La nueva amenaza del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, fue clara: en caso de que el gobierno mexicano no emprenda acciones decisivas para controlar la migración en su frontera sur, el gobierno estadounidense aplicará aranceles progresivos a los productos que México exporte a EU, empezando por un 5 por ciento semanal y llegando a un 20 por ciento.

La declaración fue clara, precisa, amenazante y conllevó la acusación de una supuesta inacción mexicana frente al fenómeno migratorio. Lo dijo apenas dos meses después de que comentara, en una reunión con agentes fronterizos en San Diego, que el nuevo gobierno mexicano encabezado por Andrés Manuel López Obrador había hecho más en cuatro días, por contener la migración, que todos los gobiernos anteriores juntos.

El Presidente de México lanzó un programa que dijo no tenía precedentes. La mejor manera de controlar la migración desde Centro América consiste en brindar ayuda a esos países, en especial a Guatemala, Honduras y El Salvador.

El programa consiste en canalizar recursos sustanciosos a programas de desarrollo social en la región. Pese a ello, al terminar mayo, México había detenido a más de 80 mil migrantes en su frontera sur, sin definir una ruta clara de lo que pretende hacer con estas personas. Una prueba de ello salta a la vista en los centros migratorios donde se viven constantes brotes de violencia en este caluroso verano. Pareciera que sólo Porfirio Muñoz Ledo se percata de la contradicción entre dichos y hechos, lo ha declarado en repetidas ocasiones.

Trump lanzó su amenaza sin importarle lo que dijo hace un par de meses. Si en el bote pronto de la posverdad importa poco lo que se dijo ayer, mucho menos importará lo que se dijo hace meses. Amenaza a México para cortejar a los votantes antimigración –desde los racistas puros y duros hasta trabajadores de clase media de los estados que producen automóviles–, Trump ha convencido a estos electores de que su infortunio es culpa de México.

Para una población WASP que considera su presente como un tiempo de penuria sin esperanza, poco importa que la migración mexicana se haya reducido a niveles históricos y que los automóviles que salen de las armadoras sean tan estadounidenses como mexicanos, porque han sido fabricados y armados de uno y otro lado de la frontera.

El propio Trump sabía que no podría materializar sus amenazas. Dado el carácter binacional de la industria automotriz, fijar aranceles al automóvil es darse un balazo en el pie, autoimponerse aranceles e impactar el costo de productos que acabarían pagando los consumidores.

Existe otro tipo de votante que apoya a Trump: los republicanos de Texas, Arizona, Arkansas, Michigan y Florida. Hacer efectiva su amenaza hubiera significado un duro golpe para muchos empresarios de esos estados que estaban tan dormidos que necesitaban un llamado de atención. Muy a su estilo, Trump creó un problema donde no lo había, tensó la situación, dobló o aparentó doblar a un adversario poco o nada real y, de pasada, generó una situación en la que sus seguidores le quedan agradecidos por no hacer nada, aparentando que hizo mucho.

Acá los mexicanos festejamos y aplaudimos a los defensores de México. Ebrard se cuelga una medalla porque Trump retiró su amenaza. Se festeja porque quedó sin efecto una amenaza que parecía inminente, cuya concreción hubiera resultado catastrófica.

Los críticos de López Obrador anunciaban el apocalipsis que se evitó. Algunos persisten, pero el ánimo festivo es tal que acaban convertidos en amargados empeñados en arruinar el festejo. Aislados, nadie quiere escucharlos. No estamos para malas noticias. 

Todos, en Tijuana, unidos a raja tabla, todos los gobernadores con el Presidente. López Obrador vuelve a tomar fuerza.

Pasada la borrachera, regresamos a la realidad. Se evitó un problema mayúsculo, sí; ahora despertamos y seguimos estando donde estábamos que, por cierto, no es Jauja. El Gobierno Federal enviará elementos de la Guardia Nacional a la frontera sur y fortalecerá su programa de refugiados, seremos “sala de espera” para los migrantes que soliciten asilo en Estados Unidos. 

Naturalmente se deberá registrar a las decenas de miles que pasan de incógnito y que no son detenidos. Habrá presión en las dos fronteras. Con o sin austeridad, deberán emplearse mucho dinero, mucha organización y muchos recursos humanos. Ni todo bueno, ni todo malo, simple realidad que acaba imponiéndose.

Así se festeja en estos tiempos de posverdad, no importan los detalles, cifras y datos. Festejamos porque seguimos igual y porque se evitó un mal mayor. Ganaron Trump y López Obrador, de eso no hay duda. Los populistas resultaron más habilidosos que los expertos en la negociación bilateral, acumularon simpatía y aprobación de sus clientelas.

@chuyramirezr 
Facebook: Chuy Ramírez Jesús Ramírez Rangel
Rebasando por la derecha