Lo que usted leerá a continuación es una pequeña selección de temas que le permitirán observar un poco más de cerca lo que fuimos y lo que somos. Un remanso de paz para relajarse en medio de la vorágine —y varias maneras de expresar cómo es que nos vamos de este mundo.
1
El valor de un amigo
A veces sucede que algunos de nuestros amigos permanecen casi olvidados. No han muerto, ni se encuentran incomunicados, ni viven en lugares remotos ni han sido ingresados en un hospital psiquiátrico. Esos amigos entran y salen de nuestra memoria, se agudiza su recuerdo de vez en cuando y apuntamos su nombre en la agenda para llamarlos más tarde. Sin embargo, no les telefoneamos. No puede decirse que se están borrando de nuestras vidas. Más bien han quedado en ella como figuras paralizadas que no ganan ni pierden visibilidad. Esos amigos parecen estar en el standby de nuestra memoria. ¿Por qué no los buscamos y conversamos con ellos? ¿Qué circuito cerebral propicia la prolongación de este silencio? ¿Por qué la indolencia ha ido creciendo entre nosotros y ellos? Es en verdad extraño, es como si cada quien estuviera atento a que un incidente inesperado alterara el curso de la vida y nos pusiera de nuevo el uno frente al otro.
2
Los vericuetos del dolor
El dolor fue el eje de la sociedad que vivió en la primera mitad del siglo pasado. Mediante el dolor se obtenía la salvación del alma. ‘Hay que sufrir para merecer’, rezaba un decir popular. Y por el dolor se accedía incluso al saber: ‘la letra con sangre entra’, era el mantra de los pedagogos. Por el dolor que suponía realizar el trabajo cotidiano, se llegaba a obtener lo necesario para sobrevivir. De hecho, la palabra ‘trabajo’ deriva de ‘tripallum’, un instrumento de tortura. El trabajo, pues, era sinónimo de ‘sufrimiento’ y ‘dolor’. El pan, que habría de ganarse ‘con el sudor de la frente’, también involucraba una expresión de castigo. Y por el dolor uno sabía si le amaban de verdad (‘quien más te quiere te hará sufrir’, rezaba otra sentencia). Según el mandato divino las madres debían ‘parir a sus hijos con dolor’. Y, en general, nada poseía valor si no procedía del esfuerzo, del sufrimiento o del sacrificio. De hecho, en los primeros tiempos, el dolor del martirio creó santos a granel. Pero todo eso quedó atrás. Hemos logrado cambiar el eje del dolor por el eje del placer. Ahora lo que impera es la satisfacción inmediata y el acceso al Paraíso sin la necesidad de pasar por el fuego de la purificación.
3
El sueño del anciano
En la ancianidad, la vida se acumula sobre la vida ya vivida, y los sueños se nutren de lo ya soñado. Y, a la manera de lo que sucede con los espejos despostillados que interrumpen la imagen, el sueño discontinuo de los viejos da cuenta de los irremediables desgastes que ha producido la existencia. Se trata, en suma, de una injusticia nocturna, porque podría esperarse que estando el anciano cada vez más cerca del sueño eterno, el sueño diario fuese cada vez más propenso a incrementar su profundidad. Pero sucede todo lo contrario. El sueño del anciano tiende a hacerse más leve y en lugar de adentrarse en la hondura del descanso, se desliza apenas sobre él como una arenilla que apenas lo recubre y, en consecuencia, no llega hasta la médula de la sana curación que se logra con el descanso nocturno. No hay, en consecuencia, descanso nocturno apropiado para el ser más fatigado. Por el contrario, en la vejez es la fatiga la que nos termina por matar. Morimos, si no hay antes una hecatombe violenta, por el sigiloso desgaste de los materiales con los que estamos hechos. Es el viaje irremediable, que convierte la existencia entera en un elemento inútil.
4
Lo ameno de la muerte
Los periódicos —los medios de comunicación—, son parte de un sistema intrigante que les asegura una buena dotación de noticias cotidianas. Porque no cualquier noticia es apropiada para el vigor del sistema, sino aquella que incluya elementos que giren alrededor del horror, entre ellos la muerte, la sangre o la caída de un poderoso. Sin esos condimentos no cabe imaginar la permanencia de un medio de comunicación. Note que la defunción es el éxito de la información. Gracias a los medios, la sociedad recibe diariamente dosis de muerte debidamente administradas. Note también que la muerte se deleita con los jóvenes, por ejemplo, a través de los accidentes atumovilísticos, de las drogas y del suicidio. Incluso los propios jóvenes se han convertido en mensajeros de la Muerte, por ejemplo, a través del terrorismo, un formato que ahora está de moda y que destruye la vida en las calles de las grandes ciudades. (Vicente Vedú, escritor y periodista/El País.SL. Todos los derechos reservados)