Los mejores propósitos de muchos ciudadanos de ser personas más tolerantes y pacientes, seres de luz y espíritus zen en el año que recién inicia, se hicieron pedazos desde las primeras horas del primer día hábil de 2019.

No me extraña. La burocracia en forma de trámites es en nuestro País otro de nuestros lastres históricos.

El tortuguismo haciendo fila, la apatía en ventanilla, la ineficiencia en original y copia por los dos lados le han costado –y le siguen costando– años de retraso a México en horas/hombre miserablemente desperdiciadas.

No siempre ha sido así. Cuando se automatiza un sistema o se habilita la posibilidad de realizar los trámites a distancia, es quizás nuestra comodidad el primer cambio positivo que percibimos y agradecemos, pero el real beneficio está en todo el tiempo productivo que no pierde la ciudad, el estado o la nación.

Pero siempre, invariablemente, encuentran la manera de echarlo todo a perder: sistemas que no operan, personal que no está calificado, centros de atención telefónica que son laberíntica retahíla de grabaciones, módulos automáticos fuera de servicio porque no reciben mantenimiento, etcétera.

Es desalentador. Cada vez que la modernidad parece alcanzarnos, nuestras instituciones y dependencias se las ingenian para regresarnos al Medioevo. No, si creativos sí son. Es lógico, porque de adoptar por procedimientos de alta eficiencia, más de la mitad de los burócratas saldrían despachados a su casa por innecesarios.

Y lo malo es que la gente pierde la confianza en la tecnología, en los trámites virtuales, en las operaciones digitales y se refrenda la idea de que la única manera de ser atendidos es haciendo una fila desde las horas en que canta el gallo, para luego ir a rogarle a la señito de la ventanilla.

Como ya le decía, la mejor disposición de muchos coahuilenses valió queso pues en un inútil intento por ganarle al año, quisieron ir a recoger su nuevo juego de placas vehiculares sólo para encontrarse con las consabidas filas, un sistema que no servía y un hato de empleados que no sabían cómo resolver la situación para dar el servicio a los contribuyentes, aunque ello tampoco los tenía particularmente atribulados, ni crea que se les quitó el hambre de gorditas a media mañana.

Empecemos comentando que la información –o la falta de ésta– remitió a muchos saltillenses hasta el módulo en Arteaga del Gobierno estatal, esa suerte de bodegas horrorosas que nos heredó el moreirato como centro de oficinas y almacenamiento. Un sitio lejano, poco accesible y en absoluto amable para brindar atención a los ciudadanos. Sólo nuestros gobiernos visionarios hacen de unas bodegas, oficinas.

Como ya mencioné, lo que encontraron los buenos contribuyentes quienes, pese a su cruda acumulada se levantaron temprano, fue un sistema caído y personal no apto para levantarlo.

Pero hagamos un alto y reparemos en la naturaleza del trámite que intentaban concluir: el cambio de placas.

En otras latitudes se hace de manera automática, es decir, el pago se hace en línea y las placas llegan al domicilio del usuario, sin matar estúpidamente miles de horas productivas de los ciudadanos. En otras partes el cambio de placas es también mucho más esporádico y en otras partes ni siquiera existe tal concepto.

Y es que no hay sobre la Tierra ningún argumento que justifique el cambio de placas, no hay razón administrativa, ni de seguridad, ni mucho menos ecológica que avale la más modesta conveniencia de cambiar las placas del auto.

Es un trámite eminentemente recaudatorio, es decir, su única razón de ser es quitarle su dinero y el de otros ciudadanos para incorporarlo a las arcas estatales.

En realidad ni siquiera tendrían que otorgarle un nuevo juego de placas, podrían fijar los derechos vehiculares en la cantidad que les dictara su reverenda y pelotuda gana, sin que nadie hiciera nada por impedirlo, pero la elaboración de los laminados debe ser un buen negocio para el cliente y el proveedor. Así que… ¡placas nuevas!

Por eso mucha gente tiene registrado su coche en otras entidades, fuera de Coahuila, porque es más barato, porque el trámite no es tan a menudo o porque sencillamente no existe, ya que es un absurdo reemplazar una lámina por otra igual si, amén de un siniestro, son prácticamente eternas, de hecho pueden durar más que el vehículo y más que el mismo dueño del vehículo.

Pero nuestro Gobierno es un vendedor muy persuasivo y le embute un juego nuevo cada tres o cuatro años, aunque sus ganas serían de “replaquearlo” un año sí y el otro también.

“¡Es que las nuevas viene con dibujitos de priistas… digo, de dinosaurios!”.

Pero todo eso usted lo sabe de sobra. Lo raro es que no tengamos la capacidad de organizarnos para rechazar los onerosos y absurdos impuestos vehiculares que, para colmo, son un suplicio muy costoso en lo individual y en lo colectivo, gracias a la torpeza e ineptitud del recaudador.

El año podrá ser nuevo, e incluso feliz, pero los cobros y trámites y, sobre todo, los obsoletos estándares de eficiencia de nuestras dependencias, son muy del siglo pasado.

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