No es que el movimiento feminista sea nuevo. Lo que ocurre es que las mujeres no habían asumido con tal determinación su propia agenda, ni habían alcanzado los niveles de articulación que mostraron ayer

La imponente presencia ayer de las mujeres, en las calles de nuestras ciudades, dejó claro que el segmento femenino de nuestra sociedad ha decidido no esperar un minuto más para alcanzar el ideal de igualdad que nuestras leyes les han prometido desde siempre, en el papel, pero que los hombres nos hemos encargado de negarles en la realidad.

Hoy harán sentir otra vez su presencia, pero ahora con el reverso de la moneda: ausentándose de las actividades productivas y económicas para dejar claro que no son solamente poco más de la mitad de la población, sino que tienen un peso específico en la conformación de la riqueza colectiva.

Las marchas de ayer, y seguramente las ausencias de hoy, constituyen hechos inéditos en la historia moderna de México. Y no es que el movimiento feminista sea nuevo. Lo que ocurre es que las mujeres no habían asumido con tal determinación su propia agenda, ni habían alcanzado los niveles de articulación que mostraron ayer.

Las lecciones que estas jornadas nos dejarán no solamente son claras, sino que debieran ser escuchadas con cuidado por todos. Porque no es una tarea sólo del Gobierno, sino de todos, definir e implementar las acciones necesarias para que la realidad se modifique con rapidez.

¿En qué sentido debe modificarse? En el sentido que están señalando de forma muy clara las mujeres: el de la igualdad; el de las garantías de seguridad; el del cese al acoso en todas sus formas; el de la erradicación de la violencia estructural que afecta, sobre todo, a ellas.

No se trata, en este sentido, solamente de manifestar solidaridad y “dejar testimonio” de esta en nuestras redes sociales, en los discursos, en la propaganda oficial. Eso está muy bien, pero es absolutamente insuficiente para modificar el entorno.

Lo que se requiere es traducir la empatía en acciones, es decir, en decisiones concretas que ataquen las raíces del problema: los patrones socioculturales a partir de los cuales se han construido los estereotipos de género y que implican, en última instancia, considerar que los hombres son superiores a las mujeres por razones genéticas o por mandato divino.

Resulta indispensable insistir en esto último, porque una vez agotadas las jornadas en que las mujeres se han apropiado del espacio público, todas y todos regresaremos a la realidad que nos trajo a este momento: esa que está marcada por la desigualdad y en la cual las mujeres se sienten inseguras, se saben menospreciadas y, para avanzar, deben soportar cargas superiores por el solo hecho de ser mujeres.

Y es que, al final, de lo que se trata es de impedir que las mujeres vuelvan a salir a las calles para demandar a gritos sus derechos. Pero la única forma en que no las veremos marchar nuevamente es que la realidad se modifique al tal grado, que ellas decidan que ya no hace falta.