¡Ya nada será igual! Es la frase que insistentemente se escucha y se reitera en todo el planeta, en los diarios, en los discursos de los líderes políticos, mesas de diálogo y filósofos, todos ofrecen sus pronósticos. En lo que parece haber un acuerdo casi unánime es que necesariamente entraremos al incremento universal del mundo digital sin escapatoria posible, el trabajo en casa es inevitable, como lo sigue siendo para las mujeres el cuidado del hogar, con todas sus implicaciones.

Se ha visto que uno de los efectos negativos del trabajo en casa es la injerencia de lo público en lo privado, es decir, los patrones ordenan y modifican la vida del trabajador extendiendo los horarios de trabajo, por lo que se debiera legislar sobre la digitalización laboral para impedir la sobreexplotación y los abusos.

El presidente francés, Emmanuel Macron, opina que la humanidad está ante un shock antropológico que cambiará la estructura del capitalismo y de la globalización; hay también quienes prevén cambios ya presentes como el reforzamiento de los sistemas autoritarios y las dictaduras, lo cierto es que ha sido el mismo ser humano quien aceleró su propia extinción y destruyó el planeta por la voracidad económica de los poderosos.

Quienes logren vencer esta pandemia se encontrarán ante la tremenda responsabilidad de la reconstrucción de una nueva sociedad y del planeta, lo cual no se logrará sin unidad y cohesión.

El COVID-19 podría ser la última estocada al neoliberalismo, el que ya se veía en estertores sobre todo en este siglo en el que el capital financiero que domina al mundo, ese uno por ciento que se queda con las ganancias del 99 por ciento de la humanidad, mostró que su especialidad es crear desigualdad y ha llegado a un límite, ahora sí estamos ante la posibilidad de un cambio sin retorno que trastoque el individualismo en solidaridad.

El malestar social y el miedo en la pospandemia, tras el confinamiento, habrá que trabajarlos para su ruptura y transformarlos en cooperación y empoderamiento ciudadano porque habrá que apelar a las visiones más lúcidas para afrontar la multitud de crisis por resolver: las del cambio climático, la ambiental, la de contaminación, la desigualdad social, la alimenticia, la de desempleo, la de salud, la descolonización, aunque todas están imbricadas; así podríamos seguir enumerándolas, localizándolas, aunque de poco sirve contarlas, lo mejor es pensar en soluciones integradas y concretas, impulsadas por una democracia social.

Las decisiones de hoy reconfigurarán la vida de las generaciones del futuro, por lo que es pertinente apelar a lo mejor que hasta ahora ha hecho la humanidad, no hay nada predeterminado, lo mejor y lo peor son alternativas elegibles y en gran medida estamos planteando hipótesis.

El coma en el que se encuentra la economía mundial es de congelación y el Estado vuelve a tomar un papel protagónico, en muchos casos vuelve el intervencionismo o el proteccionismo, no se puede decir que el capitalismo haya muerto, está aquí, en crisis, pero está, y seguro sobrevivirá al COVID-19, deslegitimado, es cierto, mas no se sabe qué rumbo tomará su reproducción. Hay indicios de que vamos hacia un nuevo mundo ideológico.

La correlación de fuerzas en esta coyuntura crítica –que no sabemos cuánto durará– deja ver que no necesariamente la crisis será una oportunidad venturosa, aunque si de ella aprenderemos mucho, nos revelará fortalezas y debilidades, descubriremos a los verdaderos líderes, los límites del sistema y quizá modifique las categorías con que interpretamos el mundo.

Rosa Esther Beltrán

Columna: Horizonte ciudadano