La manipulación y reiteración de acotados conceptos, mediáticamente circunscribe la realidad en base a intereses particulares, alterando la relevancia de los hechos. Las redes de comunicación predisponen a la opinión pública, dictaminador a priori de inocentes y culpables. Precisamente, es así como en la práctica el Ejecutivo determina los temas predominantes de la agenda nacional: Al célebre avión presidencial, “ostentoso avión, signo de la opulencia”, se le ha adjudicado relevante notoriedad mediática, emblema fehaciente de como en los regímenes neoliberales faraónicamente se “mal gobernaba, se le daba la espalda al pueblo, sobre todo a la gente humilde y los altos funcionarios vivían colmados de privilegios”.

El otrora promisorio joven líder mundial Emilio Lozoya, hoy testigo colaborador, coordinador de Vinculación Internacional en la campaña presidencial de Enrique Peña Nieto y luego director de Pemex, resultó ser el ungido para revelar los sobornos y tropelías a gran escala por y desde el poder, plataforma propia para maicear millonariamente a propios y ajenos. AMLO: “Si así lo decide la FGR, todos los involucrados en el caso Lozoya deberían de declarar, incluidos los expresidentes Enrique Peña Nieto y Felipe Calderón”. ¿Será que inocente es quien contrata al abogado más pre$tigiado?

Cada declaración relacionada con los efectos del coronavirus reviste la mayor responsabilidad, sin embargo, comprometedoras y arriesgadas frases presidenciales desorientan en cuanto a qué medidas asumir: “Se domó la pandemia”, “la curva se está aplanando”, “la pandemia está perdiendo fuerza”, pero el hecho es que hemos rondamos las 46 mil muertes por coronavirus y los  409 mil casos positivos confirmados.

El combate frontal a la corrupción es sin duda el fundamento principal del credo de la 4T, en casi cada mensaje presidencial se aborda el abuso neoliberal a cargo de delincuentes de cuello blanco que se sirvieron con el cucharón 36 años esquilmando a los de abajo. Es necesario convencer con hechos que en el presente régimen, quien la hace la paga, que efectivamente ya no es como antes. Hasta ahora persiste el recelo relativo a allegados presidenciales absueltos y en especial prevalece el repudio popular a la adjudicación directa de significativa parte de los contratos otorgados por esta administración.

Sin restarle relevancia a los temas aludidos, desconcierta la indiferencia oficial respecto a un punto crucial que cimbra la estabilidad: la profunda recesión económica —13 meses consecutivos sin crecimiento— agudizada por la pandemia de COVID-19  que al segundo trimestre del año, apenas de abril a junio, en un descenso  del PIB sin precedentes desplomó la economía mexicana 18.9 por ciento —datos del Inegi—, el hundimiento productivo más radical desde que hay registro a tasa anual desde enero 1994. La actividad industrial de enero a mayo 2020 registró una caída de -29.8 por ciento, la actividad manufacturera -33.7 por ciento, la construcción -36.7 por ciento, el comercio minorista -22.2 por ciento, alojamiento, restaurantes y bares -60.3 por ciento, esparcimiento, cultura y deportes -87.4 por ciento. Pemex acumuló una pérdida neta de enero a junio de 2020 de 606 mil 588 millones de pesos (2.3 millones por minuto) ascendiendo su deuda total a 2 billones 461 mil 400 millones de pesos, 24 por ciento más que en diciembre 2019.

Ciertamente, la magnitud de la recesión no tiene precedente en el México reciente, razón urgente para instaurar un acuerdo integral a favor de la reactivación. La cátedra financiera estima que aun considerando una recuperación económica en lo que resta del año, nuestra economía habrá de contraerse en 2020 en rangos del 12 por ciento, el doble de la caída de 1995.