Sara Aldrete fue detenida en 1989 y acusada de formar parte de una banda de narcotraficantes que realizaba sacrificios humanos como parte de sus ritos; hoy pide su libertad

Sara María Aldrete Villareal, “La Narcosatánica”, pidió a la justicia federal su libertad bajo alguna de las nuevas medidas de seguridad previstas en las normas vigentes de las leyes mexicanas.

Después de 31 años en prisión, la tamaulipeca presentó- a través de su defensa- una solicitud de medida de seguridad no privativa de libertad, pues le permite sustituir los 19 años que le restan a su condena por delitos contra la salud y homicidio.

Su petición fue entregada a Rolando Fimbres, Juez segundo de Distrito en Procesos Penales Federales Tamaulipas.

Todo lo anterior se realizó con base al Código Penal Federal que prevé 18 penas o medidas de seguridad para quienes incurran en un delito. En el caso de Sara se aspiraría a la vigilancia de la autoridad y la colocación de dispositivos de localización y vigilancia.

Cabe recordar que el 6 de mayo de 1989, Aldrete fue detenida en la Ciudad de México y estuvo en el Reclusorio Oriente, la penitenciaría de Santa Martha Acatitla y un penal de Baja California.

No obstante, al día de hoy se encuentra internada en el Penal Femenil de Tepepan, en Xochimilco. Fue condenada a 62 años de cárcel, pero tiempo después fue fijado en 50 años.

Sara María Aldrete Villareal, “La Narcosatánica”, pidió a la justicia federal su libertad bajo alguna de las nuevas medidas de seguridad previstas en las normas vigentes de las leyes mexicanas. Foto: Tomada de Internet

Los narcosatánicos

El caso salió a la luz en abril de 1989 luego de que David Serna, uno de los integrantes de la banda, fuera detenido en un operativo de rutina de la Policía Federal, quienes encontraron en su vehículo droga y un extraño caldero (una olla grande) con restos de sangre, corazones, partes de columnas vertebrales, que eran parte del cuerpo del estudiante norteamericano Mark Kilroy, reportado como desaparecido mientras realizaba un viaje a México.

Serna dio pistas sobre la ubicación de la banda que operaba en el rancho Santa Elena, en Tamaulipas, a unos kilómetros de la frontera con Estados Unidos, donde la policía encontró enterrados los cuerpos mutilados de 13 víctimas a las que les habían sacado el corazón, el cerebro y partes de la columna vertebral que utilizaban para preparar un brebaje que usaban durante sus ceremonias de santería, al que también añadían sangre, ajos y tortugas asadas, según los informes policiacos.

 La policía encontró los cuerpos de 13 víctimas a las que les habían sacado el corazón, el cerebro y partes de la columna vertebral que utilizaban para preparar un brebaje al que añadían sangre, ajos y tortugas asadas
Constanzo hacia creer a sus seguidores que con el consumo de este brebaje podrían adquirir poderes extraordinarios, como el ser invisibles.

"El Padrino", Sara -en aquel entonces una estudiante de antropología de 28 años- y otros integrantes de la banda lograron huir.

El centro de las acusaciones

Después de tres semanas prófugos, las autoridades lograron interceptarlos gracias a una carta de auxilio enviada por Sara en la que afirmaba que era rehén y que temía por su vida.

Los prófugos se encontraban escondidos en un departamento de la céntrica colonia Cuauhtémoc en la capital de la país, su localización dio lugar a uno de los capítulos policiacos más memorables en la historia de México.

Los policías fueron recibidos por la banda con una lluvia de dólares y tiros de AK 47 que duraron aproximadamente 45 minutos. Ante su imposibilidad de escapar, Constanzo pidió a uno de sus seguidores que le disparara. Una vez que aquel lo mató, se suicidó. Otros, creyendo que eran invisibles, salieron del apartamento creyendo que podían escaparse sin problemas, pero fueron abatidos por las balas.

"Ellos estaban vivos cuando yo abandoné el departamento. Los mataron en la detención. Tal vez la verdad nunca se sepa", escribió Sara en el libro Me dicen la Narcosatánica, cuya presentación realizó desde la cárcel.

Ella fue la única sobreviviente del tiroteo. Tras su captura fue presentada como integrante de la banda, cuya responsabilidad era reclutar a nuevos miembros y formar parte de los rituales organizados por "El Padrino".

Entonces era una joven de clase media alta con estudios universitarios, que dominaba el idioma inglés.

Fue acusada de encubrimiento, homicidio y asociación delictuosa. La policía logró capturar a otros dos integrantes de la banda en distintos lugares. Uno logró huir de prisión y otro murió meses después. Sara fue la única condenada.

La verdad de Sara

En entrevistas realizadas en distintas épocas, una de ellas en 1992 por la cadena estadounidense Univisión, narró el infierno que vivió tras de su detención. No solo fue conocida públicamente como integrante de un culto satánico sino que también fue víctima de abusos sexuales múltiples que la dejaron incapacitada para ser madre. En múltiples ocasiones la colgaban de las esposas "como piñata" para intentar obtener su confesión, le colocaban bolsas en la cabeza para quitarle la respiración.

Permaneció días desnuda dentro de una celda donde tampoco recibía alimento.

A pesar de ser sometida a estos castigos, siempre ha sostenido la versión de que nunca sospechó que Adolfo fuera la persona que dice la policía. Admite que era su amigo, pero que ella sólo participó en una de sus ceremonias como parte de los estudios universitarios de Antropología que realizaba a finales de los ochenta.

"En una de las sesiones de tortura, los agentes me preguntaron por el paradero de dos ex agentes federales, un tal Joaquín, y otro que no recuerdo su nombre. Me indicaron, entre golpe y golpe, que debería decir que la guardia personal de Adolfo los había recogido en el aeropuerto de Matamoros y los había llevado a la casita, donde los sacrificaron por órdenes de Adolfo", señala en otra parte de su libro.

En entrevista con Univisión señaló que las autoridades habían destruido evidencia que era valiosa para la investigación, como la choza en la que presuntamente torturaban a sus víctimas, que fue quemada por la policía cuando entró al rancho.

"Yo no voy a destruir una evidencia buena, no me conviene hacerlo", dijo en esa entrevista hace 25 años.

De los tres cargos que la acusaron sólo fue encontrada responsable de encubrimiento. Las autoridades redujeron su pena de 647 años de cárcel a 50 de los cuáles ya cumplió 28.

Con los años, Sara logró ganarse el afecto de sus compañeros de reclusión a través de acciones como pagar fianzas mínimas de mujeres de pocos recursos. Además de la publicación de su libro, ha colaborado con Argos –casa productora de narco series como El Señor de los Cielos y El Chema– en el guión para la serie Capadocia de HBO, que tiene como temática una cárcel de mujeres.

La película Perdita Durango, del director español Alex de la Iglesia y protagonizada por Javier Bardem, es una adaptación de la historia de los narco satánicos.

Sara, ahora de 54 años, está lejos del ojo público desde 2011 cuando fue trasladada del penal de Santa Martha Acatitla, en la Ciudad de México, a una cárcel en Baja California, al Norte del país y ahora busca su libertad.

Con información de Radio Fórmula e Infobae