El Poder, con mayúscula, de las redes sociales se multiplica día a día. Poder que busca militar contra las formas de autoridad clásicas, políticas, religiosas y/o empresariales, cada vez más denostadas, ineficientes y cuestionadas. Las redes sociales intentan, con razón, menguar la fuerza de las gobernanzas vetustas y putrefactas. Las brechas crecen, las injusticias se multiplican. La apuesta debería consistir en usar las redes en “forma adecuada”, y, de ser posible, cobijadas por patrones éticos. Importa quiénes las usen y cómo las usen.

Magnífico sería, se me ocurre, que las compañías dueñas de los medios modernos de comunicación masiva exigiesen a los posibles usuarios datos suficientes, simples, para identificar a la persona: sexo, edad, nacionalidad, ocupación, país y ciudad donde residen, dirección, teléfonos e incluso una o dos recomendaciones de usuarios en activo –en la actualidad se solicitan pocos datos–. Esas fichas disminuirían el número de internautas anónimos y de agresiones desmesuradas. Quienes muestran su identidad, en general, son menos violentos cuando se les compara con quienes escriben desde el anonimato. En tiempos de noticias falsas, fake news, comprobar la veracidad del remitente es indispensable.

El actual escenario muestra dos polos: anonimato versus nombres de carne y hueso. Tengo la impresión, ignoro si existan estudios al respecto, que en las redes sociales prevalecen los “anónimos”, personas cuya identidad se oculta y escriben con nombres ficticios. De ser cierta mi hipótesis, el problema será cada vez más grave: en las redes sociales se agazapan personeros ficticios que escriben y agreden por la necesidad de hacerlo –“lobos solitarios”–, otras veces como parte de un grupo y/o para recibir un sueldo –en las secciones de comentarios de los periódicos no es inusual identificar a una misma “persona”, un trol, cuya misión es menoscabar la labor del periodista.

Lo mismo ocurre en el mundo Twitter: el número de cuentas falsas debe ser inimaginable. Y su efecto también. Sobran ejemplos. La alegría de la primavera árabe pronto se transformó en invierno asesino; el uso no ético en campañas políticas ha sido muy perjudicial en algunas naciones, mientras, que a Trump sus esquizoides tuits le han servido no sólo para no perder, sino para ganar adictos y votos. Mención fundamental merecen los suicidios de pequeñas adolescentes que se han quitado la vida tras exponer sus senos a la cámara de amigos, quienes, sin recato, suben el video a las redes. Linchar inocentes, hacer trampas durante las campañas políticas e infundir miedo son partes del mundo Twitter, del universo Facebook, o del espacio Instagram y demás redes sociales.

Solidaridad, empatía y compasión son cualidades inmensas. Cualidades, por desgracia, a la baja. Incontables mensajes provenientes de las redes sociales cumplen esa función. Acompañan, cobijan. Tras la muerte de seres queridos o ante la presencia de enfermedades incurables, compartir el dolor por medio de palabras alivia un poco el trance y mitiga otro tanto las heridas. Palabras: con voz, o en papel, nos dotan de humanidad. Nuestra especie no habla un idioma, vive en él. El lenguaje es uno de los rasgos distintivos entre humanos y animales no humanos –aunque se sabe que delfines y primates, entre otros, poseen un lenguaje–. Verterse y acompañar frente al dolor, humanizar las pérdidas y la angustia por los desaparecidos es atributo de las palabras vertidas en redes sociales. Quienes lo hacen nunca esconden su identidad.

Lo contrario, denostar, estigmatizar, o exponer a otras personas es también parte de la vida de las nuevas formas de comunicación. Esta vía se reproduce en forma geométrica. Congrega desconocidos y suma voces muchas veces poco enteradas de los sucesos. Ese tipo de actitudes se lee a diario en las redes. Algunas veces trols, muchas veces seres humanos indignados y humillados por razones diferentes al motivo original de la denuncia se suman a la causa. Cuando el motivo es agredir y exponer a una persona, como sucede con frecuencia, quienes lo hacen son anónimos o escriben agazapados. Esa actitud conlleva daños y perjuicios.

Aliarse a causas por sentirse identificados sin conocer ni la verdad ni la realidad de los hechos es una forma de solidaridad mal entendida. Esas acciones se contagian, se propagan, y se convierten en epidemias. Y matan y destruyen.

Quienes dirigen y alimentan las redes y viven de ellas deberían establecer códigos éticos. Saber quién es el dueño de la cuenta es imprescindible. Juzgar implica conocer. ¿Por qué y a quién creer? Juzgar exige saber.