Especial

Hace años participé en la presentación del libro “Autobiogr-ajúa”, de Eulalio González, el Piporro. Tuvo lugar ese acto en un espléndido lugar, la Cineteca de Monterrey, en terrenos de la antigua Fundidora.

Cuando cerró esa empresa después de muchos años de trabajo se difundió una anécdota. Cierto individuo decidió junto con su esposa ya no tener más hijos. Y decía el tal sujeto:

-Hicimos lo que la Fundidora: cerramos la planta de producción y la convertimos en parque de diversiones.

Pues bien: entre los muchos atractivos que hay ahora en las vastas instalaciones de esa factoría está la Cineteca, donde se realiza una magnífica labor de difusión del llamado séptimo arte. En su salón principal se realizó la presentación del libro del Piporro.

¡Qué magnífica noche fue aquella! Yo asistí por invitación de María Eugenia Llamas, aquella Tucita inolvidable que le robó a Pedro Infante todas las escenas en que salieron juntos en la película “Los tres huastecos”. Niñita de cuatro o cinco años la Tucita fue la primera encueratriz del cine nacional, pues en el film “Dos huerfanitas”, con Evita Muñoz ,”Chachita”, hay una escena donde al correr se le caen los calzoncitos a la Tucita, y muestra las pompitas.

María Eugenia fue la madrina de inauguración del cine club de Radio Concierto, el cual tiene un público fidelísimo que abarrota nuestra sala cada lunes, ahora en el ciclo “Literatura para ver”, grandes libros llevados a la pantalla, organizado por Luly, mi adorada y talentosa hija, y presentado con magistral conocimiento y chispeante forma por mi querido hermano Carlos.

Llena estuvo también en aquella ocasión la cineteca regiomontana: el Piporro fue siempre un artista querido y popular. Cuando me tocó el turno de hablar recordé la vez anterior que estuve con Lalo. Fue en un homenaje que se le rindió junto con otro artista nuevoleonés de mucho mérito: don Pompeyo Mier, fundador de “Los Montañeses del Álamo” y a la sazón el único sobreviviente de los miembros originales del conjunto. Don Pompeyo, que andaba entonces en más de 90 años, cantó la máxima creación de ese conjunto, la celebrada pieza intitulada “Una mosca parada en la pared”. La letra de la canción dice más o menos así (espero que no me falle la memoria, pues el texto es difícil de recordar): “Una mosca parada en la pared, en la pared, en la pared. Una mosca parada en la pared, en la pared, en la pared. Una mosca, una mosca, una mosca parada en la pared. Una mosca, una mosca, una mosca vestida de mujer”.

Lalo, por su parte, cantó las mejores canciones de su repertorio. Yo volví la vista y vi a una señora de apariencia humilde que lloraba entre el público. Al terminar el homenaje me acerqué a ella y le pregunté por qué había llorado. Me respondió con una frase muy bella:

-Es que Lalo me hizo volver a ser.

He ahí de lo que son capaces los grandes artistas: nos vuelven a nuestro ser, a aquel ser que teníamos cuando los conocimos. Dicho de otra manera, nos restituyen lo que fuimos en mejores tiempos cuya evocación nos saca lágrimas. Bien dijo Dante: ningún dolor mayor que el recordar la felicidad cuando nos llegan tiempos de desgracia.

De gracia son los tiempos que dan artistas como el Piporro. Además de la cercanía del recuerdo, Lalo guardaba otra cercanía con nosotros: tuvo casa en Arteaga. Ahí pasaba -me lo dijo una vez- sus mejores ratos. Hombre bueno, bonísimo, Lalo González, el Piporro, es un recuerdo inolvidable. Todavía nos hace volver a ser.