Aún cuando nadie desea formar parte de una situación trágica, rara vez invertimos el tiempo y los recursos necesarios para prevenir desastres

La voz popular advierte con sabiduría que “nadie experimenta en cabeza ajena”, pero la sentencia, más que ser un diagnóstico —acertado, por lo demás— contiene una invitación para que adoptemos la cultura de aprender de los errores cometidos por otros y procuremos no convertirnos en parte del continente que paga los costos de la imprevisión.

La invitación aplica para casi cualquier aspecto de la vida pública o privada, pero en el terreno colectivo existe un aspecto que resulta particularmente relevante mencionar y ése es el de la protección civil.

Y es que aún cuando nadie desea formar parte de una situación trágica, ni hace deliberadamente cosas para ponerse en peligro, lo cierto es que rara vez invertimos el tiempo y los recursos necesarios para prevenir los desastres o para disminuir sus probables impactos.

Porque no se trata solamente de evitar aquellas tragedias que sobrevienen por falta de previsión o por ignorar las advertencias, sino también de aprender de aquellos casos imprevistos que ponen de manifiesto las debilidades estructurales de la infraestructura que usamos para vivir.

El comentario viene al caso a propósito del reporte periodístico que publicamos en esta edición, relativo a los destrozos causados por el fuerte viento que azotó Saltillo en las últimas horas y que provocó daños sobre todo en la infraestructura eléctrica debido a la caída de árboles.

Los fuertes vientos que se registraron la noche del sábado y la mañana de ayer no pudieron ser previstos, por supuesto, y en ese sentido nada puede reprochárseles a las autoridades responsables de la protección civil, como no sea la reacción rápida frente a los hechos.

Sin embargo, dado el elevado número de árboles que fueron derribados por el viento sí podemos aprender del episodio tomando nota de las características de aquellos e indagando sobre las razones por las cuales no se mantuvieron en pie.

¿Se trataba de árboles viejos que sufrirían un colapso tarde o temprano? ¿Fueron los vientos —inusuales, desde luego— tan sólo el agente que precipitó un desenlace que de cualquier forma se registraría?

La respuesta a las preguntas anteriores es importante porque ello implicaría la diferencia entre la necesidad de adoptar medidas de prevención en relación con los árboles viejos que se encuentran en la ciudad o, simple y sencillamente, afirmar que nada pudo hacerse en este caso, ni podrá hacerse ante cualquier eventualidad futura.

La lógica invita en primera instancia a pensar que si hubo árboles que se mantuvieron en pie, los que fueron derribados tendrían alguna característica distinta y por ello no soportaron los vientos. Valdría la pena estar seguros de que no existen más ejemplares en las mismas circunstancias que, frente a un fenómeno similar en el futuro, podrían causar daños similares o peores a los ocurridos el pasado fin de semana.