Primera propuesta, señores candidatos a la Presidencia de la República

A los "precandidatos", en realidad "candidatos", a la Presidencia de la República:

¿Les faltan ideas reales que pueden tener un impacto real en la distribución de la riqueza, la seguridad nacional, la economía, el campo? Aquí les va una, y no es retórica ni populista. Es controversial, pero real, lo que me asombra es que, siendo tan obvia, nunca haya sido considerada por ninguno en sus discursos.
Déjenme explicarme…

Estados Unidos ha sido cuna y cripta de incontables hábitos, tendencias y modas. Su propaganda ideológica es tan efectiva que es internalizada por sus contrarios como contracultura y posteriormente exteriorizada como uniforme.

Qué mejor ejemplo que el de los pantalones de mezclilla. Vamos, ni el genial líder chino Mao Tse Tung consiguió igualar al pueblo chino de forma tan seductora. En cambio, la cultura estadounidense consiguió uniformar a los jóvenes del mundo, que desde hace décadas hicieron de los jeans y sudaderas símbolo de liberación y rebeldía.

Sus modas, propagadas a través de largometrajes seductores, nos vendieron las seductoras imágenes de bellas actrices dando una bocanada a sus cigarros, y a vaqueros y héroes de guerra manoseando un tabaco, sólo para que décadas después, impusieran una campaña sistemática en contra de las tabacaleras, que se convirtió en una cacería de brujas contra los fumadores.

A partir de entonces los fumadores se convirtieron en indeseables, mal vistos, parias de la sociedad. Política que de inmediato fue seguida por el resto del mundo occidental, incluyendo México, por supuesto.

Veletas que lleva el viento, sus valores son cambiantes como, por ejemplo, su posición respecto a la marihuana. Si hasta hace unos años era estigmatizada, y sus habitués eran tildados de desarraigados sociales, hippies o rebeldes sin causa, hoy ha perdido toda su mácula y se ha adoptado como forma de recreación aceptable hasta para los segmentos de población acomodados y "responsables".

Su aceptación es tal que hasta hoy 29 de los 50 estados, incluyendo la capital Washington DC, han legalizado el cannabis para uso recreacional de alguna forma.

Entretanto, en nuestro país fue necesario pelear en la justicia la posibilidad de utilizar el cannabis para uso medicinal; y después de ganar el derecho, enfrentar la paradoja de verse forzado a obtener un permiso de importación de la Comisión Federal para la Prevención contra Riesgos Sanitarios (Cofepris), porque el cultivo de la planta está prohibido por la Ley General de Salud —y por eso nuestras Fuerzas Armadas siguen matando campesinos que la siembran.

Mientras tanto, nuestros vecinos no pierden el tiempo y están aprovechando la oportunidad que representan los nuevos vientos. Llevan años desarrollando e invirtiendo en tecnología de punta, apoyados por el capital del que les nutre el competitivo y envidiable sistema financiero estadounidense.

Y no es en vano: de acuerdo con un estudio realizado por New Frontier Data, citado en el Reporte 2017 del Estado de la industria de la Cannabis del Business Times de EU, tan sólo en 2017, las ventas de marihuana en ese país ascendieron a 7 mil doscientos millones de dólares y se espera que para 2025, alcancen los 24 mil millones de dólares.

Mientras tanto, aquí en México seguimos con la guerrita en la que nos metió Estados Unidos, acumulando muertos por cientos de miles y sin poder usufructuar de la macro-industria agrícola del cannabis.

Ante ese escenario, ¿quién no se pregunta? ¿Por qué no contemplar un plan estratégico para el desarrollo de una política nacional de impulso de la agroindustria del cannabis?, ¿Por qué no competir en un mercado esperado de por lo menos 27 mil millones de dólares?

He ahí un tema de debate para los presidenciables, que trasciende a una mera discusión moralista. Es una discusión de política de Estado.

Y si Estados Unidos quiere guerra contra el narcotráfico, que esa nación la peleé: y si hay muertos, que no sean los nuestros.

La obligación de nuestro gobierno —sea el que sea o vaya a ser— es primero con los mexicanos. Por tanto, es un absoluto que, si en los mercados internacionales aparece una oportunidad floreciente en la que cómo país podemos participar con claras ventajas competitivas, es obligación de quienes nos gobiernan impulsar las condiciones para que México sea una súper potencia.

Si no fuera así ¿a quiénes sirven o servirán nuestros gobernantes al impedirlo?