Cuando nos referimos al Poder Legislativo, estamos haciendo mención del poder más representativo de la ciudadanía, cuyos integrantes son electos directamente por el pueblo, reflejo de las distintas ideologías y concepciones políticas, ingrediente sustantivo de la democracia. Infortunadamente, en regímenes como el mexicano, este poder ha aceptado quedarse en el relego, aceptando el triste papel de sumisos del Poder Ejecutivo en turno, a quien han atribuido competencias que no le corresponden, en demérito de la propia democracia. Estas situaciones, entre otras, son el detonador de crisis de institucionalidad con las que se vulnera gravemente al Estado de Derecho. De ahí la importancia de contar con un Poder Legislativo fuerte, con representantes que defiendan las atribuciones propias del Poder Legislativo, dándole vigencia efectiva a la división de poderes, y cerrando así la posibilidad de la concentración del poder en manos del Ejecutivo.

Al grueso de los mexicanos tiene muy sin cuidado quienes conformen la Cámara de los diputados, por eso cuando hay elecciones para ese efecto, las desaíran. A más de tener la peor de las opiniones respecto a los diputados, a quienes tienen conceptuados como los haraganes e inútiles más grandes de la nación, a más de corruptos en grado superlativo. Aunque mucho de que lleguen especímenes de esa catadura se deba a la pobre participación de los mexicanos en los procesos eleccionarios, y como no hay segunda vuelta, pues estamos aviados. A todo esto se suma la falta de conocimiento de las funciones y facultades de los legisladores. La gente no sabe que se trata del poder del Estado del que depende en mucho la prosperidad de nuestro país, del gestor número uno del bien común, precisamente por las atribuciones que tiene. El bien común, tiene sus bases en los valores de la sociedad misma, pero es construido institucionalmente por el Poder Legislativo. Hacer las leyes es un atributo excepcional, ya que a través de ellas se regula la vida pública de una nación y los derechos y deberes de cada ciudadano. También tiene a su cargo el ser el contrapeso del Poder Ejecutivo, si cede estas facultades de normación y control, el Estado de derecho se colapsa y con él la seguridad jurídica, y entonces se genera el caos.

Para ser diputado, sólo son necesarias tres circunstancias: 1.- Mucho amor a la patria. 2.- Regular talento. 3.- Firmeza de carácter”.
José Joaquín Fernández de Lizardi

En el seno del Legislativo conviven todas las voces de México, ahí se escuchan, por eso es tan relevante la presencia de las minorías, por ello no es válido proponer la desaparición de los diputados de representación proporcional. En una de las democracias más consolidadas del mundo, como es la alemana, prevalece la existencia de estos diputados. El protagonismo de la función legislativa se construye con discursos puntuales, con respeto entre compañeros, con trabajo a conciencia en el seno de las comisiones, que es donde se discuten las iniciativas de ley, de reforma a las mismas en su caso, antes de pasar al pleno, y también con moderación e inteligencia de la oposición. La oposición tiene un papel sustantivo en la función legislativa, toda vez que impide la concentración del poder y con ello da fe de que existe vida democrática.

Es importante subrayar, que quien aspire al cargo de diputado debe de tener un buen nivel académico, no por pose ni por arrogancia, sino porque el trabajo que ahí va a desempeñar, en caso de llegar, lo requiere, al margen de que tenga asesores. Y también se necesita humildad, mucha humildad, cordura, espíritu de servicio, y saber escuchar. Son ingredientes sine qua non para el dialogo y para que a través de este transiten los consensos y los acuerdos, tarea primordial de un legislador. Asimismo, son tiempos para exigir a los partidos políticos que elijan con cuidado a quienes van a darles su aval para presentarlos como aspirantes a un cargo público, no se vale llevar a personas que no tengan el perfil idóneo, porque eso también es corrupción; y por otra parte, demandar a la ciudadanía que ejerzan su derecho al sufragio con responsabilidad, sin que medien prebendas, sin condicionamientos, en entera libertad y de manera razonada y consciente para elegir al más apto.