El amor, la solidaridad, la compasión, la fraternidad, la generosidad y el altruismo son el arsenal para alcanzar el destino

Independientemente de cuáles sean nuestras creencias personales, la Navidad se presenta, por regla general, como la oportunidad para recrear la mejor parte de nosotros mismos y para construir, reforzar o restañar los lazos que nos unen con el resto de las personas. Se trata de una oportunidad magnífica que nadie debiera desaprovechar.

Y es que siendo, como lo somos, seres sociales, los humanos estamos naturalmente impelidos a construir una comunidad, a plantearnos la aventura de vivir a partir de crear un balance adecuado entre nuestras aspiraciones y sueños personales y aquellas que compartimos con los demás.

En el terreno personal se ubica la profesión, oficio o actividad a la cual deseamos dedicarnos, así como el sostenimiento y la construcción de un conjunto de lazos familiares y afectivos con aquellas personas con las cuales convivimos cotidianamente.

En el plano colectivo se encuentra la búsqueda de un entorno seguro, de reglas claras de convivencia y del establecimiento de un sentido de la solidaridad que nos conduzca a la construcción de sociedades más justas e igualitarias, en las cuales todos podamos crecer y desarrollados de acuerdo con nuestras personales aspiraciones y capacidades.

Pero la construcción de esta realidad es imposible si no la emprendemos a partir de las mejores características que compartimos todos los seres humanos; si no la concebimos desde la esencia misma de nuestra naturaleza, es decir, desde la perspectiva de los sentimientos más nobles.

El amor, la solidaridad, la compasión, la fraternidad, la generosidad y el altruismo constituyen el arsenal de instrumentos con los cuales la humanidad puede -y debe- alcanzar su destino, un destino que no puede ser sino luminoso y espiritualmente elevado.

La celeridad de la vida cotidiana suela apartarnos de esta ruta y conducirnos -muchas veces sin darnos cuenta- en la dirección contraria. Cuando perdemos el rumbo desandamos pasos y demolemos un poco el camino que las generaciones precedentes han venido construyendo.

La pausa que acostumbramos hacer con motivo de las fiestas decembrinas nos brinda la oportunidad de disminuir la velocidad, serenar el espíritu, aclarar la visión y recuperar el norte.

Hoy, tras la reunión familiar que tradicionalmente realizamos en Nochebuena, tenemos una ocasión magnífica para reflexionar sobre la forma en la cual nuestros actos cotidianos, además de acercarnos a la conquista de nuestras personales aspiraciones, contribuye a la construcción de una mejor realidad colectiva en la cual la justicia sea elemento central.

En VANGUARDIA deseamos que este día sea de paz y buenaventura y que la Navidad de este año se constituya en el pretexto perfecto para que todos nos dispongamos, en los 12 meses por venir, a contribuir con nuestros actos cotidianos a la construcción de un mundo sin exclusiones ni excluidos.