La primera vez que escuché sobre el Cerdo de Babel estaba en tercero o cuarto semestre de la carrera cuando una amiga, Andrea Badillo, buscaba un espacio para exponer su obra. Era 2014 o 2015 y no recuerdo si ella logró exponer ahí, creo que sí.

Me llamó la atención desde el primer instante la sonoridad de su nombre: “Cerdo de Babel”. Tiene un quéséyo muy atractivo y desde entonces cada que volvía a mis oídos ponderaba sobre su origen o significado.

En 2016 —no estoy seguro, pero haré como que sí—, visité por primera vez la taberna del callejón Ocampo con unas amigas de la carrera. Fue al salir de la escuela, turno vespertino en la EAP, tras una jornada de trabajar entre las tintas, ácidos y solventes del taller de grabado —que tampoco estoy seguro si fue así, pero quería recordarlo—. El ambiente me agradó, la música también y una indio bien fría siempre es bienvenida, pero fueron las papas cerdo el primer manjar de su reducido pero bien cuidado menú lo que me hizo darme cuenta que estaba en un lugar especial. Tiempo después fue la torta.

Si, debió ser en ese año porque fue antes de que entrara a VANGUARDIA pero ya entrado en mis años universitarios pero fue precisamente en mi faceta como reportero cultural que comencé a apreciar mucho más todo lo que el Cerdo de Babel representa para la comunidad.

Siempre he asociado su nombre con un juego entre el animal asociado con la gula y la fiesta y la mítica torre donde la herejía fue castigada con la división, en un ente a la vez amante de la buena vida y de las diversas expresiones humanas y, curiosamente, aunque la duda persistió, por una u otra razón en mi cobertura de sus eventos nunca pregunté ni a Jero ni a Checo qué significaba.

Fue hasta hace unas semanas que me invitaron a participar en una pequeña pero especial publicación en el marco de su 15 aniversario, donde 27 autores, entre escritores, artistas, periodistas, chefs, cineastas, actores, cantantes, músicos, historiadores y hasta raperos con sus palabras se dieron a la tarea de darle un sentido al nombre porque, resulta, sus creadores se lo inventaron durante una peda.

Idóneo que tan emblemático recinto haya sido bautizado en medio de una borrachera, como un ejercicio de lluvia de ideas que terminó en algo que simplemente “sonaba chido”. Me río cada vez que lo pienso así porque si hay algo que caracteriza al Cerdo de Babel es su capacidad para quitarle las penas a cualquiera, alivianar tensiones, relajarse después de un día de trabajo, celebrar y crear. Yo creo que si hubiera estado más pensado, si hubiera sido producto de un estricto proceso de conceptualización, con objetivos y metas, este querido espacio sería uno muy diferente.

Y vaya que es querido, pues si en algo coincidimos los 27 participantes —y 8 artistas visuales— de la plaquette es en el cariño que le tenemos al Cerdo. Desde Ramiro Rivera quien encabeza la publicación con instrucciones para poder escribir sobre el origen y/o significado del nombre hasta Salvador Álvarez, quien la cierra haciendo de nuestro Babel el Babel de siempre, el reto contra un Dios que envidia la buena vida y ante cuyas artimañas los cerdos todo el tiempo salimos bien librados.

En el medio hay anécdotas como la de Arturo Villarreal, o canciones como la de Mabel Garza Blackaller. Hay referencias a autores de antaño en escritos que reescriben la historia o quienes nos inventamos un ser mítico o criptozoológico cuya existencia a veces se remonta hasta la antigua Babilonia, como lo hizo Christian García o Sylvia Georgina Estrada, o también Miguel Canseco, Héctor Zárate, Marcos Carrizales, Alejandra López-Fuentes o yo.

Hace cuatro o cinco años, sigo sin recordarlo bien, llegaron a mis oídos un nombre y un lugar de los que me declaro amigo y fan. A quince años de su creación —yo tenía 10, para poner en perspectiva las cosas a los que morbosamente nos provoca pensar en el paso del tiempo— al terminar de leer “¿Qué es un Cerdo de Babel?” sigo sin saber si su origen/significado es tal o cual, pero al igual que en “Pulp Fiction”, donde nunca descubrimos el contenido del maletín con la luz dorada, el viaje por el que nos lleva no deja de ser emocionante.

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