Pronósticos van, pronósticos vienen. En materia política y social la “cuarta transformación” avanza aun sin una sólida estructura popular que la sostenga, sin embargo, en cuanto a economía se refiere aún falta mucho por recorrer.

Las decisiones económicas de coyuntura (como tasas de interés o recorte presupuestal) eventualmente observan resultados en el corto plazo, los de estrategias de política económica estructural se presentan en el mediano o largo plazos, pero inicialmente pueden presentarse señales para eventuales en algunos escenarios.

En los años ochenta del siglo pasado la economía mexicana ocupaba el octavo lugar mundial, ahora es número 15: el crecimiento se estancó, la riqueza se distribuyó de manera desigual reduciéndose la demanda agregada, se desmanteló la infraestructura productiva estatal, asimismo la deuda del Gobierno Federal representa considerable carga en costo y pago de intereses anuales (780 mil millones en este año).

Fincado en la lucha anticorrupción, el nuevo gobierno presupuestó reorientación de egresos, con reducción del gasto corriente e incremento de recursos a infraestructura productiva, elevación salarial y transferencias sociales directas para fortalecer el mercado, sin elevar cargas impositivas, además sin déficit fiscal, lo que no es aceptable para las calificadoras internacionales, como Standard and Poor’s y Fitch Ratings que proyectan el crecimiento económico de este año en 1.8 y 1.6%, respectivamente, menor que en tres décadas de modelo neoliberal.

Estas estrategias también llevan componente político que pasa por la confianza de inversionistas en mercados financieros y de manera directa, asimismo por resultados de corto y mediano plazos. Según la encuesta del Banco de México, los grupos empresariales del País también reducen el crecimiento anual a 1.64%.

Es natural que al inicio de un sexenio los “mercados” coloquen sus expectativas en función de la forma en que se operan las estrategias. Así, en términos anuales, en diciembre pasado la inversión en capital fijo se redujo en casi 7% y en todo el año sólo creció 0.6%, afectando al producto interno bruto de 2019 que se ubicó en 2%.

Según el Instituto Mexicanos del Seguro Social (IMSS), en dos meses el empleo se redujo en 35% respecto al mismo periodo del 2018, lo cual es resultado de la desaceleración económica local por el impacto de variables externas, como los desacuerdos arancelarios entre China y Estados Unidos, el nuevo acuerdo comercial de Norteamérica, los precios del petróleo reducidos –ahora en aumento, ubicado en más de 60 dólares el barril– y la misma desaceleración mundial.

Precisamente para generar confianza y sinergia, el pasado 18 de febrero, en alianza del Gobierno Federal con sectores privado y social, se presentó el Consejo para el Fomento a la Inversión, el Empleo y el Crecimiento Económico para dinamizar la economía y con esto reducir violencia e inseguridad; el 22 de marzo en la 89 Convención Bancaria llegaron a acuerdos en función de inclusión financiera y reducción de comisiones (y aún falta la reducción de tasas de interés crediticias).

Algunas señales a considerar: la inflación anualizada en enero se ubicó en 3%, en el mismo mes del año pasado fue 3.9%, dicho nivel de precios anual en febrero fue de 3.9, mientras que el año pasado fue de 5.45%; por otra parte, según la Asociación Nacional de Tiendas de Autoservicio y Departamentales (ANTAD), en febrero el consumo registró un aumentó en 3.3% y 7.8% a tasa anual. Es decir que la demanda interna inicialmente se ha incrementado sin presión inflacionaria. Aunque es temprano para pronosticar, estos datos son relativamente positivos.

Es previsible que el gasto federal en infraestructura productiva dinamice la economía, sobre todo en el sureste del País, y en este contexto se intensifica la discusión académica y política sobre los posibles efectos positivos del déficit fiscal calculado para impulsar el crecimiento.

Buenas intenciones aún. La confianza es aspecto importante para proyecciones económicas. El sexenio recién inicia.