“Mi legado artístico, lo dejo en una escuela, una tradición, una compañía organizada, una ética artística”. Alicia Alonso

En 1894 el coreógrafo Marius Petipa fue el primero en usar el término “Prima ballerina assoluta” para otorgar un título honorífico a Pierina Legnani, por su excelencia superlativa, la bailarina italiana, miembro del Ballet Imperial del Zar en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo, quien fuera la primera en ejecutar los tradicionales 32 fouettés en la coda del pas d’action de Cenicienta, además de ser la primera bailarina en interpretar los roles de Odette y Odile en El lago de los Cisnes. Siete años más tarde, aún ante el desacuerdo de muchos, se le entregó también a Mathilde Kshessinskaya, de quien se decía, era amante del Zar Nicolás II.

Aún en nuestros días no existe una reglamentación que integre indicadores precisos para determinar quién merece dicho título, generalmente el gobierno de un país, o la corte real o la dirección de un teatro lo otorgan como reconocimiento a quien ha obtenido el éxito y la aclamación internacional.

Grandes bailarinas en el mundo han recibido esta distinción: Maya Plisétskaya en el Bolshoi, Alicia Markova en Reino Unido y Alessandra Ferri, la última en recibirlo en 1992 en Italia.

Pero sólo cinco han ingresado a la categoría aún más selecta: “Prima Ballerina Assoluta du Monde”: Anna Pavlova, Galina Ulanova, Margot Fonteyn, Carla Fracci, y en nuestro continente: la cubana Alicia Alonso, distinguida en 1959, con el triunfo de la Revolución.

A dos meses de su fallecimiento, con 98 de edad, el mundo entero sigue reconociendo su labor como bailarina, maestra, coreógrafa y fundadora de la más importante compañía de Cuba, que por 71 años dirigió.

Alicia Ernestina de la Caridad Martínez Hoya, que con el apellido de su entonces esposo, Fernando Alonso y junto a Alberto Alonso colocaron a una pequeña isla en la cumbre de las mejores compañías del mundo; fundando la propia Escuela Cubana de Ballet a nivel de las tradicionales escuelas italiana, francesa, rusa, inglesa y danesa con la que se han formado grandes generaciones de bailarines reconocidos en todo el mundo.

Inició sosteniendo una compañía naciente con su propio sueldo como bailarina en el American Ballet Theatre, y cuando Fidel Castro entró a su casa ofreciéndole el apoyo total del gobierno revolucionario, pudo llegar a todos los rincones de la isla para que todos los cubanos conocieran el ballet, detectar talento y formarlo y en muchos casos exportando grandes bailarines que se han convertido en primeros bailarines de las más importantes compañías en el mundo.

Como en los tiempos de Diaghilev y sus ballets rusos, llevó al Ballet Nacional de Cuba a casi el mundo entero, y es una de las figuras más premiadas en la historia de la danza: Doctora Honoris Causa por la Universidad de la Habana, la Universidad Politécnica de Valencia y la Universidad de Guadalajara, ha recibido la orden  Águila Azteca en México, la Orden Isabel la Católica en España, el Premio Benois de la Danse, embajadora de buena voluntad por la UNESCO entre los cientos de premios y reconocimientos que recibió por su labor.

Mujer férrea y ejemplar, a quien la pérdida de la vista no detuvo para seguir dirigiendo su compañía  ni la separó de los escenarios, donde entregó su talento y pasión hasta después de los 70 años, todavía a sus 98 mencionaba: “de lo único que me arrepiento es de no haber seguido bailando”.

Alicia fue sin duda una gran mujer, y como a todas las grandes, habrá quienes puedan criticarle y señalar sus defectos; pero por encima de todo era artista, era sensible, capaz de fascinarse con la sencillez de una flor, como dijera José Martí: “El sol tiene manchas, los agradecidos ven la luz, los desagradecidos ven las manchas”.