Nos pasa frecuentemente en las reuniones familiares. De pronto y sin pensarlo mucho, estamos viviendo otra vez en la vieja casona de la calle De la Fuente, la casa paterna, recogiendo de nuevo ese pasado que da cuenta de nuestras más recónditas y esenciales señas de identidad familiar.

Nos pasa que volvemos al mundo encantado de nuestra niñez en busca de objetos perdidos y sucesos que empiezan a borrarse en la memoria, y que casi siempre otro hermano los recuerda con mayor claridad. A veces encontramos los objetos fácilmente con la mirada porque están frente a nosotros: las sillas del comedor de aquella casa, la sala de la abuela, los muebles de la biblioteca, una pintura, un adorno, algo de lo que heredamos. Otras veces, más que con los ojos del rostro nos pasa como a Úrsula en “Cien Años de Soledad”, encontramos con los ojos de la memoria los objetos y los sucesos olvidados, y su evocación evita que traspasen los linderos de lo perdido y se nos vayan para siempre. En ambos casos, la conversación se convierte, de buenas a primeras, en un infinito quehacer como el del coronel Aureliano Buendía en su melancólico laboratorio: transformar monedas de oro en pececitos de oro, que luego vendía en monedas de oro para transformarlas en pececitos de oro.

La evocación de las monedas de oro de la infancia hace la alquimia de su transformación en pececitos de oro y los dejamos nadar libremente en el océano de nuestra vida familiar. Hasta que alguien los atrapa, y en un círculo que no tiene fin ni principio, los convierte de nuevo en monedas con las que vuelve a iniciar el ciclo maravilloso que alimenta nuestra pertenencia familiar.

El pasado es una reluciente esfera en la que se refleja la vida y el universo en imágenes simbólicas. La bodega convertida en cuarto de juegos, la mesa de ping pong, el baúl de los disfraces, el corral de las palomas, los tesoros escondidos en el terrado, la bicicleta reciclada, el perro Firuláis y el borrego que toreaba todo el barrio, nos ofrecen ahora una curiosa belleza y una grandiosa sencillez: la vida de la tribu, la guerra por los territorios, la lucha por la sobrevivencia personal, las razones paternas que tantas veces nos parecían razones de Estado, las batallas cotidianas de las relaciones familiares. Las monedas de oro del pasado, transformadas en el presente en nuestros pececitos de oro.

Nuestra familia, como todas las familias, tiene su libro, su propia biblia que relata su historia desde el Génesis hasta el Apocalipsis, sus esclavitudes, sus éxodos, sus plagas, sus leyes, sus milagros, sus esperanzas y su tierra prometida. Esa historia y sus recuerdos habitados nos permiten reconocernos, saber quiénes somos y guardar la memoria de la tribu para la posteridad.

Los misterios de la existencia nos enfrentan al tiempo conservado mágicamente en un baúl, quizás el que antes guardaba la aventura infantil de los disfraces. Dice Unamuno que cuando se nace, se adquiere “la patria ya no chica, sino menos que chica, la que podemos abarcar de una mirada, como se puede abarcar Bilbao desde muchas alturas”. El mundo familiar, más chico aún que esa patria menos que chica de don Miguel, es el que se abarca con la mirada del corazón, el que se guarda en el baúl y se conserva como uno de los más preciados bienes patrimoniales de la herencia familiar.

José Juan recordaba a nuestro padre recitando los versos de “La Suave Patria”: “Por tu balcón de palmas bendecidas / el Domingo de Ramos, yo desfilo / lleno de sombra, porque tú trepidas”. Yo recuerdo los de la princesa que quiso hacer de una estrella un prendedor. Desde esa patria todavía más chica que la del filósofo español, nuestra familia, y con la gentil “Margarita” de Darío, podemos robarle una estrella al buen Dios, para hacer con una perla y una flor, un prendedor que ilumine eternamente nuestros pececitos de oro.