Seguridad. La calle Padre Flores es una de las pocas que da lugar al peatón. / Orlando Sifuentes
Una de las calles más caóticas y referentes de la ciudad lleva su nombre.

El 20 de septiembre de 1889 murió uno de los tantos personajes que constituyen la esencia de la ciudad: El padre Manuel Flores Gaona, hombre generoso que llevó a la acción los mandatos de su fe. Ahora, una de las calles más caóticas y referentes de la ciudad lleva su nombre. 

El presbítero don Manuel Flores Gaona fue sacerdote y educador. Nació en Saltillo en 1821. Logró en 1853 el establecimiento del Colegio Josefino, una de las primeras instituciones educativas de Saltillo, en el antiguo Colegio Franciscano, el cual dirigió y mantuvo con ayuda de algunas personas con poder adquisitivo en la ciudad, y también con sus propios recursos. 

“Era una personas muy generosa. Se cuenta que en una ocasión estaba sentado en consulta con un médico, y por la ventana pasó un indigente y le pidió dinero para ayudar a un familiar enfermo, entonces el padre Flores se quitó la camisa y la regaló, para que la vendiera o hiciera uso de ella. Prácticamente se desprendía de todo lo que tenía. Evidentemente es un personaje muy olvidado por la historia local”, cuenta el historiador Carlos Recio.    

Hay muy poca información sobre el este personaje, pero la calle es uno de los puntos más transitados en la ciudad. Se inauguró en 1899, 10 años después de la muerte. Inmediatamente le pusieron su nombre pues era muy popular entre las personas.  

PASAJE PEATONAL 
Las calles son cicatrices del tiempo y en su nombre tal vez lleven enmienda. Al caminar sobre la materia sucia, propia de las urbes, se observan rezagos de una calle transitada las 24 horas.

Son varias las personas que dan vida a la calle y viven de ella. Al entrar por Pérez Treviño, justo a un costado del mercado Juárez, con una especie de sombrero de marinero, boleando zapatos y con poliomielitis en la pierna izquierda, se encuentra Raymundo Arredondo García, que al preguntarle cuanto lleva trabajando en el lugar, contestó:

“Yo no trabajo, me vengo a sentar (…) A ver si cae el jale, si no, me espero. Gracias a Dios tengo 40 años sobreviviendo aquí, gracias a Dios y a la ciudadanía. Ya todos fallecieron de los que empezaron a bolear. Tengo 81 años y los días se me han ido así”, tronó los dedos.

Peatonal. Pintoresca, quizá la calle más representativa de Saltillo es esta arteria, donde conviven boleros, taqueros, prostitutas, artesanos y hasta religiosos.
Era una personas muy generosa (...) evidentemente es un personaje muy olvidado por la historia local”
Carlos Recio, historiador

“Yo no sé quién es el Padre Flores. Sabrá Dios qué habrá hecho en el templo”, dice. 

Al caminar cuesta arriba, el olor de la fruta y los orines se mezclan con más de una decena de boleros trabajando, y camisas vaqueras y sillas para montar exhibiéndose. San Judas de yeso y piolines trastocan las fachadas de los negocios de casi un siglo de antigüedad.

Llegamos con “El Campeón” en la calle de Aldama esquina con nuestra calle protagonista, a un costado del Teatro García Carillo. De ojos borrados (azules), y con vendas en las manos que se pone para poder trabajar el helado y la cajeta, se encontraba en su puesto luciendo un sombrero vaquero.

La familia de “El Campeón” viene de un ejido de General Cepeda y se dedicaba al campo. Ya antes que él, su papá vendía conos en la misma esquina. Su nombre es Gonzalo Cortes Aguirre y lleva 40 años en el oficio. 

“Me dicen ‘El Campeón’ porque soy de los primeros que acaban de vender su mercancía”, lo menciona mientras a las 09:00 de la mañana ya tiene una fila larga esperando a comprar. “Llego a esta hora y me voy a las tres o cuatro. He mantenido a 7 hijos: 5 hombres y 2 mujeres”, dijo mientras atendía a sus clientes. “No, la verdad no sé quién sea el Padre Flores. Sólo sé que se llama así por el anuncio ése”, señala hacia el letrero de la calle.      

Es lunes por la mañana y las personas van con papeles “importantes” bajo el brazo. Visten uniformes. Miran el celular. El aroma a grasa para bolear predomina. Varios mendigos piden ayuda en las jardineras, bajo los pocos árboles que hay en la zona.   

Al llegar a un costado del templo San Esteban, hay otro de los personajes emblemáticos: Antonio Martínez “La Bola”, que ha mantenido a 10 hijos trabajando como voceador y lleva 60 años en el oficio. El Estado editó un libro con su biografía. Narra cómo ha sido uno de los voceadores con más antigüedad de Saltillo.  

“¡Quien no conozca La Bola, no conoce Saltillo!”, dijo en entrevista. “La Bola” es exmarino y tampoco sabe quién es el Padre Flores. Nuestro entrevistado lleva ese apodo porque su hermano mayor tenía una bola grande en la cabeza, y a él le decían La Bolilla.  

Aparte de heredar el apodo también heredó el oficio de su hermano, pero la “tomadera” le ganó y don Antonio siguió repartiendo información.  

Nos despedimos de “La Bola”, quién nos regaló su libro. Salimos a la calle Victoria, para esperar el camión en la calle de Hidalgo.

Christian Martínez

A los 25 años fundó su revista cultura independiente “La Negra Plata” proyecto ganador del PACM y C y publicó su primer libro literario a los 27, titulado “Crónica de un Salto”. Actualmente cubre las fuentes relacionadas con el Sistemas de Salud y sus variantes, las diversas manifestaciones religiosas que hay en la región  y el consumo de drogas entre la población. Lleva trabajando como reportero 3 años. Es licenciado en Letras Españolas y de Administración de Empresas por la Universidad Autónoma de Coahuila.