Se liquidó rápido. No supo a nada, porque no fue ni era nada. Llamarada de petate. Fuego fatuo. Imperio de un día elevado solo a ganancias de mercado. Tanto la película como los libros nacidos de la pésima prosa de E.L. James, “50 sombras de Grey”, nacieron muertos. El erotismo y la pornografía son otra cosa, no esto lo cual Hollywood todo lo pudre y lo hace comestible para las hordas de consumidores en el mundo. Hoy en este recuerdo lo voy abordar. Mejor aún, hoy me refiero a un escritor el cual cumple este año 86 sobre la tierra, dueño de una prosa fina y premiada, pero sobre todo, el cual ha aportado pinceladas de buen erotismo como una contribución más que agradecible al contaminado mundo chatarra que habitamos. Es el ibérico Juan Marsé. Comenzamos.

La tragedia llegó junto con el recién nacido. De entre el drama y los escombros y para bien de todos, así como llegó, la tragedia se fue; no sin dejar su huella imborrable. El 8 de enero de 1933 nació el infante. Su madre muere en el parto, dejando en la orfandad al recién nacido. También al padre de éste, el taxista Feneca y a su hermana mayor. El registro civil de Barcelona lo conoce como Juan Feneca Roca, el universo literario y periodístico lo conoce como Juan Marsé. Hoy, a 86 años de aquel alumbramiento con drama incluido, Juan Marsé, en diciembre de 2008 recibió el Premio Cervantes, el más importante de las letras hispanas. Dotado con 125 mil euros, el Premio recayó en las manos de un escritor, un hombre, el cual se ha definido a sí mismo como “ceñudo, maldiciente, tiene la pupila desarmada y descreída, escépticos los hombros, la nariz garbancera y un relámpago negro en el corazón de la memoria”. El ogro feroz huele a ternura. El dragón de fuego y escupitajos por la boca y la pluma, es un escritor adorado y temido por igual. Es autor de un puñado de novelas entrañables como “Si te dicen que caí” (1973), “La muchacha de las bragas de oro” (1978), “El embrujo de Shanghai” (1993) o “Últimas tardes con Teresa”.

Atesora lectores y tiene tantos premios y reconocimientos como libros escritos. Entre los premios se cuentan: el Premio Biblioteca Breve Seix Barral, el Premio Planeta, el Ciudad de Barcelona, el Ateneo de Sevilla, el de la Crítica, el Juan Rulfo de la FIL de Guadalajara, México y en diciembre de 2008, mientras Marsé estaba en una consulta con su médico, el Ministro de Cultura español, César Antonio Molina, comunicó a la mujer de Marsé del Premio Cervantes en manos del esteta. Marsé se ha definido en un espléndido autorretrato escrito con la paciencia y morosidad del esquilador, como un hombre “pertrechado para irse al infierno en cualquier momento”.

ESQUINA-BAJAN

De “rostro magullado y recalentado” Juan Marsé escribió para el diario El País en la década de los ochenta del siglo pasado, una serie de retratos memoriosos y lapidarios, a mata caballo, entre el periodismo y la literatura. Un ramillete de punzantes retratos escritos por su deslenguada pluma e ilustrados por una fotografía en blanco y negro donde se presentó asimismo como un “insensato comentarista de caras”. Fueron de tal amplitud, registro y profundidad sus acercamientos críticos y narrativos a dicha galería de elegidos (deportistas, escritores, cineastas, actores, políticos, cantantes...), que el proyecto terminó editado como libro, titulado justamente “Señoras y Señores” (1988), sin las fotografías acaso ya marchitas de muchos de los entonces retratados literariamente.

Pero si con la prosa deletreando los rasgos que en muchos casos, era insoslayable hablar del erotismo en varios de los personajes escogidos. El registro es amplio, variado y pone los pelos de punta: de Marguarite Duras escribió: “La mano es regordeta, mañosa y melindrosa con su prosa”. Líneas después le enderezaría un obús: “Los papanatas de la crítica babeando ante la primorosa prosa rosa de la astuta indochina”. ¡Uf! cuidado con la lengua y la pluma afilada de este escritor, el cual se encuentra más allá del bien y del mal.

Marsé y su prosa flamígera, para todos tiene. A Kim Bassinger la define como “una rubia incendiaria que pasa por ser el fetiche erótico más celebrado de la pantalla moderna.” De Fernando Savater, dice: “Más que mirar las cosas, parece olfatearlas. En su voz rasposa y apresurada, empujada por el entusiasmo mental y la inteligencia gastronómica, hay un ron suave y peligroso, veraz y fabulador, leal, descarado y astuto...”

La galería de retratados sigue. Al juglar de Jaén, Joaquín Sabina, lo define como “Un hombre enjuto y aguileño con cara de tener algunas recónditas cicatrices en el cuerpo, como los toreros, costurones de antiguos lances con la vida, con los sueños y las quimeras”. A Bertín Osborne lo delimita como un “cara de caramelo”; a Francisco Umbral, “ese escritor sonajero”; A Diego Armando Maradona, un futbolista que “Marca goles con la mano y pide por ello enormes sumas de dinero”. La apología y retrato de Brigitte Bardot es memorable y legendario: “La señora BB tiene buenos huesos. Conserva aquella cualidad de osito de peluche tirado en una cuna con el trasero respingón al aire. Fue una muchacha tostada y calientita como el pan, sana, crujiente, llena de dientes y morritos y pezones, descaradamente sexy y ensalivadamente, resbalosamente francesa...”

LETRAS MINÚSCULAS

Esto es buena prosa y erotismo, no las figuras descafeinadas y vagas para señoras sin vida personal y sexual propia, como las deslavadas sombras de Grey.