Fotos: Cortesía/Archivo
A un siglo de la promulgación de la Constitución Mexicana, surgida de la lucha revolucionaria, es pertinente recordar la vida de su promotor
Ni mártir ni guerrillero, tampoco campesino despojado, don Venustiano fue, en toda la extensión y hondura del término, un político”.
Javier Villarreal Lozano, historiador.

Marcado por los festejos del centenario de la Constitución Mexicana, 2017 estuvo necesariamente ligado a la figura de Venustiano Carranza, el segundo coahuilense que encabezó una etapa de la Revolución, que antes había iniciado otro paisano, Francisco I. Madero.

Este año, la celebración del 117 aniversario del inicio de la Revolución Mexicana vale la pena reflexionar sobre el legado político de quien arribó a la Presidencia de la República como un político “Hecho en Coahuila”, pues antes de llegar a Palacio Nacional gobernó con eficiencia su natal Cuatro Ciénegas y el Estado de Coahuila.

Al respecto, el historiador Javier Villarreal Lozano, escribió el libro “Venustiano Carranza, la experiencia regional”, que ya está disponible en su segunda edición.

¿Con qué propósito escribió “Venustiano Carranza, la experiencia regional”?
“Fue un intento de rastrear los orígenes del Primer Jefe de la Revolución Constitucionalista y su formación política, la cual, de Alcalde de Cuatrociénegas lo llevaría hasta la Presidencia de la República”, respondió.

Venustiano Carranza no es un personaje emparentado con la leyenda, como Pancho Villa. Tampoco un apóstol con vocación de mártir, a la manera de Francisco I. Madero; menos un hombre surgido del México profundo que se levanta reclamando justicia para los más pobres.

De los cuatro grandes de la Revolución Mexicana: Madero, Carranza, Villa y Emiliano Zapata, los dos coahuilenses son los que menos impactan y simpatizan, a la imaginación popular.

“Y Carranza es el menos sexy de los revolucionarios”, según humorística expresión de Javier Garciadiego, recordada por Villarreal Lozano.

“Madero y Carranza no encajan en este elenco idealizado de guerrilleros relampagueantes y campesinos despojados. Madero carecía del empaque físico y del carisma de Zapata o de Villa. Su traje de casimir y el bombín lo acercan más a la imagen que tenemos de un petimetre, que a la de un revolucionario”, señala el también director del Centro Cultural Vito Alessio Robles.

“Don Venustiano se ve imponente a caballo, vestido con el sobrio uniforme que se inventó para evadir el generalato, pero ya a pie, el Rey Viejo es otra cosa, tiene facha de director de banco o de lo que antes era, senador porfiriano”.

¿Cuáles fueron las influencias que formaron el carácter de don Venustiano?

“El entorno familiar y geográfico fueron, según se propone en el libro, factores determinantes de su carácter y de su ideología. El padre, coronel Jesús Carranza, fue uno de los republicanos que en las horas críticas de la Intervención Francesa luchó al lado de Benito Juárez, estableciendo comunicación entre Cuatro Ciénegas y Paso del Norte (hoy Ciudad Juárez), a través del desierto.
Forjado ideológicamente en la Constitución de 1857, el coronel Carranza trasmitió a sus hijos las ideas liberales que don Venustiano enarbolaría en su lucha contra Victoriano Huerta, pugnando por el restablecimiento del orden constitucional, roto con la muerte de Francisco I. Madero y Pino Suárez y el ilegal ascenso al poder del magnicida.

“Ya Presidente, convocó en 1916 a un Congreso cuya tarea fue, en principio, hacer las reformas a la Constitución de 1857, como respuesta a las insatisfacciones populares expresadas en el transcurso de la lucha armada”.
 
Usted hablaba antes de la influencia del entorno geográfico. ¿Podría ampliar la idea?
“Hoy, para muchos mexicanos y extranjeros Cuatro Ciénegas es una colección de imágenes donde el hermoso azul turquesa de las aguas de las pozas se hermana asombrosamente con un paisaje desértico, áspero, de cerros pedregosos reñidos con el verde y calcinados por un sol de castigo. Transformada en atractivo turístico e intrigante campo de trabajo para numerosos científicos, su historia y su entorno natural nada tienen de idílicos.

