La cruenta lucha del pueblo nicaragüense a fin de librarse de la cruel dictadura de la familia Somoza viene a la memoria terca, que me lleva al escenario de los últimos momentos de la Guerra Civil, extrañamente en la Feria de Saltillo, lugar en que fue establecido un stand de apoyo por una familia nicaragüense avecindada hace muchos años en esta ciudad, que promocionaba unas playeras con serigrafía del movimiento a fin de generar fondos para la causa. Una muchacha de Nicaragua refería al público: “es arte de emergencia”.

Décadas posteriores el relato fue mediante la entrevista con Sergio Ramírez, el genial narrador de ese país y además vicepresidente de la República con el movimiento Sandinista. Con emoción y templanza describió las coyunturas políticas que permitieron el triunfo y se reservó las historias de sangre y horror que tuvieron lugar en: León, Masaya, Granada y Matagalpa.

La Revolución Sandinista emergió como un bastión popular de los desheredados, de los que tienen ganas de tener y sentir algo como propio. Entre la bola, un religioso, su nombre: Ernesto Cardenal.

Nacido en Granada, de cuna pudiente, tuvo la oportunidad de viajar por el mundo. Al término de sus estudios de filosofía decide ingresar al sacerdocio con una visión referida a las ideas de la teología de la liberación, que lo llevaron a participar en la Revolución de abril de 1954 contra Anastasio Somoza (padre).

Luego fundó una comunidad cristiana, casi monástica, en una de las islas del archipiélago de Solentiname, en el lago Cocobolea. Partidario de una “revolución desprovista de venganza”, el sacerdote Cardenal colaboró estrechamente con el Frente Sandinista de Liberación Nacional en la lucha contra el régimen de Somoza hijo : Tachito.

Sus “misas guerrilleras” refundaban el esfuerzo del movimiento y lo legitimaban no como una cruzada religiosa y sí como una plataforma hacia la libertad, la justicia y el consuelo. “Cristo es el pueblo, él es guerrillero. El dictador habla de dios, pero el de él es distinto porque en su misa hay riqueza y en la nuestra hay chozas, miseria, pero valor”.

Cardenal fue nombrado ministro de Cultura el mismo día de la victoria de la Revolución Nicaragüense (19 de julio de 1979). Ocupó este cargo hasta 1987, año en el que el ministerio se cerró por razones económicas. Rompe con el sandinismo en 1994, en protesta contra la dirección de Daniel Ortega; más tarde dio su apoyo moral al Movimiento Renovador Sandinista (MRS) durante las elecciones de 2006, al igual que otros destacados literatos nicaragüenses como Gioconda Belli y el referido Sergio Ramírez Mercado, fundador del MRS.

El 4 de marzo de 1983, arribaba un enérgico Papa de la Paz a Nicaragua, los testigos mencionan que se le veía molesto, desde que leyó un cartel que mencionaba: “Bienvenido a Nicaragua libre, gracias a Dios y a la Revolución”. Posteriormente tuvo que soportar casi una hora bajo el sol con el discurso de Daniel Ortega y cuando finalmente hizo uso de la voz era interrumpido, su mensaje contrario a la teología de la revolución, por un coro que vitoreaba: “Entre Cristianismo y Revolución, no hay contradicción”.

Quien terminó pagando los platos rotos de la visita de Juan Pablo II fue Ernesto Cardenal quien, al arrodillarse a fin de besar el anillo pontificio, recibió el rechazo del Papa, retirando la mano y además recibiendo un regaño de su santidad: “Antes tienes que reconciliarte con la Iglesia”. La imagen del suceso recorrió el mundo y su posterior consecuencia.

Como no hubo la consabida reconciliación y Cardenal nunca abandonó sus ideas de revolución cristiana, Juan pablo II emitió una “suspensión a divinis”, por medio de la cual era relevado de sus hábitos religiosos y le era prohibido celebrar misa. Su fe o la Revolución, fue la consigna.

Finalmente y ante los muchos intentos de reconciliación llegó, a sus 94 años, la carta del Papa Pancho por la cual es reconciliado con su iglesia .Paradójicamente al fin ganó el tiempo y más aun con la faceta de Cardenal como poeta: “Tiempo, yo te odio. Aunque sin ti no existiera / Y por tu pasar moriré aunque por tu pasar nací. / Como San Francisco de Borja yo quiero ahora / amar a alguien a quien no toque el tiempo / y que alquilemos un cuarto donde la noche no pase / ni se apaguen uno a uno los anuncios de neón”. ¿Ganó Cristo o la Revolución?