Muy al contrario y muy al pesar de la oposición, la promesa que como candidato mejor le funcionó al hoy Presidente de México, no fue ninguno de los dislates proferidos durante sus 18 años de campaña.

Aunque insistan en que se trató de un voto de credulidad masivo para el macuspano, lo cierto es que cualquier sufragio para cualquier político de cualquier partido es un acto de ingenuidad.

Acusan que las promesas de Andrés Manuel López Obrador eran irreales, temerarias e irresponsables y que, deslumbrados por esa visión irreal, los votantes en masa se volcaron en las urnas para sufragar por Morena y su líder absoluto y plenipotenciario.

Votar por quien sea, por el partido que sea, es un acto de ingenuidad, al menos el hacerlo con base en la oferta de campaña. Todos hacen compromisos insostenibles y el que no reparte tarjetas con la promesa de una dote mensual a perpetuidad, nos asegura que es capaz de llevarnos, a lomo y de a uno en uno, hasta el Primer Mundo. Todos son un dechado de virtud capaz de repeler la corrupción con la pura luminosidad de su honrada presencia, todos están del lado de los ciudadanos y todos cuentan con la experiencia, el conocimiento y “el poder de la Fuerza”.

Así que tan ingenuo el que vota por el PT como el que vota por el PES. Y vale lo mismo para republicanos y demócratas en EU y similares urbi et orbi.

Ya con mucha madurez política, podemos a lo sumo decantarnos por una cierta corriente o matices de ideología en algún contendiente o divisa, confiando en que ello teñirá las directrices generales de su política en caso de resultar electo. Pero hasta allí.

Cada partido tiene militancia moderadamente pensante, seguidores ingenuos y otros más a conveniencia.

¿Qué pudo haber definido entonces la notable diferencia para el triunfo aplastante de AMLO? ¿Sería la promesa de bajar la gasolina?, ¿la de mantenernos a todos los izquierdosos gratis y sin trabajar de por vida?, ¿la promesa de regresar el Chocotorro a las tienditas?

Creo que la promesa que le valió a AMLO era la implícita, porque la explícita era tan pueril y absurda como la del que más. Me refiero a que supo distanciarse del grupo en el poder y antagonizar lo bastante como para que se le percibiera como un verdadero opositor, cosa que ninguno de los otros contendientes consiguió.

Entonces, la promesa implícita en su candidatura no era otra más que liberar a la administración pública de las fauces de la élite priista y la desarticulación de ésta como grupo hegemónico.

Y esa es en gran medida su deuda para con sus votantes y con la sociedad en general.

Se ha vuelto exasperante, empero, escucharlo referirse a la mafia del poder como un ente ubicuo, etéreo, omnipresente, pero imposible de señalar.

Sin rostro, sin nombres, ni apellidos, sería más bien como un error en la Matrix, no obstante, se suponía –se supone– que estábamos de corruptos hasta la madre

Uno es razonable y a sabiendas de que estamos iniciando el cuarto mes de gobierno, le daríamos de uno a dos años para demostrar que va en serio en la intención de desmantelar a esa mafia enquistada en el poder, cuya existencia ya era innegable desde antes de que don Andrés Manuel la agarrase como bandera.

Pero lejos de ver cualquier acción concreta contra los enemigos del “pueblo bueno”, lo que vemos es cómo la justicia sigue padeciendo la misma maldita atrofia que le ha caracterizado, por lo menos desde que yo tengo uso de razón.

Lo que nos atañe como coahuilenses es muy en concreto el caso Moreira. Pero el Presidente ha evitado cualquier pronunciamiento categórico al respecto, no obstante la situación financiera/administrativa de nuestra entidad es una de las más desaseadas de todo el País y no obstante los protagonistas de este desfalco masivo son investigados por la justicia en otros países.

Pero en vez de cooperar con estas pesquisas, la ley en México en tiempos de la “4T” las obstruye, tal y como habría ocurrido durante el sexenio de Enrique Peña Nieto.

Sin ir más lejos, tras la aprehensión de Jorge Torres López, exgobernador interino de transición entre los hampones Moreira I y II, un juez suspendió la orden para extraditarlo a Estados Unidos, donde tienen mucho interés en la sopa que este pájaro de cuenta pueda soltar.

Luego, la intentona frustrada de acomodar a Jesús Torres Charles como funcionario de Aduanas, no sabe uno ya si atribuirla a la inocencia, a la incompetencia o sencillamente a la complicidad de la referida “4T”.

Tampoco con el actual Gobernador de Coahuila, sucesor en todo sentido del moreirato –especialmente en esa facultad para enjuagar miles de millones de pesos– ha sabido, podido o querido guardar distancia el jefe del Pejecutivo. Antes, ha gozado del respaldo en sus iniciativas del predecesor, el hoy domesticado y muy dócil Rubén Moreira.

Finalmente, ahora que el gerente regional en Europa del cártel de los Zetas, apodado “El Mono” Muñoz, ha sido puesto a disposición de la autoridad texana para seguir tratando de agarrarle la forma a este chiquero, es pasmoso que nuestro Presidente haga mutis y no dedique ni un minuto de sus mañaneras a lo que, le repito, es lo que más nos interesa, atañe, compete, concierne, incumbe y afecta como vasallos de esta comarca.

Ya si los políticos prometen cualquier cosa, no veo por qué nosotros no podamos hacerlo. Y yo le prometo que, pese a los discurso y bonitas intenciones, si no se señala, persigue y castiga a la corrupción, si una autoridad extranjera se nos adelanta impartiendo justicia sobre nuestra propia corrupción, la “cuarta transformación” no será más que un anticipado, estrepitoso, lamentable, vergonzoso e indignante fracaso más para nuestra colección. Se lo garantizo y se lo firmo, señor Presidente.

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