“Cuatro Ciénegas es uno de los últimos puntos de una serie de poblaciones coahuilenses que, partiendo de Monclova, apuntan hacia el corazón del temible Bolsón de Mapimí que, al decir de un misionero, vomitaba en forma intermitente ‘hordas de salvajes’. No es gratuito que sus habitantes la apoden todavía hasta hoy ‘La Puerta del Desierto’. En 1599, el padre Joseph de Acosta ya citaba entre las misiones jesuitas de Parras y la Región Lagunera, la de ‘las Cuatro Ciénegas’, donde consideraba posible fundar un pueblo de ‘2 mil vecinos’. También el franciscano Juan Larios intentó levantar allí una misión, pero fracasó. En sus incursiones hacia el sur, las bandas de indios hostiles partían del interior del Bolsón de Mapimí, y la aislada Cuatro Ciénegas era la primera de sus presas. El paraje estaba tan expuesto a los ataques, que a fines del siglo 18 las autoridades de la Provincia prohibieron transitar por allí.

“La inseguridad hizo necesario esperar hasta el siglo 19 para la existencia de un asentamiento humano permanente en el valle. El 24 de mayo de 1800, el gobernador de la Provincia, Antonio Cordero y Bustamante, protocolizó la fundación. El primer año fue duro. Dos de los fundadores de la villa fueron muertos por los indios. En 1801, el resto de los jefes de familia, 15 en total, ‘cosechaban maíz, frijol, algodón y chile’, apunta un documento de la época. No obstante la amenaza de los indios, en 1802 ya eran 164 sus moradores ‘de todas clases, chicos y grandes’. La población del para entonces municipio se estabilizó en alrededor de 3 mil habitantes de 1849 a 1881. A fines del siglo se registró un aumento notable de la población, debido a dos factores: el descubrimiento de yacimientos de plata en Sierra Mojada —en el corazón del Bolsón de Mapimí— y la explotación de guayule, xerófita productora de un hule de baja calidad, pero en aquellos años con un ávido mercado en Estados Unidos.

“La familia Carranza, una de las fundadoras del pueblo, se templó en ese duro ambiente. Durante la juventud de Venustiano, el peligro representado por los indígenas era cotidiano. Algunas de las facetas del carácter del Primer Jefe se fraguaron en ese entorno exigente de reciedumbre. La guerra contra ‘los bárbaros’ —como les llamaban entonces— requería de paciencia, de jornadas vacías en las que las cenizas de una fogata, un rastro cualquiera, una rama rota, debían interpretarse con detenimiento. Las cavilaciones de don Venustiano tuvieron esa escuela donde una palabra de más, un acceso de tos o una expresión en voz alta podía pagarse con la vida. Su laconismo no era, como lo creyó Madero, signo de pereza o de vejez, sino mesura trasmitida con el ejemplo por su padre y sus vecinos”.   

Para Villarreal —quien obtuvo el Premio Nacional de Historia “Vida y Obra de don Venustiano Carranza”, organizado por el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México— el principal legado de la Constitución de 1917 en la historia de México es que no sólo dio al País la Carta Magna aún vigente a 100 años de distancia; también, puede decirse, fue la justificación de la larga y cruenta guerra civil de principios del siglo 20.

Ni mártir ni guerrillero, tampoco campesino despojado, don Venustiano fue, en toda la extensión y hondura del término, un político, eso que los franceses llaman “un animal político”. Nada más, pero tampoco nada menos: sensibilidad a flor de piel y un sexto sentido para la oportunidad (timming, dirían los angloparlantes). Si Villa fue un rayo; Zapata, erupción telúrica, y Madero un iluminado, Carranza era la reflexión previsora —en el cabal sentido del término, es decir, capacidad de ver antes, anticiparse a los hechos—. Luego de estallar la Revolución en 1910, Gustavo Madero se desesperaba por la parsimonia de don Venustiano, y le llamaba “viejo pachorrudo”. Se equivocaba, lo que Gustavo creía pachorra, era cálculo.

