Es muy importante aclarar lo que se supone que es un “debate”. Generalmente se interpreta como una discusión con reglas y argumentos racionales sobre un tema específico. Ésta es la teoría, pero ¿para qué sirve un debate? ¿O a quién le sirve un debate? La respuesta a estas preguntas normalmente es confusa en cualquier debate sobre religión, deporte o, principalmente, sobre política entre candidatos a un puesto público donde los intereses personales seleccionan los argumentos y las denuncias.

Aparentemente los debates entre Donald Trump y Hillary Clinton fueron para confrontar su visión sobre los principales problemas que enfrenta el pueblo norteamericano y los proyectos de cada uno para resolverlos. 

Sin embargo, esos debates no fueron unas presentaciones tan escépticas e inofensivas como el agua oxigenada. Incluyeron atacar y desenmascarar las mentiras vestidas de honestas ideas, las propuestas “desinteresadas” y los programas utópicos del oponente. Tuvieron prioridad –y eran los más esperados por unos espectadores de ring side– los argumentos que más deterioraban la imagen y confiablidad del adversario, derivados de su historia personal. La fuerza de esos argumentos consiste en que si se convence al auditorio de que él o la rival ha tenido graves deslices sobre todo en el campo de la moral económica, sexual, política o administrativa, entonces se derrumba todo el potencial político que requiere para ser elegido.

Los equipos de Trump y Clinton hicieron una muy minuciosa investigación para acumular estos argumentos. Durante los debates, ambos “honorables contendientes” los dispararon con sonrisas y dedos amenazadores. Surgieron los correos de Hillary y las frases y actividades misóginas de Trump, mezclados con otros señalamientos que sí eran realmente trascendentes como la defensa del ser humano ante lo aborto, el conflicto entre el humanismo de la emigración y el desempleo, la persecución o complicidad del narcotráfico y su mercado en EU.

En esos debates, los moderadores no son árbitros para alzar la mano del ganador como si fuera una pelea de box. Sin embargo, por curiosidad o costumbre, todo mundo explora los titulares de los periódicos y los comentaristas de Radio y TV para saber quién ganó. Esto se debe porque, a fin de cuentas, los debates son “para ganar”.

¿Ganar qué? La respuesta es muy simple: ganar votos. Un debate es una de las tantas estrategias para conseguir votos. Pero quizás es la más inteligible para los ciudadanos. La que descubre las luces y sombras, la honestidad y engaño de los candidatos, la madurez de liderazgo y congruencia entre sus valores genuinos, la autonomía y compromiso para administrar el bien y la cultura de los que pagan los impuestos. En una palabra, para discriminar a los mentirosos de los honestos.

A la luz de estas consideraciones nos podemos preguntar ¿por qué Donald Trump sigue apareciendo con el mismo 40 por ciento de votos a su favor? ¿Los debates no sirvieron para demolerlo como se había profetizado desde que se inició como candidato? Los ataques personales no le han hecho mella y sus millones de votantes mantienen su voto. ¿No será porque los ciudadanos que votan por él encuentran en su propuesta algo real y diferente al discurso oficial de los políticos americanos que derrumba el mito de la equidad y honestidad democrática? Para ellos el american dream sigue siendo un sueño para los “indignados”, los pobres y “los descartados”. Donald Trump no es un santo de mi devoción, pero parece ser honesto al denunciar las contradicciones en la verdad y justicia social del ejercicio político que pretende cuidar a los seres humanos cuando su prioridad es la codicia y el dinero. In Gold we trust.