En la era del cuerpo líquido, nuestra corporeidad dejará de pertenecernos y nosotros dejaremos de ser quienes éramos.

La pérdida de la privacidad es una realidad. No sólo la observamos y padecemos, la estimulamos. Las redes la fomentan y quienes la usan, refrendan su Poder, tras rendirse, sin preguntar, sin dudar, a sus pies. Bien dice Evgeny Morozov, “Facebook no es gratis. Lo pagas con tu identidad”. 

El cuerpo también es blanco del Poder. Basta escuchar la televisión o leer la prensa: incontables son las noticias y ofertas para mejorarlo. Elongar el pene, evitar la caída del cabello, prolongar la vida (sin las humillaciones propias de la vejez), evitar la eyaculación precoz y eliminar la grasa son, dentro de una miríada de propuestas, algunas posibilidades “a la mano”. Crear diseños ad hoc es la meta: dependen de la imagen corporal de cada quien, de sus necesidades de encontrar en su cuerpo, y no en sus haberes intelectuales, humanos o éticos, su tarjeta de presentación y su modus vivendi. 

Gracias al cuerpo, se pertenece o no, se es o no se es. Mucho esta en juego: el cuerpo como casa, como morada, se encuentra amenazado: no seguir las pautas sociales y las demandas visuales es relegarse. Tatuajes, perforaciones con anillos de todos tipos y en (casi) todo el cuerpo, acceso a prótesis mamarias en jovencitas que aún no han amamantado, son necesidades creadas por el mercado. Ser o no ser sigue siendo la cuestión. En tiempos donde la cultura visual define quién es y quién no es —ser o no ser—, alejarse de las ofertas antes mencionadas, sobre todo cuando se es joven, impide integrarse al torrente de la vida. 

Quienes no lo hacen, quienes no copian los estereotipos dominantes, sufren bullying, acoso e intimidación, conductas que, dicho sea de paso, son parte de las nuevas políticas corporales. Apenarse por el cuerpo, de acuerdo a las reglas del mercado, es, sotto voce, el mensaje: o se siguen las pautas para lograr un cuerpo adecuado, o se es objeto de discriminación. Las lecciones paternas, escolares o religiosas sucumben frente a las cátedras corporales ejercidas desde el Poder. 

De entrada, la posibilidad de acceder a las promesas para modificar el cuerpo, la mayoría no éticas, divide a la población entre quienes pueden hacerlo por motivos económicos y quienes sólo son observadores pasivos. En ese tamiz, la globalización, como en otras instancias, expone las profundas desigualdades económicas. El cuerpo es sujeto de múltiples intromisiones externas. Las industrias dietética, alimentaria, farmacéutica y cosmética actúan, casi sincrónicamente, para modificar el cuerpo. Acceden a ellas, con más facilidad, quienes tienen dinero. 

Al cuerpo se le explota comercialmente y a la persona se le impide habitarlo tal como es; se le ordena modificarlo para no ser marginado. Pronto, emulando la liquidez del tiempo, del amor, y de la persona, de los cuales nos habla el sociólogo Zygmunt Bauman, entraremos en la era del cuerpo líquido, es decir, de la casa que fue nuestra casa y ahora se diluye y escapa. En la era del cuerpo líquido, nuestra corporeidad dejará de pertenecernos y nosotros dejaremos de ser quienes éramos. La explotación comercial del cuerpo no cejará, aumentará. ¿Por qué dejar de vender y modificar si es redituable y si no hay adversario al frente? 

El cuerpo líquido presagia una nueva relación entre seres humanos y Poder: los primeros seguirán alineándose mientras el segundo continuará creando nuevos artilugios para cimentar sus dictados. Los hacedores de la necesidad de habitar un nuevo cuerpo saben bien que la ansiedad corporal agobia tanto como la ansiedad emocional: ¿por qué no explotarla si es, en todos los sentidos, fuente de dinero? El poder del Poder es incuestionable: han triunfado, han conseguido que vastos sectores de la sociedad experimenten el cuerpo como una amenaza y no como morada natural. La política de quienes procuran hacer del cuerpo de carne y huesos un cuerpo líquido es brutal; millonarias, imposibles de cuantificar, son las ganancias de las industrias alimentaria y cosmética, y de la cirugía plástica. 

Hemos perdido. Nuestro cuerpo, poco a poco, nos pertenece y satisface menos. Hemos dejado de habitarlo. Restaurar el cuerpo es urgente. El problema es cómo conseguirlo. Estamos en la era del cuerpo líquido. 

Notas insomnes. Modificar, cambiar la idea del cuerpo reditúa. Transformarlo y vender artilugios ad nausaem es, entre muchas otras, apuesta del Poder.