzazuleó cuando se puso a hablar de feminismo”.

“Hoy es la entrevista de trabajo. ¡Deme su bendición, madrecita, no vaya yo a cruzazulearla!”.

“Tienes todo para triunfar, pero si decides casarte o tener un hijo, se me hace que sí la andas cruzazuleando gacho”.

Muy bien, pero… ¿por qué es la ‘Máquina Celeste’ el equipo de una generación de gente de la mediana edad?

Pasa que en los años 70, además de un partido oficial (el PRI), México tenía también un equipo oficial, el América y siendo el equipo insignia de Televisa -única televisora de cobertura nacional- era el único cuyos partidos se transmitían a lo largo y ancho de la República.

No había t.v. por cable y el internet no tenía para cuando irrumpir en nuestras vidas. Si alguien quería ver algo de futbol, era chutarse -sí o sí- el partido de ‘los Azul-Cremas’, contra quien fuera que le tocase esa semana.

 Si bien, gracias a esto el América hizo hordas de aficionados por todo el territorio nacional, esta misma situación provocó el hartazgo de otro segmento de inconformes, a quienes el América ya tenía francamente hasta el huevo.

Cuando por fin Televisa decidió darle cobertura televisiva a otra escuadra, optó naturalmente por otro equipo capitalino, de mucha tradición también, ‘Los Cementeros’ del Cruz Azul. Y ya nomás con tal de no irle al América, con tal de llevarle la corriente a Televisa, al oficialismo, al Estado, con tal de abrazar una opción que no fuese la que de primera mano les acomodó el sistema, todos cuantos abominaban al América se volcaron con la escuadra azul.

 Al correr de los torneos, los rebeldes se encariñaron con este equipo que les supo recompensar con algunos títulos y momentos de gloria, por lo que hoy es una pasión irrenunciable, genuina y transgeneracional, no sólo por los años, los triunfos y las derrotas, sino porque en su momento el Cruz Azul los rescató del hastío de la opción única, institucional y enfadosamente impuesta.

Por iguales razones, hoy día una gran cantidad de gente le profesa un amor ciego, incondicional, irrestricto, ilimitado, dogmático, sectario e irracional a AMLO, Morena y la 4T: No porque representen un cambio real, no porque sean mejores que el resto de los equipos, partidos o camisetas; no porque ostenten una sólida ideología o dominen el arte de gobernar, sino por el hecho único de darle a sus fieles la ilusión de ser una opción distinta; otras siglas, otros colores, -se supone- diferentes a los impuestos por el viejo régimen.

Escoger una divisa no por sus virtudes intrínsecas, sino por el hartazgo, es inofensivo tratándose de la cancha, pero ¡ah, qué caro no está saliendo con ‘el frustrazul’ de la política mexicana!