Son datos que ofrece el libro escrito por José María Muriá y Angélica Peregrina, “Jalisco en la Independencia y la Revolución”. Hacia la segunda década del Siglo 19, justamente en el año en que México amanecía independiente de España, 1821, se abre la primera escuela pública en Guadalajara, sostenida con fondos del Ayuntamiento. Pasaría un tiempo, en el gobierno de Prisciliano Sánchez, cuando se llevó a efecto una intensa campaña de escolarización.

Seis años después de consumada la Independencia de México, el Congreso Estatal aprobó el primer Plan General de Estudios en esa entidad. “Establecía que la enseñanza oficial en Jalisco habría de ser ‘pública, gratuita y uniforme’ dentro de cuatro niveles estratégicamente ubicados de acuerdo con la importancia de la población y el grado de escolaridad respectivo”.

En el primer nivel se ubicarían los planteles municipales a instalarse en todos los pueblos jaliscienses para aprender ahí a leer y a escribir, rudimentos de aritmética y un catecismo moral y político en el que se hablaría de los derechos del individuo postulados en Francia.

En el segundo nivel corresponderían escuelas de cabecera departamental. Se impartirían dos materias: dibujo y geometría práctica. En el tercer nivel se aplicarían matemáticas puras, en las cabeceras, y el cuarto y último nivel únicamente figuraría el Instituto del Estado, con sede en Guadalajara.

El plan que se aprobó en 1826 prescribía también que se estableciesen escuelas públicas para niñas en la entidad. El grado de escolaridad era el primero, donde aprenderían las primeras letras, a contar, a dibujar y “las labores convenientes a su sexo”.

Se siguieron los lineamientos de la escuela lancasteriana, que consistía en que alumnos aventajados ayudaran a los menos adelantados. Así, hubo un programa de alfabetización hacia los adultos. Como estímulo, los profesores recibirían 25 pesos por cada 25 alumnos mayores de 18 años que no supiesen leer y escribir.

Algunos años antes, en nuestras tierras, una religiosa de nombre María Ignacia de Azlor y Echeverz, descendiente de los marqueses de Aguayo, donaría toda su fortuna para establecer en México un convento y una institución educativa, la de La Enseñanza, en la Ciudad de México, dedicada exclusivamente a la educación a las niñas. La pionera en este tipo de educación femenina.

Al arranque del Siglo 19, en esos mismos años veinte, había una escuela en Saltillo, entonces Leona Vicario, y una en Villalongín, San Esteban de la Nueva Tlaxcala, además de varias privadas. También incursionó aquí la escuela lancasteriana, pero sin grandes resultados. Sin embargo, a lo largo de ese siglo, los esfuerzos en materia de educación fueron notables: entre ellos la creación del Ateneo Fuente, el Colegio de San Juan Nepomuceno, el Instituto Madero y la Escuela Normal de Profesores. Vendrían también otros grandes logros como el establecimiento de más escuelas que atenderían a niños y niñas.

La educación siempre se ha constituido en válida preocupación. Nada es nuevo bajo el sol. Esfuerzos en nuestro País han sido muchísimos, y desde hace buen tiempo. En efecto, hay regiones rezagadas y sobre ellas hay que apuntar importantes recursos e importantes fuentes de trabajo.

Hacerlo sin pretender ser los primeros en pisar los terrenos del tema es reconocer que de las experiencias anteriores hay mucho de dónde explorar. No se abren únicamente caminos. Se reconocen los andados y se retiran los arbustos que impiden seguirlo.

DOS ADIOSES

Dice Tomás Eloy Martínez que el único patrimonio del periodista es su buen nombre. La partida de Sofía Noriega y Marco Antonio Montes, “El Osito Montes”, sostiene esta aseveración: sus nombres quedarán para siempre grabados en nuestra memoria. Ambos, periodistas de a pie, vivieron amando su profesión y dieron todo por entregarle amor y pasión a la verdad y la palabra. A sus familiares, nuestras más sentidas condolencias.

Descansen en paz, amigos.