Para los antiguos mexicanos, la muerte era el comienzo de un viaje hacia un lugar llamado Mictlán, considerado como el reino de los muertos o inframundo.

El viaje al Mictlán duraba cuatro días, tras los cuales los viajeros llegaban ante Mictlantecuhtli (El Señor de los Muertos) a quien le ofrecían obsequios. 

Posteriormente, las almas eran enviadas a una de las nueve regiones donde permanecían un periodo de prueba que duraba cuatro años, antes de llegar a la morada de su eterno descanso, conocida como “obsidiana de los muertos”.

Para llegar al Mictlán era necesario cruzar un río llamado Chiconahuapan; en dicha travesía las almas contaban con la ayuda de un perro.

En su libro “Muerte a filo de obsidiana. Los nahuas frente a la muerte”, el arqueólogo e investigador emérito del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Eduardo Matos Moctezuma, recupera una narración de Mixquic, uno de los poblados de la Ciudad de México en los que se da cuenta del papel de los perros en el festejo de Día de Muertos.

“Mi madre estaba ya anciana, tenía como 70 años cuando murió. Le dimos todos los servicios y la teníamos en el ataúd cuando empezó a respirar y despertó echando espuma por nariz y boca. 

Le atendimos cuando pidió café y un cigarro. Luego platicó que sintió cómo se desprendió el cuerpo y fue con su misma figura rumbo a un río muy grande con aguas revueltas y terrosas. 

Ahí estaba el perro que había muchas veces corrido de su casa, flaco y hambriento. El perro la miró despectivamente y no se movió: ‘Perro –le dijo-, llévame al otro lado porque estoy muerta’. El perro la miró despectivamente y le dijo: ‘¿Quieres que te lleve al otro lado? ¿Acaso me diste comida, agua, dulces? ¿No me pateabas, me bañabas con agua caliente de tu ropa sucia? ¿Qué te hacía para que en vida te portaras tan mal conmigo? No te puedo llevar, fuiste mala conmigo, te quedas a vagar por ahí en tu barrio, a caminar por las chinampas, alma en pena serás’. 

Entonces mi madre respiró profundo y volteó para atrás, su cuerpo se enfriaba pero aún le llegaba el olor del café y de los tamales, y pensó: ‘Si huelo el café y los tamales es porque soy ánima, pero si el perro no me pasa y mi cuerpo se enfría seré un cuerpo en pena y mis familiares se disgustarán’.

Entonces se revolcó en la tierra y vio a Jesucristo y a San Andrecito y en eso estaba cuando despertó con mucha espuma. Luego nos dijo ‘No maltraten a los perros, porque los necesitarán’”. 

En resumen, estos fieles animales son considerados guías que ayudan a las almas a alcanzar su lugar de descanso final.
Les presento a Max, él es sociable, divertido y educado. Está buscando que una familia que le abra su corazón para ser su fiel protector y amigo. Adóptalo.

Recuerda
“La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados según la forma en que tratan a sus animales”
Mahatma Gandhi.

Diana Mendoza Tamez.

BRIGADA RESCATE
Día de Muertos