La calle de Arteaga es una de las más antiguas y tradicionales de Saltillo. Durante muchos años, con el nombre de calle de San Fermín, fue el límite de la ciudad por el noreste. Otras cosas limitó la actual calle de Arteaga: hasta ahí llegaba la antigua zona de tolerancia que tuvo su sede y centro en la calle de Terán, de modo que los honrados vecinos de la de Arteaga vivían en constante zozobra desasosiego por la forzada proximidad que tenían con daifas, chulos y otras gentes de similar jaez.

La calle de Arteaga se llama así en honor de don José María Arteaga, extremado liberal y gran patriota. Nacido en la Ciudad de México el año de 1827, se inició muy joven en la vida de las armas. En San Luis Potosí se hizo soldado, y por méritos en campaña llegó hasta general en el curso de las mil y una guerras que entonces había en México. Partidario de la Reforma, llegó a ser gobernador de Querétaro y luego de Jalisco. Combatiendo contra los franceses fue hecho prisionero por el cruel coronel conservador Ramón Méndez, que sin más ni más lo hizo fusilar junto con otro ilustre liberal, don Carlos Salazar. Eso sucedió en Uruapan el año de 1865.

Unas horas antes de morir, Arteaga escribió una hermosa carta que dirigió a su madre. Hecha con la natural emoción que pone en sus palabras aquel que va a morir, la carta está escrita, sin embargo, con un hermoso estilo. Pero ni estilo ni emoción valen lo que el patriotismo acendrado que muestra en su misiva el héroe liberal. Pertenecía él a la estirpe de aquellos hombres que al combatir al invasor francés lucharon por la preservación de la República y por el mantenimiento de la soberanía nacional.

He aquí un párrafo de la carta que don José María Arteaga escribió para que fuera entregada a su madre después de su muerte:

“...Hoy he caído prisionero y mañana seré fusilado. Muero a los 38 años de edad. En hora tan suprema es mi consuelo legar a mi familia un nombre sin tacha. Mi único crimen consiste en haber peleado por la independencia de mi país. Por eso me fusilan. Pero el patíbulo, madre mía, no infama, no, al militar que cumple con su deber y con su Patria”.

Por el crimen de fusilar a Salazar y Arteaga sin formarles causa fue ascendido Ramón Méndez a general. Su nombre es recordado ahora tan sólo por su saña y crueldad. Los nombres de “Los Mártires de Uruapan”, en cambio, permanecen en la memoria y en la veneración de los mexicanos, y nuestra ciudad los honró imponiendo esos nombres a dos de sus calles en señal de imperecedera gratitud.

Mi abuela materna, doña Liberata, vivió en la calle de Arteaga, casi frente a la placita que dicen de Castelar. Ahí, en esa vieja casa que mi tía Adela, su hija, describía diciendo: “Son solamente tres adobes meados”, Mamá Lata cuidaba sus macetas de geranios, cuyo intenso olor a clavo de comer está todavía en mi memoria. Ahí rezaba su rosario, y ahí oía sus radionovelas, aquéllas de los años cuarenta y cincuenta. En una de ellas el avieso galán le pedía a la ingenua doncella que le diera una prueba de su amor. Ella cedía al fin, y al fin se daba. Y le decía Mamá Lata, como si la tuviera enfrente: “¡Anda, pendeja!”.

Ayer sábado, temprano en la mañana, caminé en soledad por la calle de Arteaga por motivos que no viene al caso mencionar, pero que pertenecen al recuerdo. Me salieron al paso los queridos fantasmas, y volví a percibir aquel aroma a clavo de los geranios de mi abuela.