Yo digo que en América se habla mejor español que en España. Para muestra un botón basta: nosotros decimos “tocino”, y los españoles dicen y escriben “beicon”. Hasta Doña Academia consagró semejante barbaridad, que es peor que barbarismo.

Los tres mayores gramáticos de la lengua castellana han sido “americanos”, como nos llaman en España a los de acá. Don Andrés Bello fue venezolano, don Rufino José Cuervo colombiano, y mexicano don Rafael Ángel de la Peña.

El país donde mejor español se habla es Colombia. Distinguen muy bien los colombianos, por ejemplo, entre “cártel” y “cartel”. En Albuquerque, Nuevo México, oí hablar un español muy parecido al de Cervantes. Estaba yo en una cantina, y dos señores empezaron a reñir. Le dijo el uno al otro:

-Id a joder a vuestra madre.

-Y vos a vuestro padre -contestó el otro-, si es que sabéis quién es.

Lo dicho: el Siglo de Oro.

España tomó muchas palabras de la Nueva España. La primera fue “canoa”, voz del arauaco, una lengua de las Lucayas que se ha perdido ya y nadie la ha encontrado. Colón llegó a América en 1492, el 12 de octubre. El 26 de ese mismo mes y año escribió en su diario la palabra “canoa”. Y lo que son las cosas: de “canoa” deriva “canotier”, nombre del sombrero de paja que usaban Chevalier y Pepe Catedrales. Ese sombrero usaban los gondoleros venecianos, de ahí su denominación. Seguramente jamás imaginó el famoso chansonnier francés que el nombre de su elegante prenda venía de una palabra usada por los indios salvajes.

Otro vocablo que América dio a España fue “papa”, el nombre del indispensable tubérculo pintado por Van Gogh. La papa, originaria del Perú, llegó ya tarde a España. Por primera vez su nombre aparece mencionado en 1540. Ya estaba en Europa la batata -Colón la llevó en uno de sus viajes- y por eso los españoles revolvieron la papa con la batata, y en España la papa acabó llamándose “patata”.

Leí hace poco la traducción que hizo Borges de “La metamorfosis” de Kafka, traducción seguramente como la de “La Ilíada”, que hizo don Alfonso Reyes sin saber ni papa de griego, tomándola de la muy bella traducción francesa hecha por Leconte de L’Isle. En su traslación de Kafka usa Borges “patata” en vez de “papa”. Eso me pareció claudicación, pues decir “patata” es incurrir en yerro fonético e histórico.

Cosas curiosas pasan en esto de la lengua. Al cilindro de arcilla terrosa, blanca, que se usa para escribir en el pizarrón nosotros le decimos “gis”, y los españoles lo llaman “tiza”. Pues bien: la palabra “gis” es de origen europeo -del latín gypsum-  y la voz “tiza” es de procedencia náhuatl, de tizatl, tierra blanca. En cuestión de gises andamos al revés.

Ya no se usa entre nosotros la palabra “papas”, así en plural, como sinónimo de “mentiras”. En el diccionario de la Academia aparece la palabra con esa acepción: “Tontería, vaciedad, paparrucha”. La hace derivar del latín pappa, comida para niños. “La papa” llaman las mamás al alimento de sus hijos. Al hacerlo están hablando en latín clásico.