Las grandes crisis globales imponen desafíos importantes para la humanidad que, a su vez, impulsan un desarrollo más acelerado de nuevas tecnologías, así como la creación de nuevos esquemas de organización y cooperación internacional.

La crisis sanitaria global por el brote de COVID-19 es una situación grave e inusual para la población mundial. Las consecuencias han sido devastadoras en muchos países, donde las pérdidas de vidas humanas han alcanzado números elevados y los gobiernos se han obligado a imponer cuarentenas generales para proteger la vida y salud de las personas.

Los Estados tienen la responsabilidad principal de tomar todas las acciones que sean necesarias para crear las condiciones que se requieran para garantizar el disfrute de los derechos humanos. Sin embargo, los individuos, grupos, instituciones y organizaciones no gubernamentales tienen también un importante rol y una responsabilidad de contribuir en lo posible en la realización efectiva de esos derechos.

La actual crisis de COVID-19 ha dado a la humanidad una oportunidad extraordinaria en tiempos modernos: un ejercicio solidario y colectivo de paralizar por un tiempo determinado y relativamente prolongado el movimiento de gran parte de la población. Y aquí lo relevante: nos dio la posibilidad de observar el impacto de esas medidas en nuestro planeta.

Según un estudio reciente publicado en la revista Nature, las emisiones globales diarias de CO2 se redujeron hasta en un 17 por ciento durante el tiempo de confinamiento obligatorio impuesto mayormente en Europa, China, India y Estados Unidos, de acuerdo con datos disponibles hasta principios de abril de 2020. Las emisiones de carbono por país en lo individual disminuyeron en promedio hasta en un 26 por ciento.

Esta disminución de emisiones de carbono es considerada extrema y sin precedentes. La noticia es alentadora, aun cuando el verdadero impacto en las emisiones de carbono anuales para 2020 dependa mucho de la duración del confinamiento, así como de las acciones e incentivos económicos que los gobiernos adopten posteriormente.

La comunidad científica internacional ha alertado reiteradamente que es urgente tomar medidas más estrictas para disminuir las emisiones globales de carbono. El calentamiento global amenaza gravemente, como mínimo, los derechos que más han sido afectados por la actual crisis sanitaria: a la vida, la salud y a procurarse medios de subsistencia.

Si queremos evitar crisis globales más devastadoras, debemos tomar medidas colectivas similarmente rotundas. Tales medidas deben ser lo menos intrusivas posible, pero también efectivas. De otra forma, la protección de derechos sólo quedará en papel y discursos políticos.

Para tal efecto, la actual crisis nos ha dejado al menos tres valiosas lecciones. La primera es que debemos hacer caso a las señales. Es imprescindible escuchar las opiniones de científicos y expertos sobre los riesgos que afrontamos y las soluciones viables. Sobre todo cuando estén presionando el botón de alarma.

La segunda lección es sobre hábitos y comportamientos colectivos. No podemos continuar en la pasividad. Aquí entran en juego las tecnologías y nuevos esquemas de organización sin tener que pensar en complejidades. La tecnología de hoy, por ejemplo, permitió a muchos –no todos– laborar mediante “teletrabajo”, evitando traslados innecesarios y contribuyendo colateralmente a reducir emisiones de carbono.

Habría que preguntarse si en algunos lugares de trabajo es realmente esencial la presencia física de los empleados durante toda la semana para operar adecuadamente. Algunas grandes compañías, como Twitter, están haciendo una transición hacia el “teletrabajo permanente” u otras formas híbridas de organización. Contrastemos con los agricultores que producen nuestros alimentos y necesariamente laboran en el campo. Según expertos, esta actividad será de las más afectadas por los aumentos de temperatura del planeta.

La tercera lección, como enfatiza la expresidenta de Irlanda, Mary Robinson, es que vivimos en un mundo interconectado y frágil, y los humanos no somos menos frágiles. Hay una interdependencia inextricable entre nuestras actividades y los sistemas naturales del planeta, y su desequilibrio impacta considerablemente nuestro bienestar.

Es necesario que abordemos los actuales desafíos globales desde esta nueva perspectiva, la de “salud planetaria”. Sólo así podremos evitar crisis aún más devastadoras y difíciles de superar como civilización humana. Si apostamos a una economía dependiente de combustibles fósiles estaremos remando en sentido contrario.

 

El autor es investigador del Centro de Derechos Civiles y Políticos de la Academia IDH

Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA  y la Academia IDH