El juego de estira y afloja que tejió con Victoriano Huerta después de la renuncia de Madero a la Presidencia de la República, constituye una lección de política que Maquiavelo envidiaría. Aparentemente ambiguo, entretuvo a Huerta, ganando tiempo. Comisionó a Eliseo Arredondo para ir a México a conferenciar, mientras él estudiaba las cartas a su favor y los posibles ases en la mano del contrincante. Llevó la situación al límite y luego actuó firme, sin vacilaciones.
Algunos historiadores aseguran que vaciló antes de iniciar la lucha contra Huerta, esperando llegar a un arreglo…

“Sus críticos toman el episodio cuando desean desprestigiarlo. Parece que a los mexicanos nos gustan los héroes ‘echaos pa’delante’, como dicen los españoles. Apenas don Benito Juárez pudo abrirse paso en la historia entre frases de hombres ‘echaos pa’delante’: ‘Va mi espada en prenda, voy por ella’; ‘¿Acaso yo estoy en un lecho de rosas?’; ‘Si hubiera parque no estaría usted aquí’; ‘Me quiebro, pero no me doblo’ o, según el corrido, la petición hecha por Benjamín Argumedo a Francisco Murguía antes de ser ejecutado:

 “—Oiga ‘usté’, mi general,
yo también fui hombre valiente,
quiero que ‘usté’ me ‘afusile’
en público de la gente.

“Un último deseo: hacer de la propia muerte —seguramente de su valor ante ella— un espectáculo popular. Esos son los hombres para los que el pueblo compone corridos. Carranza era de otra madera, tan valiente como el que más, pero sin alardes, sin que el fuego de la sangre le nublara la luz de la razón”.
 
¿Cómo logró triunfar a pesar de Villa y de Zapata?

La anécdota es tan conocida como reveladora: cuando los convencionistas se apoderaron de la capital de la República, en 1914, Francisco Villa y Emiliano Zapata coincidieron en Palacio Nacional. Frente a la silla presidencial, Emiliano se negó a sentarse en ella; Villa sí lo hizo, pero sólo para fotografiarse. Aunque puede antojarse un asunto baladí, el comportamiento de ambos personajes posee una carga de significados cuya lectura explica el rumbo que tomó finalmente la Revolución Mexicana: ni Villa ni Zapata se sentían capaces —y no lo eran—  de ocupar la silla, la cual estaba destinada al revolucionario que sí poseía los tamaños, la experiencia y, sobre todo, una visión nacional, un proyecto político claro y bien estructurado. Ese hombre se llamaba Venustiano Carranza de la Garza.

La figura paterna fue decisiva en la formación del futuro Primer Jefe del Ejército Constitucionalista. El coronel Carranza trasmitió a sus hijos un sólido concepto de patriotismo. El juarismo de don Jesús constituía un timbre de orgullo para su familia, y el modelo a seguir por Venustiano. No fue una casualidad ni menos obra del azar que, asediado por los militares adheridos a la Convención de Aguascalientes, eligiera Veracruz para instalar provisionalmente su Gobierno, como lo había hecho don Benito durante la Guerra de Reforma. Tampoco es imputable a la casualidad la elección de Querétaro —tumba del Segundo Imperio—  como sede del Congreso Constituyente, ni la fecha de su promulgación, 5 de febrero; la misma, como todos sabemos, en que se juró la de 1857.
 
¿Por qué estudiar la vida y obra de Carranza?

Historiadores, tanto nacionales como extranjeros, se fascinaron antes con los caudillos populares: Villa y Zapata. En esto también influyó cierta ideología marxista, es decir, la lucha de clases: el pueblo contra los poderosos. Sin embargo, de unos años a la fecha es notable el interés de los académicos en estudiar a los constructores del México de hoy, con Carranza a la cabeza. Douglas Richmond, Javier Garciadiego, Manuel Plana, Luis Barrón y Josefina Moguel —por citar sólo a cinco— han hecho valiosas aportaciones para conocer mejor al Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, cuyos logros, no es exagerado decirlo, dan principio a la historia moderna de México.

Segunda edición. Este libro fue editado en 2014 por los gobiernos de Coahuila y de Puebla.